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27 junio, 2008

Sorpresas en Wimbledon

Van apenas cinco de los trece días del torneo de Wimbledon (o “güimbeldon”, como dicen los locutores de ESPN) y ya rodaron tres cabezas grandes: Djokovic, el número tres, cayó ante el ruso Marat Safin, colocado en el número 75; María Sharapova, número dos, sucumbió ante su compatriota Alla Kudryavtseva, la número 153, y hoy, Ana Ivanovic, recién llegada de París donde ganó el Roland Garros con lo que se convirtió en la número uno, perdió en la tercera ronda contra la china Jie Zheng, clasificada en el número 133. ¿Conclusiones? El ranking engaña y, si vamos a apostar, no hay forma de ir a la segura en un deporte que depende tanto del estado de ánimo del jugador.




Por mi parte, esta semana, aunque teóricamente debía de ser de intenso raqueteo, me la he pasado practicando el deporte de sofá, sin pisar la cancha. Mis compañeros o han estado muy ocupados o están convalecientes, por lo que no he podido jugar. A ver si me repongo la próxima semana, pues salen más caras las papitas y las cervezas que las pelotas: esta afición me está llevando a la ruina.

26 junio, 2008

Teoría literaria I

El autor nunca acaba de escribir. Si hay libros publicados, es porque el autor se cansa de revisar, se da por vencido en el interminable proceso no sólo de eliminar erratas sino también de perfeccionar su obra. Todo libro publicado es una confesión de esa derrota: más que pretender hacer la novela perfecta, la aspiración es hacer otro intento, buscar otros personajes, otras situaciones, otras tramas que expresen mejor lo que quiso decir.

Claro, el primer problema del autor es tener claro lo que quiere decir. El segundo es encontrar la forma de decirlo. Y el tercero, como queda dicho, darse cuenta de si ya lo dijo o no, de si ha logrado su objetivo, de si tiene que escribir 500 cuartillas más para expresar la idea.

Por razones que no vienen al caso aquí, hace alrededor de trece años empecé a escribir unas notas que, con el tiempo, me dieron la idea de que podrían formar una novela. Esas notas y la idea sobrevivieron a varios cataclismos en mi vida: una estancia en el extranjero, varias mudanzas (cuatro, para ser exactos, en cuatro años), rupturas sentimentales, crisis laborales, desempleo y una depresión intermitente con diversos grados de profundidad.

Sin embargo, fue sólo cuando pude concretar en unas cuantas palabras el tema de la novela cuando pude dedicarme en serio a escribirla. Y terminarla. Es decir, darla por concluida después de varios meses de revisiones. El resultado me satisfizo y, por los comentarios de aquellas personas que han tenido la benevolencia de leerla en forma de borrador, al parecer es satisfactorio también para otros. Lo que de esto siga por el momento está en el limbo.



El autor muestra con orgullo la obra abandonada.

05 junio, 2008

Relaciones interpersonales en los tiempos tecnológicos

Todo mundo sabe y dice que hay que cultivar las relaciones humanas; que no hay que dejarlas morir de olvido, hay que nutrirlas y cuidarlas como cualquier planta. Eso está muy bien. Pero en este mundo matraca en que nos tocó vivir, ese cultivo se complica al grado de volverse (casi) imposible. Ya que las distancias y la falta de tiempo son de los principales obstáculos para fomentar las relaciones personales, uno pensaría que el teléfono vendría a remediar eso y que, por lo menos podríamos reforzar los lazos con ese recurso. Los siguientes ejemplos ilustran hasta qué punto estábamos engañados.

Un ejemplo extraído de la vida real: estoy hablando por teléfono con un amigo, platicando ligeramente sólo por conversar, por nutrir esa amistad. De pronto, él me dice que me espere, pues le está entrando otra llamada. Se oyen los ruidos característicos de los botones del teléfono al ser oprimidos y luego, el tono de marcar. Hasta ahí llegó la llamada. El zonzo no supo qué botón apachurrar para ponerme en espera y me cortó. Le vuelvo a llamar y él se deshace en disculpas, claro, echándole la culpa al aparato que, por lo visto, es de una complicación que supera sus capacidades técnicas, pese a que él es ingeniero y se dedica a la computación. Nada vale con estos inventos del demonio.

Segundo ejemplo, también sacado de la vida real. Voy en el coche con mi hijo, hablando de planes, sueños y demás temas profundos. Me siento inspirado y estoy a punto de soltar una de esas frases que son capaces de cambiar el curso de la historia cuando, en eso, suena su teléfono celular. Él se limita a levantar el índice para ordenarme silencio, a llevarse el aparato a la oreja, a agachar la cabeza, como si eso le diera la privacidad necesaria para hablar con el inoportuno telefonista, y se clava en una cháchara de varios minutos, de cuya naturaleza mi natural discreción me impide enterarme. Nuestra conversación de corazón a corazón, naturalmente, valió gorro.

Último ejemplo para no cansar al agobiado lector. Marco el número de mi hermana y, tras sonar varias veces, me contesta la grabadora. Una voz en inglés me pide que deje un mensaje. No me sorprende: recuerdo haber oído a mi hermana contar que compró su aparato en la fayuca y que, por más intentos que ha hecho, no ha podido cambiar el saludo que viene de fábrica. Me felicito mentalmente por haber comprado Inglés para todos, pues así puedo entender que, después del tono, debo dejar mi recado. Es en vano. Días después, cuando me encuentro a mi hermana en casa de mi madre y le comento que le he estado dejando recados en su contestadora sin recibir ninguna respuesta, ella me confiesa que aún no ha averiguado cómo escuchar los mensajes; se hace bolas, dice, con los 27 botones de la máquina y lo único que ha logrado hasta la fecha es borrarlos con la tecla que ella supone que sirve para reproducirlos.

No soy luddita ni reniego de los avances tecnológicos. Todo lo contrario: si alguien me asegura que me estuvo llamando y el identificador de llamadas no reporta ninguna, dudo más de las palabras de mi interlocutor que de la capacidad de mi aparato. La tenebrosa zozobra que me invade, pues, es que lejos de ser inepta con las nuevas tecnologías, la gente las pone de pretexto para eludir sus compromisos sociales.

02 abril, 2008

Paremiología y procesadores de texto

Una de las pocas cosas que recuerdo de mis clases de literatura en la secundaria es que la paremiología es el estudio de los refranes. De hecho, según Larousse, es el "conjunto de conocimientos relativos a los refranes o tratado en el que se recogen". En ese tiempo no podía imaginar actividad más ociosa. ¿Qué tanto se necesita saber —pensaba yo— para decir, por ejemplo, "cría cuervos y échate a dormir", "de tal palo, tal condón" o "el que con niños se acuesta lo acusan de pederasta"?

Estas reflexiones me surgieron anoche al estar revisando los análisis que hace Google de los despistados que vienen a dar a este rincón de la red. Hubo uno que andaba buscando el dicho aquél de "mal empieza la semana para el que ahorcan en lunes". ¿Necesitaba una explicación para entenderlo?

En fin, ese análisis es bastante revelador. Por ejemplo, ahora sé que la nota sobre bubis y chichis me produjo siete visitantes que, no aguantándose las ganas, de plano se pusieron a buscar bubis. Hubo otros, de cultura más visual que textual supongo, que querían ver "bubis fotos"; otros, dados a lo monumental, buscaban "mega bubis". ¿A quien pensaban encontrar?

Otro gancho que ha atrapado bastantes visitantes han sido mis notas sobre los procesadores de texto. Raro, porque yo consideraba que la preeminencia de Word había descartado la vieja reyerta de "mi procesador es mejor que el tuyo". Al parecer no. No pocos incautos cayeron aquí preguntando cuál es el mejor procesador que existe y cuáles otros hay aparte de Word.

Y hablando de eso, el año pasado, cuando le entré al maratón de novela, una de mis preocupaciones secundarias fue decidir qué procesador usaría para crear 50,000 palabras en mi disco duro. Vean ustedes porqué: uso Word básicamente para trabajar, por lo que lo tengo relacionado con una actividad meramente mercantil, alejada de los afanes creativos que supone la concepción de una novela. Mis otras opciones eran OpenOffice, WordPerfect y, sí, también lo llegué considerar candidato, XyWriter que en su versión IV ofrece la posibilidad de convertir el texto a RTF y, así, sacarlo de su inframundo nativo de DOS.

En ésas andaba cuando me topé con un programita llamado Q10; digo programita no en tono despectivo sino en el sentido estricto: con todo y diccionarios de revisión de ortografía (en inglés y español), ocupa escasos 2.48 MB. Pues bien, una de las ventajas que proclama la página de donde se puede descargar (gratis, por supuesto; al parecer el autor es militante del freeware) es que ocupa toda la pantalla, no tiene ningún adorno y, por tanto, el usuario puede concentrarse en lo único que realmente importa: el texto.

Eso me parece muy bien. Y para los nostálgicos de la máquina de escribir, ofrece otra función que resulta definitivamente imprescindible: las teclas producen un sonido como de las máquinas viejas, con todo y campanillazo al cambiar de párrafo.

Sin embargo, no ofrece mucho más. Y de ahí para adelante, las supuestas ventajas empiezan a palidecer cuando se comparan con las de cualquier otro procesador. Al menos en los procesadores que conozco siempre existe la posibilidad de mostrarlo a pantalla completa, si es que realmente somos tan desconcentrados que hasta la barra de tareas de Windows puede distraernos en nuestro proceso creativo. El sonido de máquina de escribir se logra con otro programa, SoundPilot, que tiene la ventaja de no estar limitado al procesador, sino que los produce en cualquier programa (aunque curiosamente, no en el Explorador de Windows). Y eso por no hablar de las muchas características que ofrece un verdadero procesador como Word, como son la división en capítulos, los documentos maestros, las anotaciones, el registro de versiones, la creación de tablas de contenido y ya mejor no sigo para no aburrir al respetable.

A fin de cuentas, acabé trabajando en Word, claro. Creo que ya lo había dicho, pero no está de más repetirlo. ¿Cuál es el mejor procesador de textos? Es el que conocemos mejor, claro.

26 marzo, 2008

Teléfonos de mis recuerdos

Durante toda mi infancia y mi adolescencia, los teléfonos públicos costaban 20 centavos. Supongo que de ahí viene la expresión caer el veinte, pues uno ponía la moneda en una ranura y cuando caía el veinte se establecía la conexión. Pero durante el echeverriato se dejaron de hacer esas monedas de cobre que llamábamos veintes, para sustituirlas por otras más pequeñas de alguna aleación. El problema era que las nuevas monedas no servían para hablar por teléfono. Entonces los viejos veintes dejaron de circular, pues la gente los acaparaba para poder hablar por teléfono en la calle. Encontrar un veinte se volvió imposible al grado de que junto a los teléfonos públicos a veces había quien los vendía: tres veintes por un peso, con lo que sacaba una ganancia neta del 40%.

En ese tiempo, Telmex era una empresa pública, plagada por todas las lacras imaginables, en especial la burocracia y su consecuencia natural, la corrupción. Por ejemplo, para que instalaran una línea nueva podían pasar años (literalmente años, no es hipérbole retórica). Ah, pero si uno conocía a alguien dentro de la empresa, si sabía a quién darle mordida, el trámite se acortaba considerablemente.

Quizá fue esa burocracia la que hizo que, cuando salieron las nuevas monedas, a nadie se le ocurrió pensar qué pasaría con los teléfonos públicos. Pasaron meses para que empezaran a cambiar los aparatos a modo de que funcionaran con las nuevas monedas. Y, claro, Telmex aprovechó la circunstancia para multiplicar la tarifa por 2.5: los aparatos nuevos costaban ya 50 centavos.

Después de los temblores del 85, los teléfonos públicos se volvieron gratuitos. Sí, uno llegaba, descolgaba el auricular, marcaba el número y se ponía a hablar sin sacar un solo centavo de la bolsa. Supuestamente esto era así porque Telmex, siempre tan pendiente de las necesidades del consumidor, quería facilitar las comunicaciones en esos días de emergencia. Pasaron esos tiempos heroicos y los teléfonos siguieron siendo gratuitos. Ahora el rumor que quería explicarlo (rumor porque nunca hubo una explicación oficial) decía que a la empresa le costaba más recolectar las monedas de todos los aparatos que lo que éstas pudieran representar como ganancia.

Después llegaron los teléfonos de tarjeta, lo que significó reemplazar todos los aparatos y dejarnos una duda: ¿pues no decían que no era negocio? La instalación de equipo nuevo en la ciudad más grande del mundo, más la manufactura de las tarjetas, ha de haber sido una inversión enorme. Y ningún empresario invierte tanto si no va a sacar ganancias —y buenas— de su dinero. Claro, esas tarjetas estaban financiadas en buena parte por la publicidad que llevaban impresa, pero como quiera han de haber costado una lana.

15 marzo, 2008

Notas de viaje

La tercera vez que fui a Washington, D.C., llegué al aeropuerto Ronald Reagan. Esto fue en 1996 cuando el angelito, aunque retirado y ya afectado por el Alzheimer, todavía seguía en este plano de existencia. El motivo de esa visita, a diferencia de las dos anteriores, cuando me llevaron a la capital del imperio razones familiares, fue asistir a la convención de editores de diarios de Estados Unidos, algo así como la comida de la libertad de prensa que se organiza en México, sólo que a la gringa, es decir, en grande. Fueron cinco días de conferencias, ponencias, exposiciones y almuerzos.

Llegar al aeropuerto Ronald Reagan fue algo bastante ignominioso. Yo sentía que el simple hecho de caminar por sus pasillos me volvería simpatizante suyo y que jamás podría ver a los ojos a mis amigos que militan en la izquierda. Volví a vivir el apuro en que me vi cuando uno de ellos me vio saliendo de una iglesia. Yo había asistido al bautizo del hijo de un amigo y a la hora de bajar la escalinata, él iba pasando enfrente, camino a una reunión de su célula. Tuve que comprar su silencio invitándole unos tragos.

La convención de periodistas en Washington no estuvo mal. Sobre todo porque en esa ciudad no estaba prohibido fumar en lugares públicos, como lo estaba en Miami, donde yo residía en ese tiempo. Así que podía entregarme a mi vicio, como cientos de otros asistentes más, una vez acabadas las sesiones.

Los almuerzos eran otra cosa. En los tres que asistí, al final, a la hora del postre, llegaba un orador invitado que hablaba de algún tema más o menos relacionado con el periodismo. Y los oradores fueron de primera línea: estuvieron Al Gore, entonces vicepresidente; Bob Dole, que en ese tiempo pretendía la nominación presidencial republicana que en noviembre lo llevaría a contender contra Bill Clinton en las urnas; y Salman Rushdie, escritor que ya llevaba casi diez años escondiéndose de las huestes de los ayatolahs, que en nombre de su dios misericordioso habían pedido su cabeza por blasfemo.

Muy a diferencia de la imagen de serio y aburrido que se ha labrado, Al Gore tiene un gran sentido del humor, es ingenioso y no se priva de burlarse de sí mismo. Bob Dole, por su parte, era su antítesis: su voz monótona me arrulló desde que empezó a hablar hasta que me despertaron los aplausos del distinguido público, que con las palmas expresó su contento por el fin de su perorata. Salman Rushdie llegó con un dispositivo de seguridad impresionante y tan efectivo que no pude ver cómo llegó ni cuándo se fue. De pronto ya estaba en el podio hablando de la libertad de expresión, tema que supongo le ha de resultar muy cercano, y al terminar, en un parpadeo en medio de los aplausos, ya había desaparecido.

Al margen de la convención hubo varios actos, uno de ellos una recepción en el Instituto Kato, centro de estudios de los medios, al que asistieron numerosos periodistas extranjeros. Yo me integré en el grupo de los "latinos", en el que dominaban los argentinos (había tres), y así pude enterarme de la imagen que proyecta en el extranjero el periodismo mexicano. Uno de ellos me preguntó, sin asomo de mala fe, que si era cierto que en México, el gobierno les paga a los periódicos para que sólo publiquen notas favorables. La verdad es que no supe qué contestar, pero los colegas tomaron mi silencio por asentimiento y de ahí se lanzaron en una discusión sobre la independencia de los medios respecto del estado que, en lo personal, no me ofrecía ningún interés. Preferí salirme a la terraza a contemplar el espectáculo del Potomac nocturno y platicar con una colega brasileña.

01 marzo, 2008

Boleto de regreso

Nos pasamos la vida tratando de desentrañarle el sentido a nuestro paso por la Tierra y, cuando más o menos creíamos que teníamos resuelto el misterio, el árbitro nos silba, nos enseña la tarjeta roja y nos saca del juego, dizque por haber violado alguna obscura regla: le entramos muy recio al chicharrón y a las cervezas y nos dio un infarto; olvidamos que no había que mezclar el Viagra con el alcohol y nos quedamos tiesos en el lecho del amor; no nos fijamos a la hora de cruzar la calle y nos aplastó un camión; nunca leímos los periódicos, nos fuimos a pasear a Acapulco y acabamos en medio de un tiroteo de narcos. Si bien este mundo sólo tiene una puerta de entrada, sus salidas son innumerables.

Yo crecí en un mundo muy diferente al actual y una de las diferencias más evidentes es que las cosas tenían nombre, no marca. Por ejemplo, usábamos pantalones, no Levi's ni Dockers; andábamos en coche, no en Pontiacs ni Jettas; y usábamos zapatos, no Adidas ni Nike (por lo demás, recuerdo que en la primaria nos tenían prohibido ir de tenis, salvo los días que teníamos clase de educación física, así que nuestras opciones se reducían a los zapatos Canadá).

Sí, ya desde entonces se le llamaba "pan bimbo" a todo pan de caja y no era infrecuente oír en la tienda que alguien pidiera un "pan bimbo Wonder". También los gansitos eran el genérico de cualquier tipo de pastelito y así uno podía ir a comprar gansitos y regresar muy campante con un Pipiolo o un Twinky Wonder. Pero estos casos eran tan excepcionales que se comentaban en tono de burla y condescendencia hacia sus protagonistas.

Claro, no es que ahora Levi's sea el genérico de pantalones. ¡Ni lo mande Dior! Todo lo contrario: al menos en materia de ropa, los nombres genéricos están desapareciendo y dejando su lugar a las marcas. Por ejemplo, en la pasarela de la alfombra roja, previa a la entrega de los Óscares, una de las animadoras del evento le preguntaba a las actrices qué estaban usando. Y éstas respondían invariablemente citando el nombre del diseñador de la prenda respectiva. El ojo avizor quizá sea capaz de distinguir entre uno y otro (por ejemplo, entre Dolce y Gabanna), pero para mi menda, capaz sólo de ver vestidos, ese desfile de nombres resultó incomprensible. ¿Señal de que ya me estoy volviendo viejo?

Es posible. Ayer recibí una llamada de una empresa registrada con el cantarino nombre de Tiempo y Vida. Tardé en darme cuenta de que detrás de ella se agazapa una conocida compañía de pompas fúnebres y que, en resumidas cuentas, vende funerales con el concepto de pague ahora y muérase después. ¿Por qué tardé en darme cuenta? Ah, porque la vendedora (que supongo que no se llama a sí misma vendedora, sino representante de servicios al cliente o algo así) no mencionó jamás las palabras "muerte", "funeral" ni otros elementos discursivos asociados con el fin de la vida. No, ella habló de "previsión", de lo "inevitable" y demás eufemismos que vuelven hasta agradable la idea de que nos metan en un cajón y nos refundan a tres metros bajo tierra.

Con todo, no es mala idea dejar arreglada nuestra partida de este mundo. Al ahorro que significa pagar por adelantado nuestro boleto de regreso, se le suma la ventaja de evitarles a nuestros llorosos deudos las molestias y los gastos de andar organizando nuestro funeral a última hora cuando, dada la situación en que se encuentran, son presa fácil de los comerciantes de la muerte. Si realmente están muy afligidos, van a querer gastar lo que no tienen para darnos el "servicio que merecemos". Y si se alegran de que finalmente "ya se peló el viejo", nos van a querer echar a la fosa común. Y ninguno de esos dos casos es reconfortante.

04 febrero, 2008

De la huelga en televisión y otros desvaríos

Hace algunas semanas, mi condición de semi-empleado hizo que se me ocurriera la idea de esquirolear la huelga de los guionistas gringos. En efecto, si ellos pueden darse el lujo de rechazar miles de dólares por un puñado de cuartillas, yo bien podría ofrecerme a recoger algunas de las migajas caídas de la mesa de tan generoso banquete. Sin embargo, como suele sucederme en muchos casos, mi reacción fue lenta y, aunque la huelga todavía está en pie, después de varios meses, ahora soy yo el que no tiene tiempo para dedicarse a afanes creativos.

Lástima, porque al cabo de freírme el cerebro viendo tanta serie gringa en la televisión, ya le había agarrado la onda a varias de ellas y hubiera podido proponer un guión más o menos decoroso.

Por ejemplo, para Dr. House, mi idea iba más o menos así:

Llega un paciente al hospital aquejado de un catarro. House, por supuesto, no le cree y ordena una biopsia. Los varios aspirantes-achichincles se disputan el honor de practicarla y gana el que consigue un kotex usado de Cuddy. Los resultados del examen prueban que el paciente tiene cáncer terminal y que le quedan 72 horas de vida. Foreman refuta los resultados, Cameron los confirma, Chase no sabe qué hacer y Wilson le aconseja a House que invite a cenar a Cuddy pues la junta directiva del hospital está planeando despedirlo, pese a su elevado rating. El paciente sufre una crisis anafiláctica, con lo que descartan el cáncer y diagnostican una reacción alérgica. Cinco minutos antes de que termine el programa, House se da cuenta de que todos los problemas del paciente fueron causados por un hueso de pollo atravesado en la garganta y se lo extrae dándole un coscorrón en la cabeza.

Pues la idea ahí está, por si alguien lector con más tiempo y talento que su servilleta quiere desarrollarla. Por mi parte, estoy pensando seriamente en la posibilidad de declararme en huelga de televisión, en solidaridad con el coleguerío gringo. Mi plan es dejar de ver televisión durante tres meses, a ver si con eso basta para recuperar las neuronas perdidas y hacer algo más productivo con mi tiempo. Y, ¿por qué no?, quizá llegue a pergeñar notas más decentitas para este sufrido bloc.

01 enero, 2008

Propósitos de año nuevo

Esta vez me hice el propósito de no hacer propósitos de año nuevo, aunque esto me colocó en una paradoja: ¿acaso no es un propósito también el proponerme no hacerlos? Como fuera, no quise meterme a averiguar. Un detenido vistazo a los propósitos de años anteriores me reveló la futilidad de hacerlos. Juzgue el paciente lector por sí mismo.

Propósitos de 1997


  1. Conseguir una beca para estudiar inglés en Londres

  2. Meterme a un gimnasio y bajar 10 kilos de peso

  3. Dejar de fumar

  4. Encontrar un empleo en el que me paguen más

  5. Ser un buen esposo para María y dejar de ver a Juana

  6. Escribir en mi diario por lo menos tres veces a la semana





Propósitos de 2002


  1. Meterme a estudiar inglés en el Harmon Hall

  2. Conseguir el video de Jane Fonda y bajar 20 kilos de peso

  3. Dejar de fumar

  4. Encontrar un segundo empleo

  5. Pagarle puntualmente la pensión a María

  6. Escribir en mi diario una vez a la semana



Propósitos de 2005


  1. Comprar el Mundo de inglés de Disney

  2. Ir al médico para que me ayude a bajar por lo menos 30 kilos de peso

  3. Dejar de fumar

  4. Conservar mi empleo

  5. Ser un buen esposo para Juana y dejar de ver a Marta

  6. No descuidar mi blog



Propósitos de 2007

  1. Ir a terapia para aprender a aceptarme tal como soy

16 diciembre, 2007

Continuidad de la memoria

Aproveché este fin de semana que estuvo en la Ciudad de México para hacer un recorrido por la colonia Condesa, a la que llegué a vivir hace cuarenta años. A pesar de los cambios operados en el tiempo, todavía encontré muchos de los lugares que marcaron una larga época de mi vida.



Los tacos orientales, con más calidad que fama, esta taquería, precursora de los tacos al pastor, está ahí desde que tengo memoria.





La iglesia de la Coronación, donde se casaron mis padres hace más de sesenta y cuatro años.




La biblioteca del parque México, aunque remozada, es la misma donde me iba a estudiar cuando estaba en secundaria.




Las arcadas del parque México, antes cubiertas de hierbas y ramas, ahora pueden lucir mondas su estilo art déco.




La fuente del parque México, imprescindible en cualquier recorrido de la nostalgia.




El Sep's, establecimiento veterano en la ahora Fondesa, el mejor lugar para comer chamorro de cerdo al vapor.




El cine Lido, convertido ahora en el Centro Cultural Bella Época.




Yautepec 107, mi primera dirección en la Condesa.




Pachuca 165, Macondo para mi familia, toda la cual vivió ahí en un momento u otro de su vida, en alguno de sus tres pisos e incluso en la planta baja.

30 noviembre, 2007

Explicación no pedida

El autor estuvo ausente de estas páginas todo el mes de noviembre, ocupado en su empeño de llegar a la meta del novelatón organizado en un sitio Web. Eso le impidió pronunciarse acerca de algunos jugosos acontecimientos de estos días, desde el escándalo del Arca de Zoé, que por lo menos revela la mentalidad colonialista que sigue privando en ciertos países civilizados, hasta el “¿Por qué no te callas?” de un monarca peninsular contra un dictador caribeño, cuyo análisis constituye un acto de equilibrismo, pues el autor no quisiera dar la impresión de que defiende a un dictador majadero si se pone a criticar al rey, pero tampoco aprueba la altanería de un rey que pierde los estribos ante la impertinencia de quien sigue considerado como “súbdito”.

El Mussolini venezolano, claro, da para mucho más y la prensa extranjera seguramente está agradecida de su existencia, pues cada vez que salta a la palestra su batracia figura hace correr los proverbiales ríos de tinta. Su más reciente aparición en los titulares fue con motivo de haber sido rescindidos sus servicios de mediador ante los guerrilleros colombianos, con quienes pretendía llegar a un acuerdo que permitiera la liberación de los casi cincuenta rehenes capturados por las FARC. Por considerar que se había saltado las trancas y le había dado legitimidad política a los guerrileros (denominados ahora terroristas para agradar al patrón en Washington), el presidente colombiano, Álvaro Uribe, consideró preferible prescindir de los buenos oficios del desbocado mediador.

A pocos días de que se realice en Venezuela un referendo cuya aprobación convertiría a ese país en socialista (¿Socialista, dijo? ¿No se llamaban así también las desaparecidas repúblicas del inviable bloque soviético?), el éxito de la mediación chavista hubiera sido un espaldarazo a su política y un buen empujón en las urnas. Pero ahora el tenebroso inquilino del palacio de Miraflores tratará de sacar ventaja de su infructuosa gestión y la cubetada de agua fría que le lanzó Uribe ahora será aprovechada para tener un enemigo designado que galvanice el nacionalismo venezolano en torno a su persona.

En todo caso, el autor admite que su capacidad de análisis está rebasada por la siguiente pregunta: Si el presidente Hugo Chávez ha podido mantenerse gracias a que reparte generoso los ingresos petroleros, que desde hace tiempo son substanciales debido al elevado precio del barril, ¿qué ha hecho el gobierno mexicano con esos ingresos adicionales?

26 octubre, 2007

Aviso promocional

Después de un breve descanso, volví a entrarle al taller de Metatextos, del cual realicé sólo el primer ejercicio, un texto sobre vampiros. Para el segundo ejercicio había que inspirarse en una imagen. Me clavé en su contemplación durante varios días sin que se me ocurriera nada. De pronto me di cuenta de que se me había pasado la fecha de entrega y ya ni modo. Para el tercero había que escribir un relato erótico desde el punto de vista del sexo opuesto. No pasé de la primera frase, aunque más o menos tenía desarrollada la idea. Para el cuarto ejercicio nos dieron una lista de 19 palabras, de las cuales había que usar nueve en un relato de tema libre. Ahí lo que me faltó fue el desarrollo y no logré llegar a un final que me convenciera. E igual, se llegó la fecha de entrega sin que hubiera podido terminarlo. El ejercicio de esta semana es sobre la lectura, tema que en realidad no me costó mucho trabajo.

Y ya encarrerado en esto de la tecleada a destajo, también le entré a un programa del Mes nacional de escritura de novelas (sic), en el que los participantes se comprometen a escupir sobre el papel 50,000 palabras en el curso del mes de noviembre. ¿Qué tal? Medio absurdo, ¿no? Muy gringo, en todo caso, volcado por entero en la cantidad. No andan tan errados los organizadores, sin embargo, pues lo que uno produzca en ese tiempo puede servir de base para algo más pulido. Sirve, en todo caso, para sacarse de la cabeza la idea de escribir una novela, esa mariposa que nos revolotea adentro del cráneo con un tema que queremos plasmar en blanco y negro. En lo personal, desde hace varios años traigo metidos dos o tres de esos gusanitos y espero que ésta sea la ocasión de librarme de uno de ellos.

Bueno, pero además de servir de anuncio, esta nota quiere ser invitación, exhortación y conminación a que visiten el sitio de Metatextos y participen en él. Por ahí nos estaremos leyendo.

23 octubre, 2007

Yo vencí la bipolaridad

Ya no fluctúo entre la euforia y la depresión. Tras mucho esfuerzo y dedicación, ahora también paso por etapas de extremo encabronamiento. Señoras y señores, ya alcancé la tripolaridad.

14 octubre, 2007

Mis Cien años de soledad

Leí Cien años de soledad hace cuarenta años, a fines de 1967, pocos meses después de su publicación (mayo de 1967). El libro llegó a la casa por mi hermano mayor con quien, lamento decirlo, nunca me llevé muy bien. La situación era que simplemente me tenía prohibido tomar “sus” cosas. Así, tuve que leer la novela a escondidas, aprovechando sus numerosas y prolongadas salidas. Meses después, cuando él ya se había ido a vivir a Alemania, mi madre compró el libro y así, pude volverlo a leer “públicamente”.

Muchos años más tarde, ya casado, volví a comprar el libro para leerlo de nuevo. No sé qué maldición tuviera, pero el caso es que, una vez leído, el ejemplar —todavía de la Editorial Sudamericana, con la ya clásica portada de Vicente Rojo— se me desapareció. Para entonces tenía casi toda la obra de García Márquez, una recopilación de sus primeros textos periodísticos, sus cuentos y sus novelas, excepto Cien años de soledad que, terca, insistía en desaparecer de mis libreros.

Hace algún tiempo empezó a desvanecerse en mí el espíritu de coleccionista de libros, por lo que dejé de lamentar no haber conservado una novela que ya había leído varias veces. Pero no perdí, por fortuna, el gusanito de leer, así que hace unas semanas, en una ida al DF y la imprescindible visita a la librería del Fondo que reemplazó al Cine Lido, volví a comprarlo, esta vez en una “edición conmemorativa” a cargo de las academias de la lengua, con prólogos y estudios a cargo de célebres plumas (Álvaro Mutis, Carlos Fuentes, Mario Vargas Llosa, entre otros) y el texto revisado nada menos que por el mismo García Márquez. En fin, se trata de una edición que podríamos llamar “definitiva”, extirpada de toda errata y que trata de estar a la altura del genio literario de Gabo quien, por cierto, cumplió ochenta años el 6 de marzo de 2007, mismo día en que se acabó de imprimir esta cuidadísima edición, según informa el colofón.




Tenía en mis manos, pues, una edición de primera de una novela maravillosa. Confieso que no leí todos los prólogos, sólo el de Mutis, que tuvo la cortesía de hacerlo brevísimo, y ya encarrerado, el también corto de Fuentes, que me convenció de la idea que ya tenía de él: el señor no sabe conjugar verbos más que en primera persona y no desperdicia ocasión para soltar el nombre de las celebridades con que se ha codeado. Después de leerlo, me quedó la impresión de que Cien años de soledad no hubiera existido de no ser por él.

En fin, decidí dejar demás prólogos y demás estudios para después de leer la obra en sí. En los seis cursos de redacción periodística que llevé en la carrera siempre se nos insistió en la importancia de la “entrada”. Ésta, se nos decía, es lo que “jala” al lector a leer la nota completa. Y ya en la práctica del oficio pude comprobar la pertinencia de esa recomendación. A la hora de redactar una nota, lo más importante era por dónde la íbamos a tomar, es decir, qué entrada le íbamos a poner. Creo que lo mismo vale para las novelas o, al menos, para la obra de García Márquez, curtido en la práctica periodística. Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Esa frase, al igual que En un lugar de La Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme..., siempre ha merecido un lugar especial en el batiburrillo que tengo por memoria.

Así pues, me sumergí en el mundo de Macondo. Volví a vivir el entusiasmo de José Arcadio Buendía por los secretos de la ciencia de Melquíades, a sufrir los desengaños amorosos de Amaranta y a emborucarme con la complicada genealogía de los Buendía.

Creo que no hay necesidad de justificar el tiempo dedicado a los clásicos. Cada lectura de un buen libro nos ofrece algo nuevo. Si es cierto que el lector colabora en la creación de la obra, es fácil entender que no hacemos la misma lectura a los 14 años que a los 54. Y Cien años de soledad ciertamente merece más que una sola lectura.

10 octubre, 2007

Diálogos con los muertos

Tenía tiempo de no ver a mi primo Ramiro y el otro día me topé con él en la calle. Traía aire de conspirador que quiere soltar la sopa, así que nos fuimos a una cantina para que pudiera desahogarse a gusto.

—Ni te imaginas en lo que ando— me dijo después de darle el primer trago a su cuba—. Estamos a punto de hacer contacto con los espíritus.

No quiero presumir de psíquico, pero ya la había visto venir. Si alguno de mis conocidos era capaz de meterse en un grupo espiritista (“espiritualista”, según insistía Ramiro), era él precisamente. Su carácter melancólico y su mirada gacha son presa fácil de charlatanes de cualquier calaña. Él ya había militado en las filas de toda clase de grupos, desde cabalistas hasta cristianos fundamentalistas, si bien había evitado cuidadosamente los de corte orientalista, aduciendo que la disciplina “iba contra su naturaleza”. Con todo, no le duraba mucho el entusiasmo: tres o cuatro meses bastaban para que abandonara la secta en cuestión, acusando a maestros, guías iluminados y a uno que otro “hermano” sectario de querer manipularlo para sacarle dinero.

—¿Y cuánto te cobran por hablar con los muertos?—, le pregunté, recordando el inevitable aspecto pecunario de esos grupos.

—Todo es por cooperación voluntaria—, respondió en seguida, aunque por el movimiento de sus labios y su cara de preocupación me pude dar cuenta de que estaba haciendo sumas mentales—. Mira, lo que pasa es que mi sueño siempre ha sido hablar con los espíritus.

Ya había oído esa misma frase, aplicada a diversos complementos: realizar la gran obra, cuando se metió a un grupo de alquimia, descifrar las estrellas cuando estudiaba astrología o simplemente serenar la mente y encontrarse a sí mismo cuando le dio por practicar una exótica variante de la meditación.

No pude dejar de preguntarme si a mí me interesaría hablar con algún muerto. Claro, a primera vista, puede parecer tentador comunicarnos con nuestros difuntos, en busca de respuestas a las cuestiones que nos angustian en la vida. Pero viéndolo bien, ¿es que las personas, por el simple hecho de morirse adquieren una sabiduría extraordinaria que les permita responder a todo tipo de preguntas?

Pienso, por ejemplo, en mi padre. Él tiene cuarenta años de haber muerto y, de poder hablar con él, supongo que estaría bastante desconcertado al ver todos los cambios que se han operado durante su ausencia de este mundo. Más bien yo tendría que explicarle a él muchas cosas para ponerlo al corriente de todo lo que ha pasado en este tiempo.

¿Qué podríamos preguntarle a un muerto para que nos diera una respuesta de valor? ¿Dónde estás? Vaya, ésa sería una pregunta ociosa, pues si estamos hablando con él, es obvio que sigue por aquí, penando en el inframundo, esperando que algún ocioso lo convoque para platicar con él. Y ahí está el meollo: la mayoría de la gente tiene la creencia de que al morir, la persona se va a otro lugar, el cielo, el paraíso, el infierno, qué se yo. O que reencarna en un recién nacido, que se va a otra dimensión o plano de existencia. ¿Con quién hablan los espiritistas?

Llámenme desconfiado, pero me imagino que esa comunicación con los difuntos es muy similar a los chats de Internet. Está uno todo conmovido, platicando con quien dice ser la novia que se nos murió dos semanas antes de la boda, pero resulta que en verdad es un espíritu chocarrero que está muerto de risa engañándonos.

En fin, cuando me di cuenta de que por estar sumido en mis reflexiones no había escuchado nada de lo que me había estado diciendo Ramiro, le propuse que cambiáramos el tema y pidiéramos un cubilete para dejar a los muertos en paz. A la hora de hacer cuentas y ver lo que había perdido, mi primo me prometió que luego me pagaría todo, consumo incluido, pues no quería quedarse sin el dinero de su cooperación “voluntaria” en la sesión de esa noche.

29 septiembre, 2007

Jeremías

No haber hollado, como muchos de mi sangre, las tierras del exilio. Ser sólo el que estudia los idiomas.

24 agosto, 2007

¿Me saben algo?

¿O me hablan al tiro?


Es decir, ¿por qué recibo estos mensajes?

22 agosto, 2007

El destino de Emergencia

Dada la singularidad de su nombre, mi sobrina Emergencia siempre pensó que su destino era ser enfermera. ¿Qué otra cosa podría hacer en esta vida, más que serle fiel a su nombre, seguramente impuesto por una voluntad muy superior a la suya? Sobre todo en la siempre difícil decisión de elegir carrera, uno siempre busca apoyos, señales en el cielo o en la Tierra, ejemplos en la familia o en el exterior, a falta de una verdadera orientación vocacional que nos ayude a encontrar nuestra lugar productivo en la sociedad.

Fue hasta después de haberse inscrito en la carrera cuando ella se enteró del origen de su nombre. Lo que ella pensaba que era una señal divina resultó ser una apuesta perdida por mi primo Ramiro, su padre. Él le apostó a un compadre que ganaría el Cruz Azul, equipo en el que tenía volcados todos sus fervores. Y la apuesta consistía en que el ganador elegiría el nombre que llevaría el vástago del perdedor, ya que en ese tiempo, tanto Ramiro como su compadre estaban por ser padres por primera vez. Después del fatal domingo en el que perdiera el Cruz Azul, los dos se reunieron en la cantina donde, al momento de elegir el nombre, el compadre lo primero que vio fue la salida de emergencia.

Pese a haberse enterado del poco digno origen de su nombre, Emergencia estaba empeñada en que de todos modos era cosa del destino y no podía ignorar ese mensaje.

—El destino actúa de maneras a veces caprichosas pero, de todos modos, no podemos escapar a sus designios—, me dijo en una ocasión—. ¿Qué tenemos más propio que nuestro nombre? En él se resume toda nuestra vida. Ahí tienes el caso de Rob Zombie... con ese nombre, ¿qué otra cosa podía hacer sino dirigir películas de horror y ser metalero? Entonces, si yo me llamo Emergencia, por una apuesta de cantina o por cualquier otra razón, mi llamado está por ahí, y la enfermería es mi destino.

La vi tan convencida y entusiasmada que no tuve corazón para decirle que el verdadero nombre de Rob Zombie es Robert Cummings. A fin de cuentas, ¿quién soy yo para interferir con los designios superiores?

07 agosto, 2007

Discusiones de cantina

Mi primo Ramiro terminó de leer El código Da Vinci, tarea que le llevó siete meses porque, dijo, “tenía que detenerme a investigar muchas de las cosas que vienen ahí”. El ahora autoproclamado experto en Leonardo, sin embargo, no supo explicarme si el genio renacentista hablaba inglés, idioma en el que está la dichosa palabra en la que se resume el misterio de la novela.

Ese detalle, como sabemos, es pecata minuta al lado de las tergiversaciones y desinformaciones con las que está plagada la obra de Dan Brown.

—Es que no sabemos si todo lo que dice es ficción— me dijo bajando la voz y mirando desconfiado a los lados para asegurarse de que nadie lo oía. Era muy improbable que alguien nos oyera, pues en la cantina donde estábamos comiendo reinaban el ruido de la televisión y los gritos de los demás parroquianos. Tengo que agregar, para redondear la imagen, que Ramiro es fan del canal Infinito y no es seguidor de Mausán sólo porque, para él, “tiene cara de que le apesta la boca”, rasgo imperdonable para mi primo, que es dentista.

—¿Como qué cosa crees que podría ser verdad de todo lo que dice en la novela?— le pregunté a mi vez, nomás para picarlo, pues desde hace varios meses Ramiro no tiene más tema de conversación que las conspiraciones de las sociedades secretas, los misterios de los templarios y demás materias relacionadas que busca con avidez en Internet entre muela y muela.

No tengo paciencia para repetir aquí toda su disertación sobre el Priorato de Sion, pues la mera verdad, perdí el interés cuando iba a media lista de los personajes famosos que supuestamente pertenecieron a dicho grupo. ¿Por qué será que todas las personalidades destacadas de la historia necesariamente tienen que ser miembros de alguna sociedad secreta? No niego que éstas existan, claro: su existencia y sus acciones están bien documentadas y, además, no faltarían chiflados que las crearan en caso de que no las hubiera.

En fin, Ramiro alegaba en su defensa que de ningún modo estaba obsesionado con la idea de las conspiraciones y las sociedades secretas, pero que, al menos, tenía “la flexibilidad mental para no rechazarlas como posibilidad”. Entendí que no sólo me estaba llamando dogmático, sino que además se acababa de adornar como persona de mente abierta.

—Por andar con la mente tan abierta,— le advertí— se te va a vaciar el celebro por el colodrillo.

Ramiro ya no quiso seguir discutiendo. Se arropó en el manto de la trascendencia y decretó que, a fin de cuentas, no importaba que El código Da Vinci estuviera plagado de patrañas.

—Lo verdaderamente importante es estar abierto a cualquier posibilidad—, sentenció.

Pero ésa era precisamente la base de todo mi alegato: si creemos que la historia mundial ha estado regida desde tiempos inmemoriales por sociedades secretas, bien podemos aceptar que, a nuestra escala, nuestra vida está dominada por fuerzas misteriosas. Y eso no sólo es abdicar de la responsabilidad de regir nuestro destino, sino que nos inclina a tomar por ciertas (o al menos posibles) las declaraciones más infundamentadas: que la Tierra es el centro del Universo, que los viajes a la Luna han sido una farsa, que el asesino de Colosio fue un loco solitario o que Calderón ganó por las buenas la presidencia de México.

25 abril, 2007

Y la vida sigue

El tiempo no cura el dolor; sólo lo embota. El dolor nunca desaparece y si nos es posible seguir viviendo después de experimentarlo, es sólo porque nos acostumbramos a su presencia, no porque lo hayamos superado ni olvidado.

Un día despertamos, vemos el jardín soleado, regamos el pasto, vemos los insectos en los arbustos y comprendemos que la vida ha seguido su marcha, muy a pesar de nuestro dolor. Una muerte no detiene al mundo, por más que haya vaciado nuestra vida de una parte importante.

Cada muerte nos empequeñece: nos priva de la faceta que le presentábamos a la persona desaparecida. Tenemos aspectos que sólo compartimos con determinadas personas... y no es que seamos veleidosos ni inconstantes. Simplemente es que cada persona es diferente y, por tanto, actuamos de una manera específica con cada una. Eso es lo que perdemos al desaparecer esa persona de nuestra vida.

No hay consuelo para el dolor. No hay palabras de aliento que lo mitiguen, no hay sabiduría que nos ayude a comprenderlo. Primero, porque la muerte es incomprensible casi por definición. Llega un momento en que el cuerpo se niega a seguir funcionando y desfallece. La ciencia médica habla de tumores y metástasis, de ganglios y fallas renales, de insuficiencias respiratorias, con términos tomados del latín y el griego que para el doliente sólo tienen una única traducción: "Se murió la persona que yo amaba y no la volveré a ver riendo y disfrutando de la vida."

Y en segundo lugar, el deudo no quiere consuelo, no quiere olvidar su dolor. De pie ante un cadáver, le parece una traición a su memoria pensar que llegará el día en que lo abandone ese dolor. No es masoquismo ni ganas de enterrarse junto con sus muertos. Es respeto por el único sentimiento que en esos momentos es capaz de albergar.

El tiempo no cura, sólo alivia, adormece, insensibiliza. Pasa el tiempo y nos sentimos capaces de seguir con la vida. Pero de vez en cuando habrá momentos en que, embotado el recuerdo de la muerte, nos asalta el deseo de tomar el teléfono para hablarle y comentarle la película que acabamos de ver y que sabemos que ella también habría disfrutado. Los timbrazos sin respuesta nos devuelven a la realidad y el corazón vuelve a sangrar en lágrimas.