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20 junio, 2008

El poder del vampiro

La guerra contra las drogas es una guerra perdida. Y lo seguirá siendo mientras no se aborde el problema de los estupefacientes en su doble dimensión: como fenómeno de un mercado ilegal y como síntoma de descomposición de las sociedades.

Hasta ahora, los esfuerzos de todos los países se han dirigido a combatir el tráfico de drogas. Pero, como cualquier otro fenómeno comercial, el narcotráfico, por muy ilegal que se pretenda, por muy proscrito que se le quiera y por muy anatemizado que se le considere, cumple puntualmente con las leyes del mercado y éste, en tanto que rector de nuestro mundo globalizado, no permite su erradicación.

El tráfico de drogas es uno de los negocios más lucrativos del planeta, quizá el mejor después de la industria de las armas y de las medicinas. ¿Por qué se quiere combatir a una industria que produce miles de millones de dólares al año, que da empleo a cientos de miles de personas y que, finalmente, distribuye un producto que es reclamado por millones de consumidores?

Vistos los magros resultados de campañas publicitarias —"Di no a las drogas", como se calcó en México el "Just Say No" de Nancy Reagan—, de institutos y agencias para combatir a los narcotraficantes —el Instituto Nacional para el Combate a las Drogas y la Dirección Estadunidense Antinarcóticos—, visto el fracaso de civiles y militares, la respuesta a la anterior pregunta es que en realidad nadie quiere combatir al narcotráfico.

El narcotráfico es como los vampiros: su gran poder es que nadie cree en ellos hasta que cae víctima de su seducción. Cualquier alusión a la corrupción que produce es desechada por mendaz y descartada como atentado a las instituciones, como agravio a la Patria, como ataque doloso de los eternos enemigos.

Con las enormes ganancias que produce la venta de drogas, no es difícil imaginar cuál es su poder de seducción. El narcotráfico compra conciencias, acalla escrúpulos, establece lealtades, impone silencios y acaba dictando su voluntad desde las sombras. Nadie que se le acerque regresará impoluto.

Pero está la otra cara de las drogas: su carácter de síntoma de descomposición de una sociedad, de refugio de desesperados, de cloaca, estaríamos tentados de decir, en donde se vierten y conjugan las desilusiones y frustraciones de sectores cada vez más amplios, cada vez más diversificados.

Si el mercado globalizado impone sus reglas y no permite la erradicación del tráfico de drogas, la ideología que conlleva también permite —cuando no exalta— su consumo. La ganancia rápida y fácil que se persigue en el mercado se traduce en el placer instantáneo y efímero que se disfruta con las drogas.

El narcotráfico y toda su cultura están entretejidos íntimamente en la sociedad de consumo, en la ideología del mercado, en la mentalidad del "que no transa no avanza", en la falta de perspectivas en este nuevo milenio, en la noción de que ya terminó la historia y no hay nada que hacer. Esa es la red que nos tiende el vampiro y que amenaza con infectarnos a todos.

05 junio, 2008

Relaciones interpersonales en los tiempos tecnológicos

Todo mundo sabe y dice que hay que cultivar las relaciones humanas; que no hay que dejarlas morir de olvido, hay que nutrirlas y cuidarlas como cualquier planta. Eso está muy bien. Pero en este mundo matraca en que nos tocó vivir, ese cultivo se complica al grado de volverse (casi) imposible. Ya que las distancias y la falta de tiempo son de los principales obstáculos para fomentar las relaciones personales, uno pensaría que el teléfono vendría a remediar eso y que, por lo menos podríamos reforzar los lazos con ese recurso. Los siguientes ejemplos ilustran hasta qué punto estábamos engañados.

Un ejemplo extraído de la vida real: estoy hablando por teléfono con un amigo, platicando ligeramente sólo por conversar, por nutrir esa amistad. De pronto, él me dice que me espere, pues le está entrando otra llamada. Se oyen los ruidos característicos de los botones del teléfono al ser oprimidos y luego, el tono de marcar. Hasta ahí llegó la llamada. El zonzo no supo qué botón apachurrar para ponerme en espera y me cortó. Le vuelvo a llamar y él se deshace en disculpas, claro, echándole la culpa al aparato que, por lo visto, es de una complicación que supera sus capacidades técnicas, pese a que él es ingeniero y se dedica a la computación. Nada vale con estos inventos del demonio.

Segundo ejemplo, también sacado de la vida real. Voy en el coche con mi hijo, hablando de planes, sueños y demás temas profundos. Me siento inspirado y estoy a punto de soltar una de esas frases que son capaces de cambiar el curso de la historia cuando, en eso, suena su teléfono celular. Él se limita a levantar el índice para ordenarme silencio, a llevarse el aparato a la oreja, a agachar la cabeza, como si eso le diera la privacidad necesaria para hablar con el inoportuno telefonista, y se clava en una cháchara de varios minutos, de cuya naturaleza mi natural discreción me impide enterarme. Nuestra conversación de corazón a corazón, naturalmente, valió gorro.

Último ejemplo para no cansar al agobiado lector. Marco el número de mi hermana y, tras sonar varias veces, me contesta la grabadora. Una voz en inglés me pide que deje un mensaje. No me sorprende: recuerdo haber oído a mi hermana contar que compró su aparato en la fayuca y que, por más intentos que ha hecho, no ha podido cambiar el saludo que viene de fábrica. Me felicito mentalmente por haber comprado Inglés para todos, pues así puedo entender que, después del tono, debo dejar mi recado. Es en vano. Días después, cuando me encuentro a mi hermana en casa de mi madre y le comento que le he estado dejando recados en su contestadora sin recibir ninguna respuesta, ella me confiesa que aún no ha averiguado cómo escuchar los mensajes; se hace bolas, dice, con los 27 botones de la máquina y lo único que ha logrado hasta la fecha es borrarlos con la tecla que ella supone que sirve para reproducirlos.

No soy luddita ni reniego de los avances tecnológicos. Todo lo contrario: si alguien me asegura que me estuvo llamando y el identificador de llamadas no reporta ninguna, dudo más de las palabras de mi interlocutor que de la capacidad de mi aparato. La tenebrosa zozobra que me invade, pues, es que lejos de ser inepta con las nuevas tecnologías, la gente las pone de pretexto para eludir sus compromisos sociales.

15 abril, 2008

No me toleres, compadre

La tolerancia siempre se ejerce desde una posición de superioridad, y eso es lo que le confiere su estatuto de buenaondez. El tolerado tiene algún defecto, alguna característica aborrecible, o por lo menos un rasgo calificable de malo, y el tolerante, en ejercicio de su tolerancia, en función de su buenaondez, lo puede pasar por alto, se hace de la vista gorda. "Sí, ya sé que eres así o asado, pero yo soy mejor que tú y no me importa: te tolero."

El tolerante tolera a gais, negros, judíos, argentinos, pobres y nacos; tolera a los idiotas que se le cruzan en su camino, a los impertinentes que le preguntan la hora en la calle, al vecino confianzudo que se atreve a darle los buenos días cuando lo ve en la mañana, al bebé de su novia cuando le vomita encima y a su abuela sorda que no entiende las telenovelas.

Ser tolerante es lo de hoy: es ser políticamente correcto. Lejos están los días en que linchaban a los negros, metían a la cárcel a los gais, expulsaban a judíos en los pogromos y les aplicaban el 33 a los argentinos. No, no, el tolerante actual debe tener un amigo (o por lo menos un contacto en su MSN) dentro de alguno de esos grupos. Los más acendrados, claro, son aquellos que pueden decir: "Yo soy muy tolerante; mi mejor amigo es fulano de tal, que ya ves que es... [inserte aquí nombre de grupo desdeñado]"

06 abril, 2008

Diálogo en el siglo XXI

—No te ofendas; ni siquiera sabes lo que significa gaznápiro.

—No es lo que me dijiste, sino el tono.

—¿Cuál tono si nos estamos mensajeando?

—Como sea, me sonó a pendejo. En todo caso, es lo que yo te hubiera dicho.

28 marzo, 2008

La fama que me tienes prometida

Quien se queje por no haber tenido los quince minutos de fama que le prometiera Andy Warhol a todo el mundo, es porque no conoce YouTube, no tiene acceso a él por vivir en un país autoritario como China, o no se le ocurre nada qué decir, ni siquiera para grabar un video de 20 segundos con su teléfono celular.

Desde el niño que se caía al agua y Coyoacán Joe, hasta la LonelyGirl115, pasando por los candidatos a la presidencia de Estados Unidos, cualquiera puede tener su momento de gloria bajo las candilejas. Y todo aquel que no pueda ser visto, admirado y comentado en YouTube simplemente no existe. Berkeley dijo que "ser es ser percibido". Pero si hubiera vivido en nuestro siglo XXI, habría matizado: "ser es ser percibido en YouTube".

Así lo entendió monseñor Dionigio Tettamanzi, obispo de Milán, y ya abrió su canal en YouTube para dictar sus homilías desde el ciberespacio.



¿Tiene algo de raro? Sólo sorprende ver a una institución tan arcaica como la iglesia católica incursionar en un medio tan moderno como lo es el video por Internet.

01 marzo, 2008

Boleto de regreso

Nos pasamos la vida tratando de desentrañarle el sentido a nuestro paso por la Tierra y, cuando más o menos creíamos que teníamos resuelto el misterio, el árbitro nos silba, nos enseña la tarjeta roja y nos saca del juego, dizque por haber violado alguna obscura regla: le entramos muy recio al chicharrón y a las cervezas y nos dio un infarto; olvidamos que no había que mezclar el Viagra con el alcohol y nos quedamos tiesos en el lecho del amor; no nos fijamos a la hora de cruzar la calle y nos aplastó un camión; nunca leímos los periódicos, nos fuimos a pasear a Acapulco y acabamos en medio de un tiroteo de narcos. Si bien este mundo sólo tiene una puerta de entrada, sus salidas son innumerables.

Yo crecí en un mundo muy diferente al actual y una de las diferencias más evidentes es que las cosas tenían nombre, no marca. Por ejemplo, usábamos pantalones, no Levi's ni Dockers; andábamos en coche, no en Pontiacs ni Jettas; y usábamos zapatos, no Adidas ni Nike (por lo demás, recuerdo que en la primaria nos tenían prohibido ir de tenis, salvo los días que teníamos clase de educación física, así que nuestras opciones se reducían a los zapatos Canadá).

Sí, ya desde entonces se le llamaba "pan bimbo" a todo pan de caja y no era infrecuente oír en la tienda que alguien pidiera un "pan bimbo Wonder". También los gansitos eran el genérico de cualquier tipo de pastelito y así uno podía ir a comprar gansitos y regresar muy campante con un Pipiolo o un Twinky Wonder. Pero estos casos eran tan excepcionales que se comentaban en tono de burla y condescendencia hacia sus protagonistas.

Claro, no es que ahora Levi's sea el genérico de pantalones. ¡Ni lo mande Dior! Todo lo contrario: al menos en materia de ropa, los nombres genéricos están desapareciendo y dejando su lugar a las marcas. Por ejemplo, en la pasarela de la alfombra roja, previa a la entrega de los Óscares, una de las animadoras del evento le preguntaba a las actrices qué estaban usando. Y éstas respondían invariablemente citando el nombre del diseñador de la prenda respectiva. El ojo avizor quizá sea capaz de distinguir entre uno y otro (por ejemplo, entre Dolce y Gabanna), pero para mi menda, capaz sólo de ver vestidos, ese desfile de nombres resultó incomprensible. ¿Señal de que ya me estoy volviendo viejo?

Es posible. Ayer recibí una llamada de una empresa registrada con el cantarino nombre de Tiempo y Vida. Tardé en darme cuenta de que detrás de ella se agazapa una conocida compañía de pompas fúnebres y que, en resumidas cuentas, vende funerales con el concepto de pague ahora y muérase después. ¿Por qué tardé en darme cuenta? Ah, porque la vendedora (que supongo que no se llama a sí misma vendedora, sino representante de servicios al cliente o algo así) no mencionó jamás las palabras "muerte", "funeral" ni otros elementos discursivos asociados con el fin de la vida. No, ella habló de "previsión", de lo "inevitable" y demás eufemismos que vuelven hasta agradable la idea de que nos metan en un cajón y nos refundan a tres metros bajo tierra.

Con todo, no es mala idea dejar arreglada nuestra partida de este mundo. Al ahorro que significa pagar por adelantado nuestro boleto de regreso, se le suma la ventaja de evitarles a nuestros llorosos deudos las molestias y los gastos de andar organizando nuestro funeral a última hora cuando, dada la situación en que se encuentran, son presa fácil de los comerciantes de la muerte. Si realmente están muy afligidos, van a querer gastar lo que no tienen para darnos el "servicio que merecemos". Y si se alegran de que finalmente "ya se peló el viejo", nos van a querer echar a la fosa común. Y ninguno de esos dos casos es reconfortante.

17 febrero, 2008

Nacimiento de un estado

Lo más probable es que dentro de unas horas, la provincia serbia de Kosovo declare su independencia. Después de casi diez años de estar bajo mandato de Naciones Unidas, los kosovares ahora formarán un estado independiente de Serbia, país que por mucho tiempo les negó a los habitantes albanos de esa provincia los más elementales derechos civiles.

Las potencias occidentales (léase los países grandes de la Unión Europea y Estados Unidos) están de acuerdo en esta medida y no sería raro que en el curso de unos cuantos días se desgranaran los reconocimientos oficiales desde las capitales europeas, Washington y tal vez Tokio.

El obstáculo por superar, claro, sigue siendo la negativa de Belgrado, con el apoyo de Moscú, a renunciar a una región que, por motivos históricos, es considerada la cuna de la identidad serbia, si bien en la actualidad el 90% de sus dos millones de habitantes es de origen albano.

Sin embargo, el gobierno de Pristina sabe con quién se mete. En las recientes elecciones serbias resultó triunfador Boris Tadic, que se presentó con una plataforma pro-europea contra el nacionalista Tomislav Nikolic. Aunque por el apego sentimental que Serbia le tiene a Kosovo, Tadic no podrá secundar el apoyo a la independencia de su provincia —en Serbia ésa es una postura suicida para cualquier político—, en los hechos estará atado de manos para presentar una oposición eficaz. Por lo demás, la Unión Europea es el principal socio comercial de Serbia y Tadic sabe que no podrá ponerse con Sansón a las patadas.

Por su parte, Moscú también anda ocupado con su proceso electoral, programado para el 2 de marzo, y aunque al zar Putin no le preocupa la opinión occidental —y, para el caso, tampoco el resultado de las elecciones, ya que tiene asegurado el triunfo de su delfín, Dimitri Medvedev, quien a su vez lo nombrará primer ministro—, también sabe que en los hechos no podrá hacer nada para impedir que le arranquen un pedazo de territorio a su pupilo serbio.

Aunque desde tiempos de los zares, la Federación Rusa se ha adjudicado el papel de defensor de los pueblos eslavos, éstos han rechazado esa injerencia, especialmente desde la disolución de la Unión Soviética. Los casos más notables, quizá precisamente por la cercanía geográfica, son los de las repúblicas bálticas y Polonia, decididamente hostiles a cualquier negociación con el antiguo amo moscovita. A la fecha, sólo Belgrado acepta ese padrinazgo y a él se atuvo durante todos los años en que, primero con la OTAN y después con la ONU, Kosovo ha estado fuera de su soberanía.

Es difícil calcular las consecuencias inmediatas de la independencia de Kosovo. Belgrado podría imponer un bloqueo, pero las fronteras que comparte Kosovo con Bosnia-Herzegovina, Albania y Montenegro harían irrelevante esa medida, que sólo podría tener efectos en los primeros tiempos, sobre todo en el ámbito de la energía, que en un 90% procede de Serbia. A la larga, los serbios tendrán que aceptar los hechos consumados.

Queda la duda de la reacción que tendrán los 200,000 serbios que viven en Kosovo, sobre todo en el norte. ¿Aceptarán su nueva condición de ser minoría en el flamante estado? Después de haber sido la etnia dominante en la política, ¿se someterán a los albanos, a quienes desprecian por haber abrazado la fe del invasor otomano en el siglo XV? Las posibilidades quedan abiertas.

05 diciembre, 2007

¿Quién quiere ser diferente?

Los comerciantes y anunciantes nos insisten en que seamos diferentes consumiendo productos de fabricación masiva. No sé si ellos mismos no noten esa contradicción o simplemente la pasen por alto para no perjudicar sus ventas. Dirigidas por la publicidad, la moda, las presiones de sus compañeros, las manadas de personas se encaminan por la misma dirección, se visten con la misma ropa, consumen la misma cerveza, escuchan la misma música y en sus teléfonos celulares descargan los mismos repiques, todo esto con el afán de ser diferentes, de ser singulares.

El joven que escucha su iPod, por ejemplo, sintiéndose especial por estar oyendo “su” música, es idéntico a miles o millones que, en ese momento, también tienen enchufado su aparato. Ni siquiera la música que escucha lo particulariza, pues a fin de estar en onda, la que consume es la que dictan las compañías disqueras, la que se difunde en la radio, la que se promueve a través de conciertos multitudinarios. Lo único que podría diferenciarlo es el orden en que las escucha, en caso de que active la función de reproducción aleatoria, lo cual, empero, lo hermana con los millones de jóvenes que hacen lo mismo.

Aspirar a ser singular en un mundo masivo es una batalla perdida. Ser único entre más de seis mil millones de habitantes es una posibilidad reservada sólo para las huellas digitales y la secuencia del ADN. Entre tanta gente, incluso aquel que trata de apartarse de las modas y las convenciones sociales acaba descubriendo que pertenece a una tumultuosa minoría.

Claro, ante esa paradoja, la pregunta que debemos plantear es si realmente alguien quiere ser diferente. Si alguien quiere privarse de la reconfortante sensación de pertenecer a un grupo —mayoritario o minoritario, eso no importa— y asumir por sí mismo, apoyado únicamente en sus propias fuerzas, la angustiosa tarea de pasar por la vida.

19 octubre, 2007

Nuestro poeta caníbal

Como suele sucederme en mi molino, me enteré del caso del poeta caníbal sólo cuando el interfecto ya estaba detectado, perseguido, detenido y convaleciendo en un hospital, no sé si por la megatranquiza que le han de haber arrimado los agentes de la ley, por la indigestión causada por andar comiendo carne humana cocinada con limón, o por algún padecimiento que ya trajera el angelito.

Como consumidor frecuente de programas policíacos en televisión, sobre todo los que tratan de asesinos seriales (Dexter*, Criminal Minds, Messiah), tenía la errada convicción de que ese fenómeno constituía una exclusiva de las sociedades desarrolladas: nuestros criminales región 4 apenas tienen los recursos de matar a una persona, especialmente para robar; asesinar en serie, es decir, siguiendo el mismo modus operandi y con una motivación obsesiva y enfermiza, es un lujo, creía yo, reservado para aquellos desquiciados que, con la vida material resuelta, no tienen más quehacer que andar asesinando al prójimo.

Pero no, por lo visto. En plena colonia Guerrero fueron a encontrar a nuestro caníbal, con todas las ínfulas del asesino en serie, foto de Hannibal Lecter incluida. Hasta donde llegan mis informantes, se le atribuyen dos muertes y se le sospechan varias más, hasta en número de seis o siete. ¿Será éste un indicio de que la sociedad mexicana está avanzando?



* No me refiero, por supuesto, al Laboratorio de Dexter, sino a la serie protagonizada por Michael C. Hall.

16 octubre, 2007

Introducción a la ecología política

Siempre he desconfiado del ecologismo como bandera política. No de los esfuerzos por conservar el ambiente ni por usar con responsabilidad los recursos del planeta. Me refiero más bien a la prostitución de la inquietud natural por nuestra casa en favor de intereses políticos que no se atreven a decir su nombre.

Y no es que tenga en mente sólo al partido “ecologista” de México —cuya actuación bastaría para dejar escaldado al más convencido militante—, sino en general a cuanta organización “verde” que esconde intereses inconfesables detrás de una supuesta defensa del ambiente.

Creo que, a fin de cuentas, la conservación del ambiente es más una decisión personal que un programa político. Ya que los partidos verdes suelen alinearse más bien a la izquierda, el sector de la derecha representa un terreno perdido para la ecología. Pero el deterioro del ambiente no se fija en afiliaciones políticas o ideológicas. El cambio climático, el deshielo de los cascos polares, el agujero de la capa de ozono, la contaminación de tierras, mares y aire son fenómenos que afectan a todos los terrícolas por igual. ¿Es que los conservadores no quieren conservar el planeta que les sirve de morada?

Ahora bien, aunque el ecologismo es una postura individual, la verdad es que la solución a muchos de los problemas ambientales que vivimos pasa necesariamente por una acción colectiva, lo que nos lleva de vuelta a la política, a ese pantanoso campo donde se toman las decisiones que nos afectan a todos. Pero las medidas para reducir las emisiones de gases con efecto de invernadero no deben confinarse en el ideario de un partido, pues éste necesariamente tendrá otros puntos en su programa. El primero de éstos será llegar al poder, para lo cual deberá hacer si no componendas, sí compromisos que evidentemente pueden impedir que ponga en práctica las medidas ecológicas prometidas.

Es decir, un partido ecologista empieza prometiendo defender el ambiente y acaba vendiendo las reservas naturales a las multinacionales a cambio de los favores que éstas le concedieron para llegar al poder. ¿Cómo podemos confiar en una organización que habla de la conservación del ambiente cuando en realidad tiene otra idea en mente?

Podemos ser ecologistas sin necesidad de afiliarnos con el Niño Verde. La pregunta más bien es si ser ecologistas nos obliga a alinearnos en algún lugar de la gama política. Y en lo personal pienso que la respuesta necesariamente es que no. Aunque veo difícil ser ecologista y defender los intereses de las empresas que saquean los recursos naturales del país a nombre del desarrollo económico, creo que la tarea es encontrar el equilibrio entre la conservación del ambiente y el desarrollo económico. Se menciona el “desarrollo sustentable” para referirse a ese equilibrio, pero ese concepto es más un ideal que un programa y su vaguedad no permite esperar soluciones prácticas a los problemas urgentes.

Pero en todo caso, toda solución política o colectiva estará llamada al fracaso de no contar con el apoyo de los individuos. En el plano personal, ¿cuántos separan la basura? ¿Cuántos acatan el “no circula” sin comprar un coche de repuesto? ¿Cuántos no barren su banqueta a manguerazos? ¿Cuántos apagan la luz de la habitación que queda vacía? ¿Cuántos caminan dos cuadras para ir a la tienda por cigarros en lugar de ir en coche? La respuesta es que pocos y la justificación es que el individuo no puede hacer nada en este ámbito. ¿De qué sirve separar la basura si se mezcla desde que llega al camión? ¿Cómo prescindir del coche en una ciudad que ha olvidado a sus peatones?

Creo que aquí encontramos otra razón para desconfiar de la politización de la defensa del ambiente: más que una bandera, es un atolladero, del que no saldremos si su solución la dejamos en las manos de los políticos.

02 agosto, 2007

Tres jinetes del apocalipsis

Hay tres flagelos que azotan inclementes al género humano: la obesidad, la calvicie y la impotencia. Gordos, pelones y frustrados andan por la vida con el casi único objetivo de liberarse de su triste condición. La ciencia, por supuesto, tiene enfiladas sus baterías a la búsqueda de soluciones a estos problemas. Y cuando se han logrados verdaderos resultados, la noticia recorre el mundo como el tradicional reguero de pólvora, haciendo correr los también proverbiales ríos de tinta.

Eso ocurrió, por ejemplo, en 1998 con el lanzamiento del Viagra, primer medicamento que demostradamente remediaba la disfunción eréctil, conocida hasta entonces simplemente como impotencia. Las agencias informativas y los periódicos no dejaron de comentar este sonoro triunfo. ¿Sí funcionaba en realidad? Hasta entonces, los remedios conocidos eran una mezcla de consejas populares, desesperación de los afectados y afán de lucro de charlatanes que proponían todo tipo de remedios “naturales”, en forma de pastillas, ungüentos, hierbas y bebedizos. El sentido común recomendaba prudencia. ¡Y cómo no! Ya en junio de 1998 corrió el rumor de que Sani Abacha, presidente de facto de Nigeria, había muerto en compañía de dos prostitutas a causa de una sobredosis de la novedosa pastillita azul. Pero, fuera de las contraindicaciones de rigor, el Viagra efectivamente funcionaba. Por esas mismas fechas, un psiquiatra me comentaba que él resolvía el 90% de sus casos con Viagra y Prozac, el famoso antidepresivo y personaje central de Prozac Nation, la escalofriante novela autobiográfica de Elizabeth Wurtzel.

Después del Viagra aparecería otro producto, el Cialis, de efectividad igualmente comprobada. Pero cuando éste salió ya no era noticia y su llegada a las boticas pasó desapercibida para la mayoría de la gente: el Viagra ya había penetrado en la cultura popular y su nombre difícilmente será desplazado como sinónimo de potencia sexual.

Ahora bien, ¿ha visto usted, amable lector, publicidad de Viagra o Cialis en la televisión? Es probable, pero el nombre del producto ni siquiera se menciona en los anuncios donde se presenta una pareja de edad madura sonriendo por las mañanas. El anuncio no promueve el producto. Lo que trata de hacer es que el quejoso venza la resistencia a consultar a un especialista. Ya éste se encargará de recomendar la pastilla correspondiente que, por lo demás, no se vende sin receta médica. Y podemos tener la seguridad de que jamás los veremos en los anuncios de telemarketing, en los que, si somos de los primeros cien en llamar, nos dan la oferta del dos por uno. Gracias a eso, tenemos la certeza de que se trata de productos efectivos, seguros, elaborados por empresas respetables (aunque las farmacéuticas tengan su cola que le pisen) y de que no caeremos en manos de charlatanes que quieren exprimir económicamente nuestras angustias.

Así, uno de los tres flagelos ha sido derrotado. ¿Qué hay de los otros dos? ¡Ay! Por desgracia, en ese campo, donde la ciencia no puede ofrecernos remedios efectivos, son los charlatanes los que prevalecen. La televisión está poblada de los remedios más dispares para combatir el peso de más y el pelo de menos. Todos ellos, claro está, cuentan por único aval con el afán de lucro de sus respectivos mercaderes. Pese a que todos hablan de “estudios clínicos independientes”, ninguno menciona uno solo en concreto. La mayoría de esos productos proceden de Estados Unidos, pero ni por eso escuchamos mención alguna a la necesaria autorización de la FDA para comercializar la marranilla que nos quieren enjaretar, casi siempre por varios cientos de pesos. Ni una sola mención a universidades o publicaciones que sustenten las extravagantes afirmaciones de los anunciantes: pérdida de peso en tres semanas sin dieta ni ejercicios, ganancia de cabello en un mes con una sola aplicación. La prensa, por su parte, también guarda silencio sobre estos extraordinarios productos, lo que resulta inexplicable si recordamos el revuelo armado en torno del Viagra.

Pero según los mercachifles de la televisión, los gordos y los calvos ya no tienen razón de ser, al menos los que puedan desemboslar las estratosféricas cantidades que piden por sus embustes. Y toda esa publicidad engañosa, claro, se trasmite las 24 horas a ciencia y paciencia de las autoridades, que no mueven un solo dedo para impedir que se siga estafando a gordos y pelones desesperados.