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17 junio, 2008

Reglas de caballeros

Todo juego nos devuelve a la infancia, a esa época de nuestra vida en la que predomina el espíritu lúdico (¿natural?) del hombre. Al jugar cambiamos de identidad: una escoba nos convierte en vaqueros, la mano empuñada con el índice extendido, en policías, un juego de video en prácticamente cualquier cosa que nos presente la pantalla.

El juego es algo que debe tomarse en serio. Aunque nosotros mismos pongamos las reglas (“La coladera es la portería”), una vez establecidas éstas, son tan inviolables como las consagradas en la constitución. Todo intento de violar las reglas es visto con desagrado por los demás, pues atenta contra la naturaleza misma del juego. Saber jugar es saber seguir las reglas.

Sobra decir que los juegos más populares son los que tienen las reglas más sencillas y los que requieren menos avíos. Una superficie medianamente plana, cualquier objeto redondo y un número de jugadores repartidos más o menos equitativamente en dos equipos nos permite echar una cascarita de fucho. La misma superficie, dividida en dos por una red, complementada por un par de raquetas y una pelota, se presta para jugar tenis. ¿Alguien dijo tenis?

Jugar tenis exige de un alto grado de caballerosidad. Si uno está raqueteando con los cuates, no sólo debe desempeñarse como jugador, sino también como juez, a veces en contra de sus propios intereses. Sí, no falta quien alegue falsamente que su devolución picó en la línea o que el servicio del otro cayó fuera; pero esa actitud acaba apartándolo de los demás, que prefieren jugar con quienes no tengan problemas para aceptar los errores propios y los aciertos ajenos o, al menos, que tengan la generosidad necesaria para repetir un punto dudoso.

Claro, en los torneos siempre está el juez, cuyo veredicto es inapelable, por más que el jugador sienta que se están pisoteando sus intereses económicos (perder un punto puede significar perder varios cientos de miles de dólares) y su reputación de buen tenista. En algunos torneos se cuenta con avanzados equipos tecnológicos que permiten reproducir la trayectoria de la pelota y precisar sin lugar a dudas si la bola cayó dentro o fuera.

Pero que la bola caiga afuera no es el único caso. Como vemos en el ejemplo siguiente, un punto puede anularse en caso de que haya otra pelota en la cancha (regla 23): el juez de silla canta “let” y el punto se repite.



Claro, que Maria Shaparova exclame “Are you fucking kidding me?”, cuando el juez decide anular el punto que acababa de perder su rival, es algo que no está contemplado en el reglamento, sino más bien en las reglas de etiqueta. En fin, con todo y la amonestada, la Sharapova le ganó a la francesa Camille Pin en el abierto de Australia de 2007. Y, caballerosidad o no, hay que reconocer que soltar de vez en cuando una interjección de ese tamaño es de gran beneficio para el espíritu.

15 abril, 2008

No me toleres, compadre

La tolerancia siempre se ejerce desde una posición de superioridad, y eso es lo que le confiere su estatuto de buenaondez. El tolerado tiene algún defecto, alguna característica aborrecible, o por lo menos un rasgo calificable de malo, y el tolerante, en ejercicio de su tolerancia, en función de su buenaondez, lo puede pasar por alto, se hace de la vista gorda. "Sí, ya sé que eres así o asado, pero yo soy mejor que tú y no me importa: te tolero."

El tolerante tolera a gais, negros, judíos, argentinos, pobres y nacos; tolera a los idiotas que se le cruzan en su camino, a los impertinentes que le preguntan la hora en la calle, al vecino confianzudo que se atreve a darle los buenos días cuando lo ve en la mañana, al bebé de su novia cuando le vomita encima y a su abuela sorda que no entiende las telenovelas.

Ser tolerante es lo de hoy: es ser políticamente correcto. Lejos están los días en que linchaban a los negros, metían a la cárcel a los gais, expulsaban a judíos en los pogromos y les aplicaban el 33 a los argentinos. No, no, el tolerante actual debe tener un amigo (o por lo menos un contacto en su MSN) dentro de alguno de esos grupos. Los más acendrados, claro, son aquellos que pueden decir: "Yo soy muy tolerante; mi mejor amigo es fulano de tal, que ya ves que es... [inserte aquí nombre de grupo desdeñado]"

20 febrero, 2008

Eclipse

Castro renuncia, Musharraf pierde las elecciones, Putin se prepara para pasar de presidente a primer ministro, Obama adelanta en la carrera demócrata a la Casa Blanca... y hoy hubo un eclipse lunar.



El próximo eclipse será a finales de 2010, cuando Fidel Castro seguramente ya habrá desaparecido del todo de la escena cubana, cuando Pervez Musharraf sea un capítulo cerrado en la historia paquistaní, cuando Vladimir Vladimirovich Putin haya demostrado que no tenía intenciones de soltarle el poder al presidente ruso Dmitri Medvedev y cuando Barack Obama... bueno, de Obama es imposible hacer predicción alguna.

Pero los eclipses van a seguir ocurriendo con una regularidad que permite predecirlos, a diferencia de los imprevisibles sucesos terrestres. Quizá por eso sea más reconfortante alzar la vista al cielo y deleitarse con el espectáculo de la Luna enrojecida (figura 1.) que andar tristeando acá en la Tierra.