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14 febrero, 2008

El espíritu de nuestra época

Vi la película Zeitgeist por tres razones: la primera, porque me la recomendaron; la segunda porque la pude bajar muy rápido. Y la tercera porque el miércoles pasado no tenía nada que hacer. Además, pensé que me daría buen tema para hacer una nota para este sufrido bloc y, dado que últimamente he tenido mucho trabajo y no se me ocurre más tema que quejarme de las necedades de los clientes, cualquier inspiración extra es bienvenida.

Como la película está dividida en tres temas muy poco relacionados a mi parecer, de hecho daría para tres notas. Pero no quisiera agobiar al paciente lector con tanto detalle. En realidad, el documentalito podría omitirse por completo en provecho de la salud mental pública, de no ser por una serie de reflexiones a que da pie la primera parte, dedicada a los mitos de los mesías. La segunda parte, por cierto, está dedicada a la idea de que los atentados de Nueva York y Washington el 11 de septiembre de 2001 fueron un "trabajo interno" del gobierno, y la tercera, a reforzar las teorías conspiratorias de dominación mundial por parte de un puñado de banqueros.

Antes de seguir adelante, habría que hacer una referencia al título. Zeitgeist significa "espíritu de los tiempos" en alemán y se refiere al clima intelectual y cultural de una era. Claro, quizá el lector lo recuerde mejor como el título de un disco de los Smashing Pumpkins, pero creo que eso menos tiene que ver con la película. ¿El espíritu de la época está dominado por la religión, el terrorismo y las conspiraciones secretas? Quiero creer que este siglo XXI tiene más que ofrecer. Pero, en fin, dejemos eso y continuemos.

Lo que me gustó de la primera parte es que, partiendo de nociones astronómicas, el autor desmonta la historia de Jesús como mesías, hijo de Dios o como se le quiera llamar, para mostrarlo como una representación del mito solar, presente en todos los pueblos desde los albores de la civilización.

Claro, la cosa no es tan objetiva pues esas nociones astronómicas (como el movimiento de precesión de los equinoccios) están interpretadas desde la astrología, es decir, se les da un valor o significado subjetivo. Y por ahí es donde se cuelan los detractores de la astrología a decir que es una superstición, pues ellos leen su horóscopo todos los días en el periódico y "nunca le atinan".

Pero en la película no se avientan el tiro de hacer horóscopos, sino de interpretar leyendas a través del pensamiento dominante en la época en que fueron creadas. Y es innegable que la astrología, vista como fenómeno puramente cultural, encarna lo que entonces era el sentido común.

De ese modo, es perfectamente lógico que si Jesús aparece al principio de la era de Piscis, el pez sea un símbolo utilizado por los cristianos. Así como el carnero lo fue en la era inaugurada por Moisés y, antes, el toro.

No obstante, parece que la intención del documental es negar la validez de las enseñanzas cristianas señalando sus raíces paganas. Nada más absurdo. Ya puestos a aceptar la idea de los grandes maestros de la humanidad, que se presentan cada tanto a recordarles a los desorientados hombres el camino de la salvación y a establecer preceptos generales (el monoteísmo de Moisés, el amor y el perdón de Jesús), poco importa el origen de la doctrina.

Aun más, si todas las enseñanzas religiosas comparten un origen común —si cada religión no es más que la expresión particular del mismo fenómeno en un tiempo específico—, de ello se desprendería una conclusión aun más valiosa: las religiones son obra de los hombres. Si contienen enseñanzas valiosas, éstas son producto del hombre. Si hay amor, si hay perdón, si hay compasión, es porque el hombre es capaz de tales sentimientos. No vienen de una entidad abstracta —y con toda seguridad inexistente— que nos rige desde lo alto. Si hay nobleza, si hay magnanimidad, si hay solidaridad en la doctrina religiosa es porque la hay en el hombre. Quitemos a dios de la ecuación y veremos que el hombre es capaz de cosas excelsas. Y ya sin la ceguera que significa el teísmo podremos ponerlas en práctica.

31 enero, 2008

La Sirenita en el espacio cósmico

El borrego que recorre ahora toda la blogosfera, después de haber circulado por otros medios y desembarcado nada más ni nada menos que de Marte, es la existencia de hombres en ese planeta. El origen de esta idea es una foto enviada desde noviembre del 2007 por el robot Spirit, que anda
como mi primo Ramiro en sus excursiones turísticas: tomando fotos por todas partes, con la idea de enterarse posteriormente por dónde anduvo.

Quizá eso explique que la imagen de lo que dicen que parece un hombre bajando una colina en Marte haya suscitado revuelo hasta hace poco. Seguramente entre miles de fotos idénticas de polvo y rocas, el laboratorio encargado de revelarlas traspapeló ésta, que ya le dio la vuelta al mundo despertando la imaginación de charlatanes y escépticos por igual.

¿Puede tratarse simplemente de una formación rocosa? Eso es lo que recomienda el sentido común y todos los conocimientos de que disponemos a la fecha. Insistir en que se trata de un ser animado es simplemente absurdo. En todo caso, ya que vamos a echar a volar la imaginación, diríamos que se trata de una estatua, pues aunque se trata de una foto fija, no tiene ninguna indicación de movimiento.

Una estatua, un monumento... en efecto, señoras y señores, más que ante un conjunto de piedras o un marciano que regresa a su casa después del trabajo al caer la tarde, estamos ante el monumento del espacio exterior a la Sirenita, el personaje del cuento de Andersen, réplica más o menos lograda del que se encuentra en Copenague.



31 octubre, 2007

Milagros naturales

Me llama la atención el interés que tienen muchas personas en demostrar que “la Biblia tiene razón”, frase que, por cierto, da título a un clásico de la arqueología bíblica, en el que Werner Keller documenta la veracidad de algunos acontecimientos relatados en el Antiguo Testamento.

Mi asombro tiene dos razones. La primera es que el hecho de que hayan sido ciertos los personajes y los acontecimientos narrados en la Biblia no es de ninguna manera prueba de que ese libro sea de inspiración divina, como es su principal pretensión. En efecto, una cosa es que hayan existido Moisés y compañía y otra, muy distinta, que los redactores hayan estado inspirados por Dios.

La segunda causa de mi asombro es que quienes defienden la historicidad del Libro no ven que eso mismo socava su naturaleza de escritura revelada. Así es: si ahora nos salen con que “la ciencia explica” el contenido de la Biblia, si los fenómenos maravillosos de los que habla tienen una explicación racional, ¿dónde queda su carácter milagroso y divino? Si las aguas del mar Rojo se abrieron por algún fenómeno natural y no como acto milagroso que le permitió al pueblo elegido escapar de la servidumbre en Egipto, ¿dónde está la base de la legitimidad de Moisés como líder religioso? Si no tenía ese contacto directo con Dios que le permitiera obrar milagros, sino que simplemente aprovechó una marea inusitada con fines políticos, ¿estamos ante un documento divino o humano?

Desprovisto de su carácter inspirado, el texto no es más que un documento histórico como hay muchos otros, incluso anteriores a éste. Y por respetable y verídico que pudiera ser, nadie pretendería, por ejemplo, que el código de Hammurabi podría servir para regir la vida del hombre en el tercer milenio de nuestra era.

Si no fueron milagros, sino hechos naturales que la ignorancia de su época no pudo explicar, ¿por qué pretenden que es un texto inspirado por Dios y, por tanto, que sus enseñanzas morales deben seguirse hasta nuestros días?

10 octubre, 2007

Diálogos con los muertos

Tenía tiempo de no ver a mi primo Ramiro y el otro día me topé con él en la calle. Traía aire de conspirador que quiere soltar la sopa, así que nos fuimos a una cantina para que pudiera desahogarse a gusto.

—Ni te imaginas en lo que ando— me dijo después de darle el primer trago a su cuba—. Estamos a punto de hacer contacto con los espíritus.

No quiero presumir de psíquico, pero ya la había visto venir. Si alguno de mis conocidos era capaz de meterse en un grupo espiritista (“espiritualista”, según insistía Ramiro), era él precisamente. Su carácter melancólico y su mirada gacha son presa fácil de charlatanes de cualquier calaña. Él ya había militado en las filas de toda clase de grupos, desde cabalistas hasta cristianos fundamentalistas, si bien había evitado cuidadosamente los de corte orientalista, aduciendo que la disciplina “iba contra su naturaleza”. Con todo, no le duraba mucho el entusiasmo: tres o cuatro meses bastaban para que abandonara la secta en cuestión, acusando a maestros, guías iluminados y a uno que otro “hermano” sectario de querer manipularlo para sacarle dinero.

—¿Y cuánto te cobran por hablar con los muertos?—, le pregunté, recordando el inevitable aspecto pecunario de esos grupos.

—Todo es por cooperación voluntaria—, respondió en seguida, aunque por el movimiento de sus labios y su cara de preocupación me pude dar cuenta de que estaba haciendo sumas mentales—. Mira, lo que pasa es que mi sueño siempre ha sido hablar con los espíritus.

Ya había oído esa misma frase, aplicada a diversos complementos: realizar la gran obra, cuando se metió a un grupo de alquimia, descifrar las estrellas cuando estudiaba astrología o simplemente serenar la mente y encontrarse a sí mismo cuando le dio por practicar una exótica variante de la meditación.

No pude dejar de preguntarme si a mí me interesaría hablar con algún muerto. Claro, a primera vista, puede parecer tentador comunicarnos con nuestros difuntos, en busca de respuestas a las cuestiones que nos angustian en la vida. Pero viéndolo bien, ¿es que las personas, por el simple hecho de morirse adquieren una sabiduría extraordinaria que les permita responder a todo tipo de preguntas?

Pienso, por ejemplo, en mi padre. Él tiene cuarenta años de haber muerto y, de poder hablar con él, supongo que estaría bastante desconcertado al ver todos los cambios que se han operado durante su ausencia de este mundo. Más bien yo tendría que explicarle a él muchas cosas para ponerlo al corriente de todo lo que ha pasado en este tiempo.

¿Qué podríamos preguntarle a un muerto para que nos diera una respuesta de valor? ¿Dónde estás? Vaya, ésa sería una pregunta ociosa, pues si estamos hablando con él, es obvio que sigue por aquí, penando en el inframundo, esperando que algún ocioso lo convoque para platicar con él. Y ahí está el meollo: la mayoría de la gente tiene la creencia de que al morir, la persona se va a otro lugar, el cielo, el paraíso, el infierno, qué se yo. O que reencarna en un recién nacido, que se va a otra dimensión o plano de existencia. ¿Con quién hablan los espiritistas?

Llámenme desconfiado, pero me imagino que esa comunicación con los difuntos es muy similar a los chats de Internet. Está uno todo conmovido, platicando con quien dice ser la novia que se nos murió dos semanas antes de la boda, pero resulta que en verdad es un espíritu chocarrero que está muerto de risa engañándonos.

En fin, cuando me di cuenta de que por estar sumido en mis reflexiones no había escuchado nada de lo que me había estado diciendo Ramiro, le propuse que cambiáramos el tema y pidiéramos un cubilete para dejar a los muertos en paz. A la hora de hacer cuentas y ver lo que había perdido, mi primo me prometió que luego me pagaría todo, consumo incluido, pues no quería quedarse sin el dinero de su cooperación “voluntaria” en la sesión de esa noche.

22 agosto, 2007

El destino de Emergencia

Dada la singularidad de su nombre, mi sobrina Emergencia siempre pensó que su destino era ser enfermera. ¿Qué otra cosa podría hacer en esta vida, más que serle fiel a su nombre, seguramente impuesto por una voluntad muy superior a la suya? Sobre todo en la siempre difícil decisión de elegir carrera, uno siempre busca apoyos, señales en el cielo o en la Tierra, ejemplos en la familia o en el exterior, a falta de una verdadera orientación vocacional que nos ayude a encontrar nuestra lugar productivo en la sociedad.

Fue hasta después de haberse inscrito en la carrera cuando ella se enteró del origen de su nombre. Lo que ella pensaba que era una señal divina resultó ser una apuesta perdida por mi primo Ramiro, su padre. Él le apostó a un compadre que ganaría el Cruz Azul, equipo en el que tenía volcados todos sus fervores. Y la apuesta consistía en que el ganador elegiría el nombre que llevaría el vástago del perdedor, ya que en ese tiempo, tanto Ramiro como su compadre estaban por ser padres por primera vez. Después del fatal domingo en el que perdiera el Cruz Azul, los dos se reunieron en la cantina donde, al momento de elegir el nombre, el compadre lo primero que vio fue la salida de emergencia.

Pese a haberse enterado del poco digno origen de su nombre, Emergencia estaba empeñada en que de todos modos era cosa del destino y no podía ignorar ese mensaje.

—El destino actúa de maneras a veces caprichosas pero, de todos modos, no podemos escapar a sus designios—, me dijo en una ocasión—. ¿Qué tenemos más propio que nuestro nombre? En él se resume toda nuestra vida. Ahí tienes el caso de Rob Zombie... con ese nombre, ¿qué otra cosa podía hacer sino dirigir películas de horror y ser metalero? Entonces, si yo me llamo Emergencia, por una apuesta de cantina o por cualquier otra razón, mi llamado está por ahí, y la enfermería es mi destino.

La vi tan convencida y entusiasmada que no tuve corazón para decirle que el verdadero nombre de Rob Zombie es Robert Cummings. A fin de cuentas, ¿quién soy yo para interferir con los designios superiores?

07 agosto, 2007

Discusiones de cantina

Mi primo Ramiro terminó de leer El código Da Vinci, tarea que le llevó siete meses porque, dijo, “tenía que detenerme a investigar muchas de las cosas que vienen ahí”. El ahora autoproclamado experto en Leonardo, sin embargo, no supo explicarme si el genio renacentista hablaba inglés, idioma en el que está la dichosa palabra en la que se resume el misterio de la novela.

Ese detalle, como sabemos, es pecata minuta al lado de las tergiversaciones y desinformaciones con las que está plagada la obra de Dan Brown.

—Es que no sabemos si todo lo que dice es ficción— me dijo bajando la voz y mirando desconfiado a los lados para asegurarse de que nadie lo oía. Era muy improbable que alguien nos oyera, pues en la cantina donde estábamos comiendo reinaban el ruido de la televisión y los gritos de los demás parroquianos. Tengo que agregar, para redondear la imagen, que Ramiro es fan del canal Infinito y no es seguidor de Mausán sólo porque, para él, “tiene cara de que le apesta la boca”, rasgo imperdonable para mi primo, que es dentista.

—¿Como qué cosa crees que podría ser verdad de todo lo que dice en la novela?— le pregunté a mi vez, nomás para picarlo, pues desde hace varios meses Ramiro no tiene más tema de conversación que las conspiraciones de las sociedades secretas, los misterios de los templarios y demás materias relacionadas que busca con avidez en Internet entre muela y muela.

No tengo paciencia para repetir aquí toda su disertación sobre el Priorato de Sion, pues la mera verdad, perdí el interés cuando iba a media lista de los personajes famosos que supuestamente pertenecieron a dicho grupo. ¿Por qué será que todas las personalidades destacadas de la historia necesariamente tienen que ser miembros de alguna sociedad secreta? No niego que éstas existan, claro: su existencia y sus acciones están bien documentadas y, además, no faltarían chiflados que las crearan en caso de que no las hubiera.

En fin, Ramiro alegaba en su defensa que de ningún modo estaba obsesionado con la idea de las conspiraciones y las sociedades secretas, pero que, al menos, tenía “la flexibilidad mental para no rechazarlas como posibilidad”. Entendí que no sólo me estaba llamando dogmático, sino que además se acababa de adornar como persona de mente abierta.

—Por andar con la mente tan abierta,— le advertí— se te va a vaciar el celebro por el colodrillo.

Ramiro ya no quiso seguir discutiendo. Se arropó en el manto de la trascendencia y decretó que, a fin de cuentas, no importaba que El código Da Vinci estuviera plagado de patrañas.

—Lo verdaderamente importante es estar abierto a cualquier posibilidad—, sentenció.

Pero ésa era precisamente la base de todo mi alegato: si creemos que la historia mundial ha estado regida desde tiempos inmemoriales por sociedades secretas, bien podemos aceptar que, a nuestra escala, nuestra vida está dominada por fuerzas misteriosas. Y eso no sólo es abdicar de la responsabilidad de regir nuestro destino, sino que nos inclina a tomar por ciertas (o al menos posibles) las declaraciones más infundamentadas: que la Tierra es el centro del Universo, que los viajes a la Luna han sido una farsa, que el asesino de Colosio fue un loco solitario o que Calderón ganó por las buenas la presidencia de México.

17 julio, 2007

Los Simpson y los extraterrestres



Ahora que FOX ha elevado a Los Simpson a la categoría de religión, no faltarán charlatanes del futuro que vean en este dibujo, hecho en Inglaterra, una prueba de su origen extraterrestre.

Aunque sólo de trata de un truco para promover la película (de inminente estreno), la realización de esta dibujo al lado del venerable gigante de Cerne Abbas, Inglaterra, ya provocó reacciones airadas de quienes defienden la respetabilidad de lo que se piensa es una caricatura de Oliver Cromwell, que data del siglo XVII.

En todo caso, no es de esperarse que el dibujo de Homero dure mucho tiempo, pues está hecho con pintura biodegradable, condición que pusieron las autoridades para permitir su realización. De todas maneras, es una prueba de que todos somos fans de Los Simpson.

31 agosto, 2006

Astrología y realidad

Dado su objeto de estudio, que es el hombre, la astrología siempre ha sido geocéntrica. Por ello no le afectó la revolución copernicana (1543) que echó por tierra al sistema planteado por Ptolomeo desde 150 a.C. en su Almagesto.

El hecho de que la astrología no se considere a sí misma como el estudio de los astros (cosa que se derivaría de su propio nombre) puede parecer sorprendente, o al menos extraño, sobre todo para quienes no tienen de ella más que las noticias vagas y distorsionadas que hacen circular sus detractores. Pero la verdad es que, por su objeto de estudio, la astrología está más emparentada con la psicología que con la astronomía. Y es por ello que no se vio afectada ni por los descubrimientos de Copérnico, ni se interesa por el reciente cambio de denominación de Plutón, que ahora en agosto se vio degradado a la condición de planeta enano.

Buena parte de las críticas que se le enderezan a la astrología se basan en su desfasamiento con la realidad astronómica. La primera, claro, es el hecho de ser geocéntrica, cuando ya sabemos que es la Tierra la que gira alrededor del Sol. Pero este argumento es insubstancial, como ya dijimos. Se alega también que desconoce el desplazamiento de los cuerpos celestes que, como en el caso de la constelación de Ofiuco, en cierto modo invalidarían las tesis astrológicas pues con el paso de los años (de siglos o milenios valdría aclarar) las estrellas cambian de posición con relación a la Tierra.

Conviene hacer una aclaración respecto de Ofiuco, constelación en la que se encuentra el Sol del 30 de noviembre al 17 de diciembre (dato que seguramente perturbará a muchos que hasta ahora se consideraban nativos del signo de Sagitario). Si bien su desplazamiento ha hecho que se meta más en el cinturón zodiacal (la franja de 16 grados que tiene por centro a la eclíptica), ya en tiempos de Ptolomeo se reconocía que cuatro de sus veintinueve estrellas estaban dentro del Zodiaco.

Pero en realidad la astrología no toma en cuenta la posición real de las estrellas (ni siquiera vistas desde la Tierra), sino que hace una abstracción y declara como zona de importancia al Zodiaco, la franja por la que hace su recorrido el Sol en torno de la Tierra, dividida en doce partes iguales de 30 grados cada una.

Asimismo, el descubrimiento de los planetas Urano (1781), Neptuno (1846) y Plutón (1930) no significó ningún mentís a la astrología tradicional, que sólo conocía los planetas hasta Saturno. Los planetas recién descubiertos fueron asimilados como "fases superiores" de los ya conocidos, Urano de Mercurio, Neptuno de Júpiter y Plutón de Marte. Y de ese mismo modo se les adscribieron sus características y significados astrológicos.

Además de los planetas, algunos astrólogos consideran también otros cuerpos celestes, como Quirón, Vesta y Ceres. A éstos se les atribuyen características basadas en su nombre, tomado de la mitología griega. Cuando al planeta enano 2003 UB313 quisieron ponerle Xena, en memmoria del personaje de la serie de televisión Xena, la princesa guerrera hubo voces de protesta, no por parte de los astrólogos, sino de los mismos astrónomos deseosos de mantener la tradición de bautizar planetas y nanoplanetas dentro de la mitología griega. En bonito predicamento hubieran puesto a la astrología si le hubieran puesto el nombre propuesto por los fanes de esa serie, protagonizada, por cierto, por Lucy Lawless.



Lucy Lawless no subió al Olimpo.


Queda abierta a discusión la pertinencia de atribuirle significados a los planetas nuevos en base de su mero nombre. El caso de Urano es interesante en ese sentido. El primer nombre que propuso su descubridor, sir William Herschel, fue Georgis sidus, en honor del rey Jorge III de Gran Bretaña. Cuando se le señaló que sidus significa estrella, y no planeta, entonces propuso simplemente planeta Georgiano. Como el nombre no arraigó fuera del Reino Unido, hubo muchas otras propuestas: Herschel, en honor a su descubridor, Hipercronos o Transaturno, por estar después de Saturno, Astrea, Cibeles, Neptuno, Minerva, Austra, hasta que finalmente Bode propuso el que que actualmente lleva. ¿Qué hubieran hecho los astrólogos si se le hubiera quedado cualquier otro? ¿Hubieran cambiado las "influencias" que irradia ese planeta?

26 agosto, 2006

Y Plutón sigue ahí



Después de que nos emocionaron con la onda de que se iban a agregar tres planetas más a nuestro sistema solar, para darnos un total de doce, ahora resulta que al pobre de Plutón lo degradaron a planeta enano. Así, por efectos de un cambio de definición, nos quedamos nada más con ocho planetas y unos cuantos "nanoplanetas".

Cuando los sabios que estudian el cielo anunciaron a los nuevos componentes de nuestro Sistema, de inmediato surgieron voces para burlarse de la astrología y preguntar qué efectos tendrían esas nuevas fuerzas en nuestra vida.

Algo similar ocurrió hace unos años, cuando se descubrió que la constelación de Ofiuco, en virtud del desplazamiento continuo de los cuerpos celestes, se había colado entre las constelaciones de la Balanza y de Escorpión. De ese modo, razonaban estas mentes brillantes, los signos del Zodiaco habrían de ampliarse a trece y los astrólogos tendrían que explicar las influencias del flamante miembro zodiacal.

Pero no; lejos de brindarles a los astrólogos una oportunidad de enredarse en declaraciones falaces, la Unión Astronómica Internacional prefirió reducir el número de objetos de estudio, degradando a Plutón. No por casualidad estaba reunida en Praga, donde las defenestraciones son parte de la historia.

De todos modos, los astrólogos tendrán que explicar ahora qué pasa con Plutón y su influencia. Esas fuerzas ocultas y explosivas que se le atribuían, ¿se desplazarán a otro elemento astrológico? El signo de Escorpio que regía hasta ahora queda huérfano: ¿qué planeta asumirá su tutela?

Aunque viéndolo bien, no creo que ni a los astrólogos, ni al mismo Plutón (si se enterara de su democión) les interesara este cambio de nomenclatura. Porque en realidad a eso se reduce este incidente. Plutón sigue teniendo el mismo tamaño, la misma masa y (para los astrólogos) la misma influencia que antes de su designación como planeta enano. Es un poco como lo que pasa con la pobreza en México: aunque ésta se reduzca en el papel, en los informes enviados a los organismos internacionales y en los discursos de la postcampaña simplemente cambiando los parámetros con que se mide, la pobreza, como el dinosaurio de Monterroso, sigue ahí. En Foxilandia, para ser llamado pobre ahora hay que morirse de hambre literalmente; todos los demás entramos en la categoría de clase media. (Por cierto, antes se hablaba de la "pujante" clase media, en su sentido de potente, floreciente, vigorosa. Ahora, la clase media sigue siendo pujante, pero en el sentido de que puja y se esfuerza por mantenerse a flote.)

30 junio, 2006

Caballos voladores y explicaciones mágicas

Una característica de los charlatanes, después de soltar alguna estupidez, como la de que los caballos vuelan, es exigir pruebas en contrario. Por ejemplo, vean este video:



“¡Que lo demuestren!”, exige el embaucador mayor, con el apoyo de su acólito de circunstancia.

De este corto video se desprenden numerosas lecciones, pero quizá la principal sea la ilustración del funcionamiento de la mente mágica. Ante un fenómeno determinado, se descarta la explicación más racional y simple y se acepta sin más discernimientos la más increíble.

Vemos una figura en el cielo en forma de caballo y, en lugar de suponer que se trata de un globo o de cualquier otro fenómeno natural, el “investigador” de lo paranormal nos asesta la explicación más inverosímil: se trata de un caballo volador. Contra toda lógica, contra toda experiencia, movido simplemente por al afán de notoriedad (y el lucro que ésta trae aparejado, claro), el embustero máximo nos quiere hacer creer que los caballos vuelan, provocando espumarajos de baba entre todos los circunstantes, en primer lugar el merolico que le hace segunda. Estoy seguro que el inteligente lector podrá extraer las demás lecciones.

10 junio, 2006

La homeopatía y yo

Tengo pendiente preguntarle a mi señora madre la razón de que, de chico, me llevara a consultar a homeópatas. En algún momento pensé que pudo haberse debido a que resultaba más barato, pero, caray, mi padre trabajaba en PEMEX y en el IPN, así que teníamos dos servicios médicos prácticamente gratuitos. Antes bien, ir a la consulta homeopática representaba un gasto adicional.

Por alguna razón que nunca he sabido, toda la vida he padecido de la piel; salpullido, eccema, acné, forunculosis, dermatitis... mi expediente médico, si existiera, sería un catálogo completo de enfermedades, padecimientos y trastornos cutáneos.

De los casos que recuerdo con más claridad es el de un eccema de cuero cabelludo que me ha de haber salido por ahí de los diez años. Las visitas al homeópata nomás no dieron resultado, a pesar de lo cual, yo tomaba religiosamente mis chochos a las horas prescritas por el doctor. ¿Y cómo no me iba a gustar tomar azúcar con alcohol? Además, el consultorio homepático era impresionante, con sus paredes cubiertas de estantes con frascos llenos con los supuestos remedios que no podían dejar de deslumbrar a un niño tan pequeño.

Sin embargo, los chochos no me aliviaban el problema y ahí me la llevaba, hasta que los síntomas desaparecían espontáneamente. Ahora sé que la mayoría de estos padecimientos tienen origen nervioso, por lo que suelen aliviarse cuando cambia la situación que les da origen. Por ejemplo, la época de exámenes finales era la más tensa (¡Exámenes finales de primaria! ¿A qué podía tenerlo miedo yo?) y era cuando más propenso estaba a padecerlos.

En fin, como decía, para mí el tratamiento homeopático consistía, además de tomar los chochos, en aguantar y esperar a que desaparecieran los síntomas por sí mismos. Pero en el caso de mi eccema a los diez años las cosas resultaron diferentes. Una ocasión, estando en casa de unos amigos, un tío de ellos me vio y me preguntó qué me pasaba. Él era médico veterinario y, puesto en antecedentes, me dijo que él podría curarme rápidamente. Así fue. Recuerdo que disolvió unas cápsulas de penicilina en una cubeta con agua, con la que me lavó la cabeza. Eso lo hizo unas tres o cuatro veces y en una semana había desaparecido el eccema que ya para entonces me había durado varios meses.

¿Cuál fue la moraleja del cuento? Parecería obvio sacar la conclusión de que la homeopatía es ineficaz y que no tiene caso perder tiempo y dinero (aunque sea poco) con esas cosas. Pero en mi caso, el incidente sirvió para que, por años, mis hermanos mayores se burlaran de mí por el hecho de haber sido curado por un médico de animales.

La cosa fue que no aprendí la lección. Por muchos años más estuve consultando homeópatas para mis padecimientos de la piel, siempre con los mismos resultados, es decir, sin ver resultados concretos nunca.

Había en ello un factor adicional a la costumbre o al respeto por una tradición (no puedo decir que familiar, pues ahora me entero que mis hermanos no consultaron nunca a homeópatas). En efecto, yo sentía cierta satisfacción en saberme dentro de una corriente diferente, alternativa como diríamos ahora, y en no ser parte de la borregada que consultaba médicos alópatas y era víctima de la avidez de las empresas farmacéuticas.

Todo eso habría de cambiar con el tiempo. Hace algunos años tuve un padecimiento para el cual resultaron ineficaces todos los remedios alternativos: naturismo, homeopatía, herbolaria; probé incluso el reiki y el tratamiento a manos de un charlatán que no sólo por eso merecería ser expulsado del país (era un extranjero pernicioso que se la pasaba hablando mal de los mexicanos a cuyas costillas, por supuesto, vivía como rey). Hasta que se impuso la sensatez y fui a consultar a los tan denostados alópatas. ¿Resultado? Tras una consulta de una hora y una medicina comprada en la farmacia, el problema desapareció por completo.

Dejo al paciente lector la tarea de sacar por sí mismo la moraleja de esta segunda historia.

01 junio, 2006

Del Anticristo y las encuestas

Ahora que se acerca la famosa fecha del Anticristo, el 6 de junio de 2006 (que espero no sea ominosa, pues es el día del debate de los candidatos), el “número de la bestia” vuelve a estar en boca de todos, después de haber estado en el pecho, en forma del ungüento 666, usado para aliviar algunos síntomas del resfriado. Había otro ungüento, el 606, conocido también como “salvarsán”, que fue el primer medicamento contra la sífilis, inventado a principios del siglo pasado por el doctor Paul Ehrlich, a base de azufre. No hay que confundir éste con el también célebre “ungüento del soldado”, a base de mercurio y que servía para combatir las ladillas, otra enfermedad venérea.

Los números siempre han ejercido cierta fascinación y de ahí surge la numerología, “práctica”, como dice el diccionario, de adivinar a través de los números. Pero no sólo adivinar el futuro, sino también de interpretar el presente, esto en su forma más aceptada que es la estadística.

Podemos jugar con los números y así buscar nuestro número de la suerte, que supuestamente nos serviría para ganar en rifas y loterías. El problema es determinar la base del cálculo. ¿Usamos para ello nuestra fecha de nacimiento, nuestro número de teléfono, de la credencial de elector, el número de letras de nuestro nombre? Y en este último caso, ¿nos servimos de nuestro nombre completo, tal y como aparece en el acta de nacimiento o sería mejor usar el apodo con que nos conoce la gente? En efecto, el resultado sería diferente si partimos, por ejemplo, de Andrés Manuel López Obrador, que si el cálculo se basa en el “Peje”.

Los números, desgraciadamente, se prestan a todo tipo de maromas. Podemos manejarlos a nuestro antojo y sacar de esos resultados cualquier conclusión para apoyar o denostar personas, ideas o programas políticos.

Y en la campaña electoral que estamos viviendo, las cifras se han comportado como putas de esquina, al servicio del mejor postor. Después de años de tapadismo —ese sistema sui generis impuesto por el PRI para nombrar sucesor y evitar rupturas internas, como sucedió con lamentable frecuencia en los años posteriores de la revolución—, México descubrió con alborozo a la opinión pública como creadora de carreras políticas.

Como suele suceder en estos casos, el entusiasmo por lo nuevo ha desembocado en excesos que resultan totalmente condenables, ya que tienen el efecto de desconcertar y sembrar la duda al respecto de métodos que, en sí mismos y libres de manipulaciones, resultan muy valiosos.

Las encuestas de preferencias electorales, al menos las que se dan a conocer a través de los medios, están a la misma altura de la numerología y de la cábala: simples especulaciones impulsadas por los deseos de quienes las encargan.

Con todo, hay que reconocer que hasta ahora, ni siquiera los encuestólogos del PRI se han atrevido a poner a su candidato en otro lugar que no sea el humilde tercero que ocupa desde un principio (en una contienda de tres, por cierto, ya que los paleros de Campa y Mercado no han logrado mover el marcador en su favor en forma siquiera perceptible para las encuestas).

La verdadera guerra de cifras se da entre el Peje y Fecal. El primero no ha dejado de insistir en su delantera de diez puntos, mientras que el segundo, convencido de la verdad del principio hipodromístico de que “el que alcanza gana”, trata de hacernos creer que la ventaja que le lleva su contendiente de la izquierda se ha reducido significativamente, llegando a ser inferior al margen de error que por lo general se concede en este tipo de ejercicios numéricos.

La encuesta decisiva, sin embargo, es la de las urnas y el IFE es el único que dirá, fuera de toda duda y cuestionamiento, con qué margen ganó la presidencia el Peje. Ya lo sabremos el 2 de julio.

21 mayo, 2006

De misterios prosaicos

Parece que los fanáticos nunca aprenden. Cuantas veces se han opuesto a la libre expresión de las ideas, aun las más descabelladas e idiotas, su oposición sólo ha servido para promover la curiosidad y el morbo general por aquello que es objeto de sus odios.

Lo mismo está pasando ahora con la película de El código Da Vinci. Todas las declaraciones de la Iglesia en su contra, de las organizaciones católicos y cristianas, de jerarcas y laicos por igual sólo han atizado el interés por ver la película.

Pero eso no ha sido todo. No han faltado idiotas que confundan la irritación de la Iglesia por el falseamiento de sus verdades fundamentales con el temor a que se revelen no se sabe qué obscuros secretos. Es decir, la actitud de la Iglesia logra exactamente lo contrario: convencer a los incautos de que son ciertas las tesis de Dan Brown.

No es que la Iglesia esté libre de secretos vergonzosos. Pero si vamos a sospechar de ella, tendríamos que hacerlo por razones más prosaicas que el supuesto romance entre dos personas de dudosa historicidad. No tendría caso levantar el inventario de los actos nefandos de papas y jerarcas diversos del pasado, pero al menos yo recuerdo haber leído en la prensa acerca de los escándalos del Banco Ambrosiano, de la Logia P-2 y de los sacerdotes pederastas (¡saludos, Marcial!), por no escarbar en la historia del siglo XX y preguntarnos cómo fue que se tejieron esas extrañas relaciones entre el Vaticano y los regímenes fascistas de esa época. Todos estos casos darían buen material para novelas, películas y series de televisión, con la ventaja de que estarían fundamentados en realidades que todos podemos confirmar.

Claro que a la Iglesia le molestan las falsedades disfrazadas de verdades lanzadas al abrigo de una novela y ahora una película. Poner en duda la divinidad de Jesucristo literalmente es quitarle la base a la institución eclesiástica. Si él no fue más que un hombre iluminado, un profeta inspirado o un gran maestro espiritual, se rompe el vínculo del Vaticano con Dios. Ratzinger es heredero del apóstol designado por Cristo y éste es hijo de Dios: ése es el fundamento de la legitimidad del actual papa y de todos los que lo han precedido.

Defender esa condición es la base de los ataques de la Iglesia a la obra de Dan Brown, no la supuesta descendencia que hubiera dejado en la tierra su fundador.

16 mayo, 2006

Receta para una conspiración

Pese a la secularización de la vida occidental, la imaginería cristiana sigue desempeñando un poderoso papel. Así, los valores y preceptos bíblicos, convertidos convenientenmente en sentido común o en derechos humanos para despojarlos de su carácter religioso, están presentes en el imaginario común. Así, aunque no comulguemos cada viernes primero, seguimos respetando –y aun temiendo– conceptos como el del anticristo, la batalla del Armagedón y el juicio final.

Tomemos por ejemplo la idea del anticristo (para aceptar la cual, lógicamente, habría que aceptar también la del regreso de Cristo, si bien esto no necesariamente es así de lógico). Ya que en el Apocalipsis encontramos que el “número de la bestia” es el 666, éste también se encuentra profundamente grabado en el inconsciente colectivo como un número fatídico.

¿Seis, seis, seis? ¿No corresponde ese número a la fecha del 6 de junio de 2006? Es evidente que los teóricos de la conspiración no iban a desaprovechar esta fecha para lanzar advertencias calamitosas y prevenirnos del mal que viene. Y ya que es innegable el papel que desempeña Estados Unidos en la política mundial, nos guste o no, esta teoría se desarrolla precisamente ahí. Vámonos, pues, a Washington.

El 6 de junio de este año, como queda dicho, es el día del regreso del anticristo, lo cual se va a manifestar en un atentado terrorista de la escala de los 11 de septiembre de 2001. ¿Dónde se realizará? No lo sabemos con precisión, pero bien podría ser en alguna ciudad pequeña del Medio Oeste de Estados Unidos, de ésas que tantas veces hemos vistos retratadas en las películas. Una ciudad que, dada la importancia simbólica de la fecha, bien podría quedar arrasada, sin quedar de ella “piedra sobre piedra”, para decirlo a tono con el tema. Digamos que el ataque se lanzaría con una bomba nuclear de pequeña potencia, quizá como las que destruyeron Hiroshima y Nagasaki hace más de sesenta años.

El gobierno de George W. Bush no necesita más para decretar el estado de emergencia, imponer la ley marcial y suspender las elecciones legislativas programadas para noviembre de este año. ¿Por qué no? Todos sabemos que los republicanos andan de capa caída y que se les dificultará retener el control de ambas cámaras del congreso. De esa manera, Bush obtiene poderes omnímodos, muy a la altura de sus ambiciones de dictador y enviado de dios. Con las garantías individuales suspendidas, la militarización de las fronteras (cosa que efectivamente ya está ocurriendo desde ahora, con el envío de 6,000 miembros de la Guardia Nacional a resguardar la frontera mexicana) y la primacía de los cuerpos de seguridad sobre la vida social y política, la camarilla en el poder en Washington tiene asegurada su permanencia.

Así como en los atentados del 11 de septiembre de 2001 se trató de encontrar la “conexión irakí”, que justificara la invasión de Irak, esta vez se buscaría la “conexión iraní”, para permitir la ocupación del país con las segundas reservas petroleras más importantes del mundo, después de Arabia Saudita (cuya familia gobernante, no lo olvidemos, es socia de los Bush en el negocio petrolero).

¿Desde hace cuánto tiempo los occidentales no han estado alarmados por el programa de energía nuclear de Irán? El tema ha estado en el centro de los esfuerzos diplomáticos de las cancillerías europeas, preocupadas por la posibilidad de que un régimen tan poco dócil como el de Teherán ingrese en el selecto club de potencias nucleares. En este caso, Washington desempeñó un papel poco común: durante mucho tiempo se hizo a un lado y permitió que fueran Berlín, Londres y París los que condujeran las negociaciones con los mulás de Irán.

Los esfuerzos de la troika europea, no obstante, fueron en vano y así, este año el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas se atrajo el caso, a fin de emitir una resolución. Es muy probable que esta resolución caiga dentro del capítulo VII de la carta de la ONU, el cual permite el recurso de la fuerza para hacer valer las resoluciones del organismo. Pero este trámite puede arrastrarse por meses; todos sabemos la lentitud que caracteriza a la burocracia y Washington no puede correr el riesgo de que se alargue más allá de sus plazos electorales.

El 6 de junio de 2006 es una buena fecha para hacer estallar una bombita en el Medio Oeste estadounidense, ¿no creen? Su origen se rastrearía, obviamente, a Irán y el gobierno de George W. Bush tendría el mejor pretexto para invadirlo. Al menos ante su opinión pública que, en su ignorancia sobre el mundo en que vive, acepta sin el menor asomo de crítica cuanta patraña le lancen los medios de comunicación. Con la invasión a Irán, Bush no sólo aseguraría el abasto de crudo para su país (y, sobre todo, para las empresas petroleras de sus socios), sino que repetiría el espléndido negocio que ha constituido la “reconstrucción” de Irak.

Al tiempo. Faltan tres semanas para la fecha fatídica. Desde esta humilde tribuna, sólo podemos esperar que esta vez, como en muchas otras veces, los teóricos de la conspiración estén equivocados.

10 mayo, 2006

Una picota para Dan Brown

Donde menos se espera, salta la liebre. La India, con menos del 2% de población cristiana, ha sido el primer país donde ha surgido un movimiento de protesta en contra del estreno de la película El código Da Vinci. El Foro Secular Católico (nombre tan contradictorio como nuestro Partido Revolucionario Institucional) ha convocado a una huelga de hambre, “hasta morir”, protesta que iniciarán este viernes en Bombay unas 50 personas pertenecientes a ese grupo. El objetivo que persiguen es que el gobierno prohíba la exhibición de la película, que se estrenará, en la India y en todo el mundo, el 19 de este mes.

¿Qué dice el Vaticano al respecto? Angelo Amato, secretario de la Congregación para la Doctrina de la Fe, habló también de boicotear la película, basada en la exitosa novela de Dan Brown, a la cual calificó de “perversamente anticristiana”.

¿Dónde están los que en 1989 condenaron con voz unánime la fatwa dictada en contra de Salman Rushdie por haber escrito Los versos satánicos, novela también considerada blasfema? ¿Quién se lanza ahora a criticar el integrismo católico-cristiano? ¿Quién es el guapo que va a pedir ahora la picota para un escribidor sensacionalista?