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03 mayo, 2008

El Hombre de Hierro desplaza al Santos



En la esquina de Culiacán y Baja California, colonia Hipódromo.

19 abril, 2008

Gráfica urbana



La mística no ha muerto.

15 marzo, 2008

Lecturas en la gran capital

El gobierno de la Ciudad de México piensa (¿o sabe?) que sus habitantes son analfabetas, al menos analfabetas funcionales, por eso se ha empeñado en identificar las estaciones del metro y del metrobús con pictogramas. Esto, además de darle la razón a los chinos, que desde hace más de cinco mil años saben que una imagen dice más que mil palabras, permite que la gente que no lee se suba y se baje en la estación deseada. "Vamos a la estación de la mariposa", por ejemplo, pues es incapaz de leer Juanacatlán.

Todo eso está muy bien. El problema se presenta cuando en lugar de una mariposa, un chapulín o una campana, el viajero analfabeta se topa con la efigie de alguno de los héroes que nos dieron patria. Porque, digo, si no es capaz de leer "Juárez", menos va a saber que es la estación del Benemérito de las Américas. Si bien el perfil de Hidalgo es más o menos reconocible por la calva, ¿qué diferencia hay entre el de Guerrero y el de Allende, ambos de uniforme militar? Y, por cierto, ¿quién fue Valentín Gómez Farías?

El caso es que le decimos a nuestro pasajero que se baje en tal o cual estación para llegar a su destino, y el pobre analfabeta acaba en el extremo opuesto de la ciudad, pues confundió la imagen de San Antonio con la de Tezozomoc.

Lo curioso del caso es que en muchas estaciones, sobre todo las de transbordo, suele haber librerías a montones. Y no se diga afuera, a la entrada. Por ejemplo, sobre Balderas, entre la plaza de la Ciudadela y la estación del metro, se encuentra el equivalente de la instalación permanente de la feria del libro. ¿Es negocio vender libros en un país de analfabetas? Al parecer sí, pues los marchantes de la letra impresa tienen años establecidos en esa calle y no creo que los anime una voluntad de difusión cultural, sino más bien el mercenario deseo de ganarse un billete. La difusión cultural corre a cargo, ¡oh, sorpresa!, del gobierno de la ciudad, que en los pasillos del metro instaló estantes con libros para "leer de boleto". Es decir, de volada, frase que por lo visto fue interpretada como que uno se podía volar los libros, pues cuando he pasado por tales anaqueles siempre los encuentro vacíos. Total, ¿leemos o no leemos?

Al parecer, el mexicano sí lee, pero con reservas. En los puestos al aire libre de Balderas, por ejemplo, la literatura que predomina es la llamada "de autoayuda". Desde 101 formas de combatir la depresión hasta 101 formas de volverse rico, los títulos ofrecidos revelan toda la gama de la miseria humana. (Por cierto, al hojear el libro sobre la depresión, encontré que una de las recetas es volverse rico; me faltó hojear el libro para hacerse rico: de seguro una de las formas recomendadas es escribir un libro para combatir la depresión.)

Otra proporción importante de la oferta libresca la constituyen los libros de esoterismo: grimorios, encantamientos, fórmulas de magia de todos los colores y textos clásicos del ocultismo como el Kibalión. La gente está angustiada, anda en busca de remedios y los encuentra entre los charlatanes de todo cuño, ya sea que vendan fórmulas facilonas para alcanzar la felicidad en esta vida o métodos de riguroso ascetismo para lograrla en la otra.

16 diciembre, 2007

Continuidad de la memoria

Aproveché este fin de semana que estuvo en la Ciudad de México para hacer un recorrido por la colonia Condesa, a la que llegué a vivir hace cuarenta años. A pesar de los cambios operados en el tiempo, todavía encontré muchos de los lugares que marcaron una larga época de mi vida.



Los tacos orientales, con más calidad que fama, esta taquería, precursora de los tacos al pastor, está ahí desde que tengo memoria.





La iglesia de la Coronación, donde se casaron mis padres hace más de sesenta y cuatro años.




La biblioteca del parque México, aunque remozada, es la misma donde me iba a estudiar cuando estaba en secundaria.




Las arcadas del parque México, antes cubiertas de hierbas y ramas, ahora pueden lucir mondas su estilo art déco.




La fuente del parque México, imprescindible en cualquier recorrido de la nostalgia.




El Sep's, establecimiento veterano en la ahora Fondesa, el mejor lugar para comer chamorro de cerdo al vapor.




El cine Lido, convertido ahora en el Centro Cultural Bella Época.




Yautepec 107, mi primera dirección en la Condesa.




Pachuca 165, Macondo para mi familia, toda la cual vivió ahí en un momento u otro de su vida, en alguno de sus tres pisos e incluso en la planta baja.

09 mayo, 2006

Postales desde el infierno

Entro al vagón del metro y me llevo la sorpresa de que los antiguos asientos, aquellos que estaban encontrados y permitían la tertulia de los pasajeros, ahora fueron convertidos en una incómoda plancha de metal, con cinco surcos mal trazados que acomodan sendos traseros. Claro, se acomodan los traseros escuetos, delicados o magros; pero las carnes generosas de las compatriotas difícilmente encuentran acomodo en un surco que, debiendo haber sido dibujado por Botero, para dar cabida a las frondosidades latinas, más parece imaginado por Modigliani por sus formas largas y estilizadas.

Una sorpresa más, esta vez agradable: los vagones están comunicados entre sí por fuelles de hule. Esto, además de permitir el libre tránsito de uno a otro, constituye un excelente sistema de aireación. El ambiente interno ya no resulta tan sofocante como en los vagones viejos. Sólo como constancia de la memoria consigno aquí que los primeros vagones tenían asientos acolchonados, que fueron reemplazados por los incómodos de plástico debido al vandalismo de que eran víctimas continuas.

Un elemento constante, al menos en la línea dos, son los vendedores ambulantes. Cosa curiosa: haciendo caso omiso de la posibilidad de circular de un vagón a otro por los fuelles, a cada estación se bajan para ir avanzando al siguiente carro. ¿Fuerza de la costumbre o política del sindicato que los controla? Sepa la bola. Lo que sí es evidente es el respeto territorial. Nunca he visto que se traslapen dos discursos de los representantes de ventas ambulantes. Cortésmente, el recién llegado espera a que su compañero que estaba antes termine su oratoria mercadotécnica para dar inicio a la suya.

No puede decirse lo mismo de los predicadores y misioneros tocados por la divina llama de Espíritu Santo, por lo que sienten la obligación imperiosa de difundir la palabra de Dios (con mayúscula, para que no me tachen de ateo). Bueno, no sé si realmente estén tocados por el Espíritu Santo o simplemente tocados, pues el predicador asignado este sábado a la línea dos se dedicaba a ensartar una sarta de galimatías, de la que apenas pude recoger la promesa del “equilibrio de la armonía” y la seguridad del “pase automático al paraíso”, con el sencillo requisito de reforzar la fe, la cual es, como nos ilustró este aspirante a profeta tercermilenario, “el conocimiento de las sagradas escrituras”.

Que nadie diga que conoce a México y a su gente si no ha viajado en metro. Lo abigarrado de las imágenes y lo estruendoso de sus sonidos son el reflejo fiel de una nación multicultural y bullanguera. Los olores que rodean las estaciones representan todas las costumbres culinarias que surcan nuestro país. Y la gente que se arremolina en los torniquetes de entrada y salida, que hace cola ante las taquillas, que atiborra los vagones, duerme en los asientos, suda los tubos y come pepitas escupiendo las cáscaras al suelo muy quitada de la pena es el mejor corte transversal de nuestra sociedad.

Una imagen más. Cuatro niños de la calle que semidesnudos se entregan a un juego incomprensible para el simple espectador, aunque entretenidísimo para ellos. Y de remate, al pie del mostrador del Estrella de Oro, un anciano desmayado que era atendido por camilleros y policías. Los viajes ilustran, claro que sí, y un viaje al centro del infierno no podía ser la excepción.