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20 junio, 2008

Éxito a cualquier precio

Todos sabemos que la computación es un oficio muy complicado, en el que intervienen numerosas variables, cualquiera de las cuales puede fallar y hacer que el proceso deseado no se lleve a cabo. Por eso entendemos que los computólogos y sus acólitos quieran asegurarse de que cada paso se lleve a cabo conforme a lo programado. Y una de las formas de asegurarse de eso, claro, es con la redundancia en el lenguaje. Así, no les basta decir que se realizó tal o cual proceso, sino que tienen que decir que se realizó “con éxito” para convencerse de que, pese a todas sus chapuzas, lograron lo que se proponían.

Claro, esto que para la retorcida mente del computólogo es indispensable para quedarse tranquilo, para el común de los mortales resulta absurdo. Por ejemplo, copio un archivo de una carpeta a otra y, al término del proceso, veo el siguiente mensaje: “El archivo se copió exitosamente”. ¡Vaya! En realidad, con que me dijera que se copió el archivo, yo entendería que las cosas salieron bien. No me quedaría la duda de que efectivamente se hubiera copiado pero que la operación no tuvo éxito*. Y en caso de duda, podría revisar la carpeta de destino, para comprobar que ahí estuviera el archivo. Si el éxito se entiende como un resultado feliz, como la obtención de lo que se desea, pues ahí está: yo quería copiar el archivo y éste se copió. Se me hace enojosamente excesivo que hasta me feliciten por haber tenido éxito en mi empeño.

Una posibilidad: copio el archivo, pero éste no se copió exitosamente. ¿Qué quiere decir eso? Si fuera un documento de texto, por ejemplo, quizá perdió algunos párrafos en el camino; o se le cayeron los acentos por ahí o chance hasta perdió el sentido y, al leerlo, me doy cuenta de que es un galimatías, muy alejado de su intención original. Eso podría explicar las incoherencias que de repente vemos por ahí. Leemos un libro como Cristóbal nonato y pensamos: “Ajá, Carlitos copió el archivo de su novela, pero no lo copió exitosamente, por eso no se le entiende nada.”




* Esto me recuerda, a contrario sensu, el chiste aquél del médico que anuncia a los familiares que la operación fue todo un éxito, pero que el paciente falleció.

02 abril, 2008

Paremiología y procesadores de texto

Una de las pocas cosas que recuerdo de mis clases de literatura en la secundaria es que la paremiología es el estudio de los refranes. De hecho, según Larousse, es el "conjunto de conocimientos relativos a los refranes o tratado en el que se recogen". En ese tiempo no podía imaginar actividad más ociosa. ¿Qué tanto se necesita saber —pensaba yo— para decir, por ejemplo, "cría cuervos y échate a dormir", "de tal palo, tal condón" o "el que con niños se acuesta lo acusan de pederasta"?

Estas reflexiones me surgieron anoche al estar revisando los análisis que hace Google de los despistados que vienen a dar a este rincón de la red. Hubo uno que andaba buscando el dicho aquél de "mal empieza la semana para el que ahorcan en lunes". ¿Necesitaba una explicación para entenderlo?

En fin, ese análisis es bastante revelador. Por ejemplo, ahora sé que la nota sobre bubis y chichis me produjo siete visitantes que, no aguantándose las ganas, de plano se pusieron a buscar bubis. Hubo otros, de cultura más visual que textual supongo, que querían ver "bubis fotos"; otros, dados a lo monumental, buscaban "mega bubis". ¿A quien pensaban encontrar?

Otro gancho que ha atrapado bastantes visitantes han sido mis notas sobre los procesadores de texto. Raro, porque yo consideraba que la preeminencia de Word había descartado la vieja reyerta de "mi procesador es mejor que el tuyo". Al parecer no. No pocos incautos cayeron aquí preguntando cuál es el mejor procesador que existe y cuáles otros hay aparte de Word.

Y hablando de eso, el año pasado, cuando le entré al maratón de novela, una de mis preocupaciones secundarias fue decidir qué procesador usaría para crear 50,000 palabras en mi disco duro. Vean ustedes porqué: uso Word básicamente para trabajar, por lo que lo tengo relacionado con una actividad meramente mercantil, alejada de los afanes creativos que supone la concepción de una novela. Mis otras opciones eran OpenOffice, WordPerfect y, sí, también lo llegué considerar candidato, XyWriter que en su versión IV ofrece la posibilidad de convertir el texto a RTF y, así, sacarlo de su inframundo nativo de DOS.

En ésas andaba cuando me topé con un programita llamado Q10; digo programita no en tono despectivo sino en el sentido estricto: con todo y diccionarios de revisión de ortografía (en inglés y español), ocupa escasos 2.48 MB. Pues bien, una de las ventajas que proclama la página de donde se puede descargar (gratis, por supuesto; al parecer el autor es militante del freeware) es que ocupa toda la pantalla, no tiene ningún adorno y, por tanto, el usuario puede concentrarse en lo único que realmente importa: el texto.

Eso me parece muy bien. Y para los nostálgicos de la máquina de escribir, ofrece otra función que resulta definitivamente imprescindible: las teclas producen un sonido como de las máquinas viejas, con todo y campanillazo al cambiar de párrafo.

Sin embargo, no ofrece mucho más. Y de ahí para adelante, las supuestas ventajas empiezan a palidecer cuando se comparan con las de cualquier otro procesador. Al menos en los procesadores que conozco siempre existe la posibilidad de mostrarlo a pantalla completa, si es que realmente somos tan desconcentrados que hasta la barra de tareas de Windows puede distraernos en nuestro proceso creativo. El sonido de máquina de escribir se logra con otro programa, SoundPilot, que tiene la ventaja de no estar limitado al procesador, sino que los produce en cualquier programa (aunque curiosamente, no en el Explorador de Windows). Y eso por no hablar de las muchas características que ofrece un verdadero procesador como Word, como son la división en capítulos, los documentos maestros, las anotaciones, el registro de versiones, la creación de tablas de contenido y ya mejor no sigo para no aburrir al respetable.

A fin de cuentas, acabé trabajando en Word, claro. Creo que ya lo había dicho, pero no está de más repetirlo. ¿Cuál es el mejor procesador de textos? Es el que conocemos mejor, claro.

28 marzo, 2008

La fama que me tienes prometida

Quien se queje por no haber tenido los quince minutos de fama que le prometiera Andy Warhol a todo el mundo, es porque no conoce YouTube, no tiene acceso a él por vivir en un país autoritario como China, o no se le ocurre nada qué decir, ni siquiera para grabar un video de 20 segundos con su teléfono celular.

Desde el niño que se caía al agua y Coyoacán Joe, hasta la LonelyGirl115, pasando por los candidatos a la presidencia de Estados Unidos, cualquiera puede tener su momento de gloria bajo las candilejas. Y todo aquel que no pueda ser visto, admirado y comentado en YouTube simplemente no existe. Berkeley dijo que "ser es ser percibido". Pero si hubiera vivido en nuestro siglo XXI, habría matizado: "ser es ser percibido en YouTube".

Así lo entendió monseñor Dionigio Tettamanzi, obispo de Milán, y ya abrió su canal en YouTube para dictar sus homilías desde el ciberespacio.



¿Tiene algo de raro? Sólo sorprende ver a una institución tan arcaica como la iglesia católica incursionar en un medio tan moderno como lo es el video por Internet.

14 noviembre, 2006

El avance del español


Como un beneficio para el español definió Ruperto Solano, procónsul de Microsft en México, el nombre comercial de la próxima versión de Windows. En efecto, El nombre de este sistema operativo es Windows Vista, porque, explicó, "la parte visual es muy importante". Y abundó, aunque no precisamente en beneficio de nuestro idioma, que el producto iba a ser "liberado" pues ya estaba RTM (ready to market), aunque no será antes del 30 de enero del próximo año cuando salga la versión retail, es decir, la destinada al usuario final, pues primera saldrá la OEM (original equipment manufacturer). Una de las mejores de esta versión es su sistema antiphishing, que evitará que puedan hackear la información. ¡Gracias, Microsoft, por beneficiar tanto al español!

11 noviembre, 2006

Los millones de Saddam

Supongo que quienes se empeñaban en sangrar el erario de Nigeria, Burkina Faso y otros sufridos países africanos ya desistieron de sus afanes, convencidos de que ya nadie cree poder ganarse el 30% de una fortuna de dudosa legitimidad por el simple hecho de contar con una cuenta de correo electrónico.

En efecto, ya no he recibido propuestas para reclamarme como heredero de un desconocido millonario que murió sin beneficiarios, dejando una fortuna de varios millones de dólares olvidada en un banco cuyo cuidado supuestamente está a cargo del aspirante a defraudador.

Quizá los haya conmovido el reciente informe del PNUD, en el que se señalan las graves carencias del Continente Negro en materia de recursos hidráulicos y salubridad, por lo que hayan decidido dejar que ese dinero se destine a subsanar esas deficiencias públicas, antes que a engrosar bolsillos privados.

Pero el afán de timo nunca descansa, aunque ahora siga otra trayectoria. Ahora el objeto de los abusos es ni más ni menos que el condenado de Saddam Hussein. En efecto, al parecer los soldados gringos no se conformaron con tumbarlo de la silla y derribar su estatua, sino que además le robaron una buena feria.

Al menos eso es lo que se desprende de un mensaje que recibí ayer, de un tal Stpehen Moralis, quien se presenta como sargento de la tercera división de infantería en Irak. Como me pidió que tratara el asunto con el máximo de los secretos, decidí publicarlo aquí en mi bloc, ya que es sabido que esto no lo lee nadie.

El sargento asegura que allá en Irak se encargó de “mover” fondos pertenecientes a Saddam, por un total de 38 millones de dólares. Él y su superior decidieron que, estando a buen recaudo en prisión, donde ni en navajas de rasurar ha de gastar, Saddam bien podría prescindir de esos fondos, así que los guardaron en un lugar seguro. Y ahí es donde entro yo en acción: por trabajar en el gobierno, estos valerosos patriotas no pueden quedarse con esa lana, así que me piden mi ayuda para traspasarla a una cuenta en el extranjero. En esa movida, yo me quedo con el 30%, la comisión tradicional en estas transacciones, 30% para el superior y 30% para el sargento Moralis. Ah, claro, y el 10% restante para los consabidos gastos operativos.

Llámenme desconfiado, pero no quise entrar en un negocio de esta envergadura sin hacer un poco de averiguaciones previas. Así que busqué al sargento Moralis en Google y… ¡oh, decepción! El muy traidor ya había andado repartiendo sus propuestas por toda la red. Y así encontré una interesante variante: en otros mensajes, él pretendía haber descubierto el tesoro de Saddam en varias cajas, que contenían no los 38 millones de dólares, sino sólo 25 millones. Ah, pero eso sí, en otras cajas había encontrado ni más ni menos que armas nucleares y cocaína.

Definitivamente, hay muchas preguntas sin respuesta en esto. ¿Cuántos millones encontraron, pues, 38 o 25? Y eso de las armas nucleares… ¿pues no por eso fue el pleito y ahora hasta Rumsfeld tuvo que renunciar al Pentágono por no haberlas encontrado? Creo que en esto caso, lo mejor es ponerme en contacto directamente con el propio Saddam para preguntarle y salir de dudas. No quiero resultar víctima de un fraude. ¿Alguien conoce su correo electrónico?

26 octubre, 2006

La tentación del pagüerpoin

Llegará un momento en el que la historia pueda determinar con precisión los estragos causados en la sociedad por las presentaciones de PowerPoint mandadas en cadena por correo electrónico. El fenómeno, como sabemos, es demasiado reciente para tener la perspectiva necesaria, pero sí podemos aventurar algunas hipótesis.

Por ejemplo, se calcula que un 12.9% del voto en favor de Calderón se logró a base de las intimidaciones lanzadas masivamente en forma de presentaciones de PowerPoint. Desde las más infantiles, como las que comparaban a López Obrador con el nefasto Hugo Chávez de Venezuela, hasta las más elaboradas, en las que atacaban punto por punto su plataforma y, en base a cifras inventadas o proporcionadas por el PAN, "demostraban" su inviabilidad.

Más o menos el 35% de todas las presentaciones que circulan por Internet son de tema "edificante": imágenes de la naturaleza, de gatitos o cachorritos, engalanadas con mensajes de aliento, ya sean tomados de libros de autoayuda o de Pablo Coelho, ya sean abiertamente de propaganda religiosa. Así nos inundan con mensajes acerca del amor de Dios y de Jesucristo hacia la humanidad, aunque al final esas palabras alentadoras queden más bien desmentidas por la amenaza de que, si no lo reenviamos a todos nuestros conocidos, se nos va a aparecer el mismísimo Chamuco en cualquiera de sus manifestaciones.

Otro importante porcentaje de las presentaciones, si bien su número exacto aún es materia de debate entre los especialistas, es parte de campañas en contra de algo (rara vez son a favor). De un tiempo acá, el dinamismo de la economía china, por ejemplo, la ha vuelto blanco del odio de estos creadores, que con diversas razones y argumentos, nos conminan a no consumir productos fabricados por los "pinches chinos". En esta misma línea se encuentran aquellas campañas en contra de los productos enlatados, los productos frescos, los productos nacionales o los importados: prácticamente cualquiera puede ser objeto de una campaña de desprestigio a cargo de estos anónimos paladines de los derechos del consumidor, muy probablemente a sueldo de la competencia del producto vilipendiado.

Otra importante categoría son los mensajes destinados a despertar y atizar los miedos. Éstos siempre vienen en forma de advertencia: nos relatan la calamitosa experiencia de un "conocido" (aunque el mensaje venga reenviado 48 veces, el sujeto del mismo siempre es un conocido de los remitentes) y nos instan a tomar medidas de seguridad: no hablar con desconocidos, no correr con tijeras, no jugar con armas de fuego, no detenernos a ayudar a nadie en la calle y, sobre todo, respetar el lazo sacrosanto del matrimonio no ligando en bares y cantinas, so pena de perder un riñón en el mejor de los casos.

Una característica que comparten todas estas presentaciones es su enorme peso. Para narrarnos la historia del fulano que se sacó lo lotería gracias a que reenvió el mensaje a las 727 direcciones de su libreta, los creadores de estos engendros no se conforman con nada que pese menos de un mega. Si bien en estos tiempos de expansión de la banda ancha recibir estos mamotretos no tiene mayor complicación, no por ello hay que dejar de pensar en quienes siguen atados a la conexión telefónica, para quienes descargar un mensaje de esta envergadura supone hasta media hora de espera.

En fin, yo por eso soy feliz con mi versión básica de Office: sólo trae Outlook (que no uso), Excel (que no necesito) y Word (que uso por necesidad). Así me evito caer en la tentación de abrir esos engendros pues no tengo PowerPoint. Toda presentación que me llega va directito al bote de basura, medida que, por salud mental, recomiendo fervorosamente al lector.

21 octubre, 2006

Corrección

La otra vez exageré al afirmar que en la actualidad todos usan Microsoft Word. En realidad sigue habiendo otros modelos de procesador de texto. Lo que sí puedo asegurar es que el formato de Word, el famoso .doc es el estándar de facto.

En efecto, todo mundo se siente con el derecho de pasarnos un documento en Word, sin siquiera preguntar si somos clientes de Microsoft Office. Da por hecho que lo tenemos y, la mayoría de la gente supongo que ni siquiera se cuestiona esa situación.

Pero aparte de Microsoft Office existen otras opciones igual de eficientes (o quizá aún más, pero por el momento evitemos las comparaciones, que ya sabemos que son odiosas).

Recientemente descargué una versión de prueba de WordPerfect Office X3, y he de confesar que me vi obligado a tragarme mis palabras. WordPerfect X3 no es ningún lastimero clon de Word, como dije basándome en una versión anterior.




Con una substancial diferencia en precio (Microsoft Office cuesta alrededor de 400 dólares; WordPerfect Office cuesta unos 250), la suite manejada ahora por Corel podría darle un buen susto a Bill Gates, si la gente fuera capaz de imaginar que hay vida después de Microsoft.

Además de su abanderado WordPerfect, la suite cuenta con la hoja de cálculo QuatroPro y el programa de presentaciones Presentations. Trae además un cliente de correo, WordPerfect Mail (con manejador de directorio y agenda) que por sí mismo justificaría comprar toda la suite, aunque tiene la ventaja de que se vende por separado (29 dólares).

Una ventaja que quizá pocos le vean a WordPerfect X3 es la increíble variedad de filtros de que dispone. Y digo pocos, pues no creo que a mucha gente le interese leer y escribir en formato de Ami Pro, DisplayWrite, OfficeWrite, Multimate, Volkswriter, WordStar, XyWrite o texto simple en MS-DOS. Pero para quienes tengan esta necesidad, WordPerfect resulta fundamental, pues los arrogantes de Microsoft, al menos en la versión básica de Office 2003 que yo tengo, no ofrecen más que unos cuantos filtros, y ninguno para algo que no sea Windows.

Claro, también está la opción del OpenOffice, sobre todo para quienes no quieran desembolsar un centavo. Esta suite, que tiene procesador de textos, hoja de cálculo, programa de presentaciones, de base de datos y de dibujo, resulta también un buen rival de la de Microsoft. Su problema es que el soporte no es muy bueno, su configuración es demasiado complicada e instalar los diccionarios en español es todo un circo. A fin de cuentas, como dicen los gringos, “what you pay is what you get” y el hecho de que OpenOffice sea producto del trabajo voluntario de mucha gente le resta estabilidad y, sobre todo confiabilidad.

Viéndolo bien, no es exagerado decir que Word ha acaparado el mercado de los procesadores de texto, al menos en lo que se refiere a su formato. Sí, todos nos pasan documentos de Word con la confianza de que los podremos leer. Y tienen razón. Todos los procesadores modernos cuentan con la posibilidad no sólo de leer documentos de Word, sino también de guardarlos en ese formato. El punto doc es el estándar y se necesitarían conocimientos más profundos que los míos para determinar si es el mejor. Lo que sí puedo asegurar, por mi experiencia, es que ese formato es excesivamente pesado. Un documento en Word de unas 35 cuartillas puede llegar a medir más de un mega, si es que trae tablas. Su equivalente en formato RTF, por ejemplo se reduce a la mitad o la tercera parte.

Y vuelvo a lo mismo: el monopolio de Word en este mercado, si bien ha facilitado las cosas al establecer una norma, ha impedido que esta norma sea la más eficiente.

14 octubre, 2006

La guerra de los procesadores

Para quien no haya vivido le guerra de los procesadores de texto de fines de los ochenta a principios de los noventa (fue una guerra breve, como se ve), quizá resulte difícil entender la pasión y el fanatismo con que cada usuario defendía su decisión personal.

Como ya he dicho, yo militaba en las huestes del XyWrite, primero por necesidad, después por gusto. Pero entre mis conocidos había usuarios de la gama más variada de procesadores de texto. Word y WordPerfect eran de los más usados entre gente "seria"; el WordStar era el caballito de batalla de los estudiantes. El XyWrite era poco conocido en el medio en que yo me movía, pero había otros más obscuros, como el VolksWriter y el ProPalabras, los cuales nunca tuve ocasión de ver en funcionamiento.


WordPerfect 5


XyWrite IV


Después de varios años de estar trabajando para Kodak prácticamente sin interrupción, de pronto resultó que "ya no había trabajo". Nunca supe exactamente la razón de que se agotara, pero se dijo que había habido un cambio en el departamento de publicaciones, y el nuevo jefe había traído a su propia gente. Lamenté la pérdida, pues el tema de la fotografía siempre me había interesado, la paga era buena y puntual y yo ya me había acostumbrado en cierto modo a ese ritmo de trabajo.

Poco después pude conectar otro trabajo en Selecciones, no para la revista, sino para la sección de libros. Era buena chamba pero tenía un pero: ahí había que entregar el trabajo en Word.

La transición de XyWrite a Word fue traumática. Como había que entregar el trabajo a la vez impreso y en disquete, la impresión en Word se me hacía de lo más difícil: de pronto las hojas continuas empezaban a defasarse de la impresión y tres o cuatro páginas después, la página ya empezaba a media hoja. Desesperado por no encontrar la forma de imprimir en Word, descubrí un truco: podía trabajar e imprimir en XyWrite y con tan sólo ponerle extensión .doc al documento, entregarlo como si fuera Word.

Así trabajé varios meses, hasta que una vez un amigo que vendía computadoras me preguntó que si podía dar un curso de Word. Acababa de hacer una venta importante de equipo al Banco Ejidal, pero el contrato lo obligaba a dar capacitación en varios programas, uno de ellos, Word. La paga era muy buena, así que dije que sí. Tuve tres semanas para conseguir libros y manuales de Word para aprender a usarlo y armar el curso. Impartí dos cursos, uno en Puebla y otro en Mazatlán, éste con más éxito que aquél, gracias a la experiencia. Aunque la versión de Word era para Unix, su funcionamiento era exactamento igual que en MS-DOS, así que en realidad sólo tuve que aprender algunos comandos básicos de Unix para dar el curso.

Después de esos cursos, claro, mi relación con Word (en su versión 5.1 para MS-DOS) cambió por completo. Haberlo aprendido al grado de poder enseñarlo me permitió hacer cosas que ni me imaginaba que se podían hacer, en especial las macros, tema que en XyWrite conocería mucho después. Así me declaré ferviente partidario de Word y, en cierto modo, contribuí a su posterior hegemonía.


Word 5.5

En una ocasión me llamaron de Editorial Interamericana para que les impartiera un curso de Word a sus colaboradores. Tenían una plantilla de diez a quince traductores y revisores, cada uno de los cuales entregaba el trabajo en el procesador de su preferencia. Aunque los editores pedían que les entregaran el trabajo en formato ASCII, éste no permitían definir formatos tan elementales como negritas y cursivas, por lo que el trabajo se les complicaba. Por ello, decidieron uniformar a todos con Word, de lo cual yo me encargué en un curso relámpago impartido en dos o tres fines de semana.

Ese curso fue un heraldo de lo que ocurriría después. La abigarrada variedad de procesadores de texto, cada uno con sus ventajas y desventajas particulares, satisfacía las necesidades de una variedad también muy amplia de usuarios. Los que se dedicaban a tareas tipográficas, por ejemplo, tenían el TeX (del cual sólo oí maravillas por parte de sus usuarios); periodistas y escritores contaban con el XyWrite, el Word y el WordPerfect; para aplicaciones más sencillas estaba el WordStar.

Pero el advenimiento de Windows habría de cambiar ese panorama. No todos los procesadores pudieron dar el salto de MS-DOS al nuevo ambiente gráfico. Y los pocos que pudieron, no lograron hacer frente a la monopólica situación en la que se vio Word, como príncipe heredero en su condición de hijo directo de Microsoft, emperador de las PC.

XyWrite llegó a ofrecer una versión para Windows, pero muy poco después, la empresa que lo producía, XyQuest, fue víctima de una obscura maniobra de IBM y desapareció de la escena. WordPerfect en su versión para Windows era un lastimero clon de Word para Windows (cosa que, por lo demás, puede decirse de cualquiera, ya que la interfaz windowsiana uniformiza y aplana todo) y después de presentar un combate desigual, se retiró a tristear en un rincón, absorbido por Corel. Tuve ocasión de verlo hace unos años, en un disco que venía de regalo en la compra de una computadora. Me dio tanta lástima que no quise instalarlo ni por curiosidad.

A Word para Windows lo conocí desde su versión 1.0. Se me hizo tan insoportablemente lento y estorboso, lleno de adornos innecesarios, que acabé desinstalándolo para regresarme a la versión 5.1 para MS-DOS. La versión 2 sólo me ofreció la sorpresa de que ya podía acentuar las mayúsculas, pero no se me hizo suficiente para adoptarla. De ahí, Microsoft se saltó hasta la versión 6, la cual tengo que reconocer que fue la primera de Windows que me convenció para dejar de usar la de MS-DOS. Ya tenía la función de autocorrección (que, por cierto, XyWrite tenía desde hacía más de diez años) y creo que eso fue lo que hizo que me decidiera a usarlo.

Poco después Word se incorporó a la suite Office y dejó de ser un programa independiente. Su interfaz, sin embargo, se mantuvo más o menos constante a lo largo de las sucesivas versiones. Para principios del próximo año está programada la salida de Office 2007, de la cual ya circula su versión beta. En lo personal, esta versión se me hace desesperadamente lenta, no sé si porque sea beta o porque así vaya a ser en su versión definitiva. Además, su interfaz sufrió una transformación tan radical, que el usuario se las ve negras para encontrar las funciones que necesita. No entraré en su descripción; baste decir que desapareció la barra de menús, la cual fue reemplazada por una enorme área que, en diversas pestañas, contiene los comandos directos. Dirán que la ventaja es que no hay que abrir los menús, pero de todos modos hay que estar cambiándose de pestaña para encontrar la función que queremos. Además, esas pestañas ocupan demasiado espacio y no hay manera de quitarlas de la vista.


Word 2007 beta


Cuando la guerra de procesadores estaba en su apogeo, recuerdo que yo tenía una frase para evitar la tan infantil discusión de que "mi procesador es mejor que el tuyo". Yo pensaba, y a la fecha sigo pensándolo, que el mejor procesador es el que conocemos mejor. Eso vale para cualquier programa, claro, pero como pueden ver, mi tema han sido los procesadores de palabras. Sin embargo, por muy sabias que puedan parecer esas palabras, he de reconocer que ya no tienen vigencia. Ahora todo mundo usa Word para Windows (e incluso resulta ocioso precisar que es para Windows, cuanto que ya nadie usa MS-DOS). Ya no es posible decir que es el mejor o el peor: sencillamente es el único. Y esa pérdida de diversidad, en ese campo como en cualquier otro, resulta verdaderamente lamentable.

29 agosto, 2006

Yo y las computadoras

El mes pasado cumplí treinta años de trabajar con computadoras. Eso no me hace experto en computación, claro. Nunca aprendí a programar, por ejemplo, y lo digo en pasado simple porque no pienso aprender nunca. Me doy de santos con que me funcionen los programas que uso para ganarme la vida: dos procesadores de texto, Word y EditPlus, un auxiliar de traducción, Trados, y el recientemente adquirido Babylon, una verdadera joya en materia de diccionarios. Rezo para que no se me chispe la conexión a Internet, de la que dependo no sólo para recibir y enviar el trabajo, sino también para consultar cualquier dato y palabra.

Pero también espero que no me fallen los programas que uso para entretenerme, el OpenOffice para escribir cosas personales (como ésta), los diversos programas de reproducción y edición de video, los de subtítulos y los de creación de DVD, si bien éstos corresponden a una chifladura reciente, suscitada por mi adquisición de una computadora con quemador de DVD.

Allá en mi cada vez más lejana juventud tuve mi primer acercamiento a las computadoras. Un familiar que de alguna manera estaba relacionado con la política me pidió a mí y a varios amigos que ayudáramos a rotular los sobres de la paquetería electoral que se mandaban a cada municipio del país. Las etiquetas se imprimían en unas potentes computadoras que ocupaban toda una habitación, refrigerada para evitar su sobrecalentamiento (y que seguramente tenían menos capacidad que cualquier Palm actual). Cada una era más grande que un refrigerador y tenía al frente los clásicos carretes de cinta y los foquitos emblemáticos de la modernidad futurista tal como se concebía en los años sesenta. A cambio de unos cuantos pesos y unas tortas de cena, un grupo como de seis amigos pasamos toda la noche pegando las etiquetas engomadas en los sobres. Ésa fue mi aportación a la elección de Luis Echeverría.

Seis años después entré a trabajar en Aeroméxico, donde pasaría los siguientes diez años. Pero las primeras dos semanas las dediqué a un curso de capacitación sobre los secretos de SARA, el sistema automático de reservaciones de Aeroméxico. El término “automático” se aplicaba porque para el trabajo usábamos unas terminales conectadas a una central cuya ubicación exacta era un misterio (al menos para los agentes de reservaciones como era mi caso): algunos la situaban en California, otros en una base secreta, escondida en una montaña (aunque pensándolo bien, esta segunda hipótesis debe más a la influencia de las películas gringas que a cualquier hálito de realidad).

En ese trabajo, además de aprender a manejar la computadora para hacer reservaciones de vuelos y otras tareas relacionadas, recibí una lección muy valiosa: el conocimiento es poder. En efecto, la capacitación para usar el sistema estaba celosamente dosificada de acuerdo al nivel jerárquico. En los niveles inferiores el conocimiento apenas era una embarrada que permitía trabajar cuando las cosas funcionaban bien, pero que dejaba en el desamparo al agente que experimentara cualquier problema. Claro, para ello estaban los supervisores, que resolvían cualquier situación que se saliera del carril. Y ahí se encuentra también la explicación del celo con el que administraban el conocimiento: si los agentes hubieran podido remediar cualquier problema, se habría revelado la inutilidad de la función de los supervisores. Y ni el sindicato ni la empresa estaba dispuestos a aceptar esa pérdida de poder.

Cuando entré a trabajar en Excélsior, en 1985, una de las cosas que más me impactó de la sala de redacción fue ver que seguían usando máquinas de escribir. No sólo las clásicas Olympia mecánicas (ésas de metal que en las oficinas de gobierno solían haber perdido ya la tapa blanca, dejando el mecanismo al descubierto), sino auténticas joyas de museo marca Remington y Underwood. La impresión se debió a que, durante la carrera, pocos años antes, yo había visitada la sala de redacción de varios periódicos, en los cuales ya se usaban computadoras. No imaginé que en uno de la importancia de Excélsior siguieran en vigor tales vejestorios.

Ese primer paso por Excélsior no duró mucho: dos años después me salí, abrumado por mi condición de triple empleado: en la mañana trabajaba en la editorial Grolier, en la tarde en el periódico y en la noche llegaba a la casa a traducir de free lance. Estas traducciones en la casa empecé haciéndolas en una máquina de escribir Olivetti, supuestamente portátil aunque pesa ocho kilos con todo y estuche. Pero con la liquidación que me dieron al salirme de Excélsior me compré mi primera computadora: una potente Elektra, 8088, con 128 KB de memoria y un floppy de 5.25” (de los avanzados, pues ya leía discos de doble cara).

Mi amigo que me vendió la computadora me pasó también el WordStar, con una hojita en la que a mano había apuntado las instrucciones básicas. Nunca llegué a dominar ese procesador. La motivación principal para comprar la computadora era que Kodak, la compañía para la que traducía, pagaba 50 centavos más por cuartilla entregada en diskette. Ahí se usaba el MultiMate, del cual también me pasaron una copia, esta vez con su correspondiente manual en toda forma: cerca de 400 páginas fotocopiadas y metidas en una carpeta de argollas. Así aprendí mi segunda lección de computación: “¡Lee el pinche manual!” Algo así me lanzó el supervisor que me atendía, supongo que harto de mis frecuentes consultas sobre temas elementales y mis problemas causados por la ignorancia. A diferencia de la política imperante en Aeroméxico, acá en Kodak se pensaba que, mientras más supiera el trabajador, menos lata daría y más eficiente sería.

Como todo procesador de textos, el MultiMate tenía contador de páginas, pero al principio yo no me fiaba mucho de él. En efecto, me parecía increíble que al pasar de la máquina de escribir a la computadora, mi velocidad casi se hubiera duplicado. Y cuando veía que en apenas una hora había traducido cinco o seis cuartillas, me regresaba para verlas y contarlas yo mismo.

Ya me había vuelto todo un experto en MultiMate cuando mi supervisor me anunció que íbamos a cambiar de procesador. Por decisión institucional, el programa que ahora se usaría sería el XyWrite III. Cuando pregunté la razón de ese cambio, la respuesta que recibí me dejó confundido, pero hizo que sintiera admiración por un supervisor que sabía tanto: “Es que éste permite secuencias de escape”, me respondió.

Sigo sin saber a qué se refería con eso de las secuencias de escape, aunque sospecho que la cosa iba por el tema de las macros y las posibilidades de programación que tiempo después yo mismo le descubriría. En efecto: el XyWrite también traía manual, dos, de hecho, uno para principiantes con lo básico, y otro para programar.

Confieso que con el XyWrite viví mi primer romance con un procesador de texto. Una vez acostumbrado a su parca interfaz y memorizados los comandos básicos (se trata de un procesador de comandos, no de menús), empecé a disfrutar de su rapidez. Esta ventaja, sin embargo, tuvo un precio. El programa era más grande que el MultiMate, el cual cabía en un diskette de 360 KB, con todo y archivos de trabajo. Pero para el XyWrite se necesitaban ¡dos unidades de diskette!, una para el programa (que ocupa 180 KB) y los archivos de trabajo, y otra para el archivo de ayuda (que mide 205 KB).

Como donde manda capitán no gobierna marinero, no me quedó más remedio que romper el cochinito para comprarle otra unidad a mi máquina, ocasión que aproveché para aumentarle la RAM a 640 KB. Esa cantidad de memoria, según la memorable declaración del propio Bill Gates, cubriría todas las necesidades de cómputo, así que me consideré equipado para satisfacer cualquier requerimiento futuro.

Trabajé con XyWrite varios años, más o menos desde fines de 1987 a mediados de 1991, cuando se agotó el trabajo en Kodak (al menos para mí, en virtud de una metedura de pata que constituyó también una lección en mi carrera profesional). Entonces empecé a trabajar para Selecciones, donde el procesador utilizado era Word. El tránsito de XyWrite a Word fue bastante traumático pero, como siempre, no me quedó más remedio que apechugar con los caprichos de los nuevos jefes.



Lo que sucedió a continuación será objeto de otra nota. Sólo quiero hacer una última aclaración: ¿a poco no quedaron asombrados de que me acordara de lo que pesaba el XyWrite? Je, je, en realidad no es que me acuerde: simplemente consulté el dato pues, no por nostalgia, sino por necesidades del trabajo, aún sigo usando ese procesador.

17 agosto, 2006

El espam, una vez más

Recibí un mensaje colectivo (eufemismo que oculta un acto supremo de estupidez, que consiste en obedecer acríticamente las instrucciones de un mensaje de veracidad dudosa) en el que se me advierte que en los próximos días voy a recibir un mensaje con un archivo adjunto que, al abrirlo, me va a borrar todo mi disco duro. Este tipo de mensajes siempre viene con alguna amenaza, ya sea de que nos estalle la computadora, o que nos caiga una maldición. O las dos cosas. O ninguna. Puede ser que no pase nada o que se hagan realidad nuestros peores temores. La verdad, quién sabe.

En realidad, fuera de un puñado de expertos, el común de los mortales sólo sabemos que debemos tener puesto un antivirus y prenderle su veladora a san Cristóbal para que no le pase nada a la computadora. Y no nos explicamos porqué la gente buena onda con la que tenemos comunicación nos manda virus y cadenas. Pues nos advierten que los virus vienen de una persona que nos tiene en su lista de direcciones...

¿Que por qué estamos en la lista de direcciones de un desconocido? Nomás échenle un vistazo a todas las direcciones a las que va dirigido un mensaje de éstos: los programas de correo por lo general recolectan esas direcciones y sin decir agua va las registran en la libreta. Al rato nuestro nombre aparece en los contactos de una cuidadora de perros de Alaska, de un campesino turco emigrado a Alemania y de un aspirante a actor en el cine hindú. Y todos ellos nos envían advertencias a destajo, dizque porque "es preferible recibir 25 veces este mensaje que recibir el virus y abrirlo".

Eso sin contar que esas advertencias luego caen en manos de los profesionales del spam, que recaban todas las direcciones y las integran en listas que venden a mercaderes sin escrúpulos. ¿Se han preguntado por qué reciben anuncios de Viagra, de loterías inexistentes y ofertas para hacer negocios en Nigeria? Sin exagerar, en los últimos treinta días (del 17 de julio al día de hoy) he recibido 758 mensajes de spam. Eso significa más de 25 diarios. Y para tener una idea de lo que eso representa, yo recibo en promedio unos diez mensajes al día que realmente me interesan (de trabajo o personales).


Detalle de mi bandeja de spam (cortesía de Gmail)

Y para darle más credibilidad al asunto, nos dicen que el supuesto virus fue anunciado por CNN, avalado por Microsoft y reconfirmado por Macaffe. Y por si no estábamos asustados con todo lo anterior, nos lanzan que es el PEOR virus que jamás en la historia de la humanidad se haya conocido o se habrá de conocer. Y por último, la infaltable recomendación de renviar el mensaje a todos nuestros contactos, y lo piden POR FAVOR y con mayúsculas. Buena táctica de los profesionales del espam y demás mercaderes del correo electrónico que se prostituye de ese modo.

En efecto, el sentido original del correo electrónico, que es el de mantener comunicadas a las personas, se pierde en medio de tanto aviso de virus, advertencias de nuevos peligros, presentaciones cursis de PowerPoint con gatitos y paisajes, sin contar el espam abierto. Hay gente que sé que sigue viva sólo porque veo su nombre entre la multitud de destinatarios de una conmovedora historia sobre el niño que perdió las manos o la niña que se está muriendo. Pero con eso de que me forguardean cuanta estupidez reciben, pues se sienten relevados de la obligación de escribirme personalmente y hacerme partícipe de los sucesos de su vida.