25 abril, 2007

Y la vida sigue

El tiempo no cura el dolor; sólo lo embota. El dolor nunca desaparece y si nos es posible seguir viviendo después de experimentarlo, es sólo porque nos acostumbramos a su presencia, no porque lo hayamos superado ni olvidado.

Un día despertamos, vemos el jardín soleado, regamos el pasto, vemos los insectos en los arbustos y comprendemos que la vida ha seguido su marcha, muy a pesar de nuestro dolor. Una muerte no detiene al mundo, por más que haya vaciado nuestra vida de una parte importante.

Cada muerte nos empequeñece: nos priva de la faceta que le presentábamos a la persona desaparecida. Tenemos aspectos que sólo compartimos con determinadas personas... y no es que seamos veleidosos ni inconstantes. Simplemente es que cada persona es diferente y, por tanto, actuamos de una manera específica con cada una. Eso es lo que perdemos al desaparecer esa persona de nuestra vida.

No hay consuelo para el dolor. No hay palabras de aliento que lo mitiguen, no hay sabiduría que nos ayude a comprenderlo. Primero, porque la muerte es incomprensible casi por definición. Llega un momento en que el cuerpo se niega a seguir funcionando y desfallece. La ciencia médica habla de tumores y metástasis, de ganglios y fallas renales, de insuficiencias respiratorias, con términos tomados del latín y el griego que para el doliente sólo tienen una única traducción: "Se murió la persona que yo amaba y no la volveré a ver riendo y disfrutando de la vida."

Y en segundo lugar, el deudo no quiere consuelo, no quiere olvidar su dolor. De pie ante un cadáver, le parece una traición a su memoria pensar que llegará el día en que lo abandone ese dolor. No es masoquismo ni ganas de enterrarse junto con sus muertos. Es respeto por el único sentimiento que en esos momentos es capaz de albergar.

El tiempo no cura, sólo alivia, adormece, insensibiliza. Pasa el tiempo y nos sentimos capaces de seguir con la vida. Pero de vez en cuando habrá momentos en que, embotado el recuerdo de la muerte, nos asalta el deseo de tomar el teléfono para hablarle y comentarle la película que acabamos de ver y que sabemos que ella también habría disfrutado. Los timbrazos sin respuesta nos devuelven a la realidad y el corazón vuelve a sangrar en lágrimas.

18 abril, 2007

Apostilla

Más consternante aun que el hecho de que un estudiante tome un arma y dispare contra sus compañeros en la misma escuela, es que ahora la comunidad surcoreana de Blacksburg —y en especial los estudiantes de ese origen en el Politécnico de Virginia— esté preocupada por la posibilidad de ser el blanco del odio de los demás.

En la mentalidad racista que prevalece en la sociedad estadounidense, que el atacante haya sido surcoreano vuelve sospechosos a todos sus connaciales. Es la misma reacción, claro, que se produjo tras los atentados de 2001, cuando a los ojos de los gringos todos los musulmanes se convirtieron ipso facto en terroristas.

17 abril, 2007

De la violencia gratuita

Cada tanto, el mundo en general, y Estados Unidos en particular, se conmueven ante una matanza de estudiantes. Desde agosto de 1966, cuando se inauguró esta modalidad en la Universidad de Austin, con un saldo de 31 heridos, pasando por la de Littleton, en abril de 1999, donde dos estudiantes mataron a doce compañeros y que fuera el centro de un documental a cargo de Michael Moore (Bowling for Columbine, 2002), ahora la serie viene a rematarse en el Politécnico de Virginia, donde 33 muertos constituyen el saldo más elevado a la fecha.

Y cada vez se ofrecen al análisis todo tipo de explicaciones, desde las teorías de los sociópatas aislados hasta la que presenta Moore en su trabajo, es decir, la de una cultura de violencia generalizada. Estos dos extremos están relacionados necesariamente. Un sociópata aislado, sin armas, simplemente se recluiría en su casa a rumiar sus odios o a buscarles otro tipo de salida. Pero en Estados Unidos, el 39% de los hogares poseen armas de algún tipo, por lo que no es difícil que, cuando a nuestro sociópata se le salten los fusibles por alguna razón, tome el arma que tenga a la mano y salga a vaciarla contra sus semejantes.

Sin embargo, a la hora de la tragedia, las explicaciones (y sobre todo, los intentos de explicación) están de más. Un plantel escolar es víctima de la violencia gratuita, hay familias que quedan devastadas, padres que tienen que enfrentarse a la muerte inexplicable de sus hijos, y una sociedad que se asombra cada vez que alguno de sus miembros se entrega a una orgía de balazos.

Sin embargo, para los observadores extranjeros, lo asombroso no es que un estudiante tome el arma automática del abuelo y descargue sus frustaciones en sus compañeros. Lo realmente pasmoso es que eso no ocurra con más frecuencia, que una sociedad armada pueda convivir más o menos sin sucumbir a la tentación de dirimir todas sus diferencias con un tiroteo, que haya grupos de presión, como la Asociación Nacional del Rifle, que defiendan el derecho a poseer armas, que su hipocresía les haga promulgar leyes para controlar la venta de armas, a sabiendas que éstas se expenden sin ningún control en las famosas ferias de armas, permitidas en la mayoría de los estados.

Cada vez que ocurre un incidente de éstos podemos tener varias certezas:


  • Que las televisoras se van a llenar de imágenes y análisis sobre lo ocurrido.
  • Que se elevarán voces para exigir, de una vez por todas, el control absoluto de las armas de fuego, mismas que serán apagadas por quienes reclaman su derecho a poseerlas.
  • Que el presidente saldrá en televisión manifestando su consternación, diciendo que sus pensamientos están con las familias de las víctimas, que rezará por el eterno descanso de las mismas y apoyará las investigaciones del caso.
  • Que las culpas se van a repartir indiscriminadamente: a las autoridades del plantel, a los juegos violentos de video, a la música que escuchaban los autores de la matanza, a sus padres, sus maestros o a sus mismos compañeros, al gobierno, a Dios o a alguna fuerza igualmente misteriosa.


Lo único que no sabremos es porqué ocurrió realmente y cuándo será el próximo episodio de la serie.

27 febrero, 2007

¿Una tumba para la Iglesia?

Con exámenes de ADN y cálculo de probabilidades, el cineasta James Cameron echa por tierra varios de los pilares del cristianismo, cosa que seguramente no le caerá nada en gracia a la Iglesia, ya bastante irritada por el éxito de El código da Vinci y la continua merma de su clientela, especialmente en Europa.

El documental realizado por el director de Titanic asegura que en el barrio Talpiot de Jerusalén se encontró una cueva con diez osarios pertenecientes a Jesucristo, su madre, su mujer, supuestamente María Magdalena —lo que le daría la razón a Dan Brown, después de todo—, e incluso su hijo, de nombre Judas, además de otras personas presuntamente familiares.

Si quedaron en la Tierra los restos mortales de Jesucristo y de la Virgen María se viene abajo la idea de ambos ascendieron al Cielo en cuerpo y alma. Si María Magdalena fue mujer de Jesús, también se descartaría la noción del celibato del Mesías (y por ende su obligado reflejo en los sacerdotes). Y si Jesús llamó Judas a su hijo, podríamos deducir que no le guardó rencor al apóstol que supuestamente lo traicionó y lo entregó a las autoridades romanas.

¿Será el fin de la Iglesia Católica y otras instituciones cristianas? Los enemigos de la Iglesia no deben regocijarse ante esta embestida, que está lejos de ser la final. Recordemos que hace meses, la publicación del evangelio de Judas —en el que el apóstol traidor desempeña un papel primordial en el drama crístico— no hizo ni siquiera pestañear a la augusta institución, atrincherada en el reconocimiento exclusivo de los textos canónicos y desdeñosa de los apócrifos.

Y las tumbas de Cameron no aportan mejores argumentos para cuestionar el dogma eclesiástico. Los nombres que llevan los osarios son de los más comunes (Jesús, José, María) y aunque los realizadores de El sepulcro olvidado de Jesús aseguren que hay una posibilidad en 600 que esos nombres se encuentren reunidos en una sola familia, esa suposición no deja de ser un malabarismo numérico que no conmoverá a los fieles.

Aceptémoslo: la fe religiosa no tiene nada que ver con la razón, los argumentos científicos ni con nada que eche a andar a las neuronas. Quien está empeñado en creer en un Dios que envió a su hijo a ser sacrficado para salvación de la humanidad, no se conmoverá en sus creencias por simples datos de una ciencia de la que, por lo demás, ha aprendido a desconfiar.

La fe religiosa se basa en cuestiones más emocionales: el miedo a lo desconocido después de la muerte, la necesidad de consuelo en momentos de aflicción o incluso el mezquino deseo de ser recompensado por toda la eternidad a cambio de unos años de sufrimiento.

10 febrero, 2007

La libertad a juicio

Resulta paradójico que haya sido la laica y republicana Francia —¡la tierra de Voltaire y su manidísima frase "Puedo estar en contra de lo que dice, pero defenderé con mi vida su derecho a decirlo"!— el primer país donde prosperó una demanda en contra de las infames caricaturas de Mahoma publicadas en octubre de 2005 por un periódico danés y reproducidas posteriormente en muchos diarios de todo el mundo.




Uno de ellos fue el semanario satírico Charlie Hebdo que, no conforme con reproducirlas simplemente, les dedicó un número especial, con una portada realizada ex profeso por su dibujante Cabu. En ella, el Profeta se quejaba de tener a "idiotas" por seguidores.

Pues bien, la Unión de Organizaciones Islámicas de Francia y la Gran Mezquita de París presentaron una demanda en el tribunal correccional de París, no por todas las caricaturas, sino sólo por dos de las originales y la de la portada.

Obviamente, como dijera el mismo Cabu, éste es un juicio "obscurantista", basado netamente en una confesión religiosa que anatemiza la representación del rostro humano. Pero Dalil Boubakeur, rector de la Gran Mezquita de París, explicó que no se trataba de motivos religiosos, pues la demanda es por racismo, ya que se identifica a toda una población, la musulmana, con el terrorismo. En efecto, una de las caricaturas más controvertidas presenta al Profeta con un turbante en forma de bomba.

Pero la procuradora Anne de Fontette, en todo caso, decidió que ese insulto no se dirigía a todos los musulmanes, sino sólo a los integristas. Y esto, más que problema religioso, es social, como hizo bien en precisar. En efecto, hay que señalar una diferencia importante entre el islam y el islamismo: el primero se refiere a una religión de obediencia y sumisión a Dios (por cierto, "paz" es otra de las posibles interpretaciones de la palabra islam). Y se habla de islamismo cuando esa religión se toma de bandera política y se enarbola en contra de todo aquel que no la profese.

En todo caso, el tribunal determinó que la publicación no era culpable de atizar odios y fomentar discriminaciones. La libertad de expresión le ganó la batalla a la libertad de sentirse injuriado.

05 febrero, 2007

El infinito a nuestro alcance

Solemos mirar hacia arriba cuando queremos apreciar la grandeza del Universo. En algún rincón de nuestra memoria reptiliana se encuentra la instrucción de que lo grande, lo superior, está allá arriba. Pensamos que las estrellas y los planetas constituyen la mejor expresión de la grandeza de la creación.

No estamos tan errados. Hay algo allá arriba que puede satisfacer nuestra necesidad de trascendencia. Gran paradoja: ver la inmensidad del Universo (o tan sólo pensar en ella, ya que está difícil verla) nos convence de nuestra diminutez, del pequeño tamaño que tenemos en comparación con tan inmensurables objetos que vagan en el espacio exterior. Pero al mismo tiempo nos hace sentir grandes, así sea sólo por ser parte del infinito.

No habría que alzar la vista para ver el Universo. Como parte que somos de él, nuestro planeta y todos sus ocupantes —por recurrir a la gastada metáfora de la Tierra como una nave espacial— efectivamente lo reflejamos. Admirar las nervaduras de una hoja es contemplar parte de la gloria cósmica o, como dijera el poeta, el infinito está al alcance de la mano.

Algo semejante ocurre con nuestro concepto de Naturaleza. ¿Qué pensó, amable lector, al ver esta palabra? ¿En bosques, cumbres nevadas, ríos y arroyos cristalinos, playas vírgenes de la presencia humana? Claro: la Naturaleza está allá, lejos como lo está el Universo. No imaginamos a la Naturaleza en medio de la calle, entre los conjuntos habitacionales, en medio del estruendo de coches y camiones.

La ciudad es artificial, el campo es natural. Ésa es la dicotomía que hacemos y que llevamos cargando como un fardo: no falta quien se queje de "tener" que vivir en la ciudad y suspire por "volver" a la Naturaleza (¡Como si alguna vez hubiera estado en lo que cree que es natural!).

Esa separación es artificial, por supuesto. Un condominio es tan natural como un panal: los dos están fabricados por seres de la Naturaleza, con materiales encontrados en ésta. La Naturaleza nos da la materia prima y la inteligencia para utilizarla. ¿En qué momento empieza a ser "artificial"?

21 enero, 2007

Mi vida en el comunismo

Yo me declaré comunista el día que cayó el muro de Berlín. Al ver al "símbolo de la ignominia", como tantas veces se le llamara en Selecciones, caer víctima de picos, azadones y hasta puño limpio de los alborozados berlineses, me dije que ahí había una causa que requería de mi ayuda.

Sin embargo, no me duró mucho el entusiasmo. La relectura de las Obras selectas de Marx y Engels, que conservaba de mi época escolar más por espiritu de urraca que por verdadero interés en el marxismo, sólo me recordó la aridez de los textos, leídos a medias en soporíferas clases impartidas por maestros siempre chilenos. Meses después, cuando mi erario pasaba por una crisis de caja reflejo de la crisis nacional, le vendí todos mis libros de marxismo a un bondadoso librero de segunda, lo que me permitió sobrevivir esa estrechez mientras llegaba el siguiente pago.

Cambiar mis libros de marxismo por dinero para darle de comer a mi familia ciertamente tiene tufos de parábola. Pero la verdad, en esos momentos no me interesaba filosofar sobre el destino de una doctrina que, con toda franqueza, nunca llegué a conocer a fondo.

Pero el descrédito del marxismo estuvo a punto de serme provechoso. De algún modo me conecté con una editorial que se especializaba en ese tema. Aún no se disolvía la Unión Soviética, pero ya había caído el Muro, así que sus ventas empezaban a reflejar a la baja el desencanto. Ahí es donde yo entraría, pues necesitaban un editor para una nueva colección, más «vendible», según admitió el gerente con quien hablé.

La empresa era rigurosamente familiar: fundada por el padre, estaba manejada entonces por los dos hijos: el gerente editorial y el de producción. Pero el de producción se iba de viaje y yo entraría a ocupar su lugar. No era una mala oferta en mi situación de freelance con apuros económicos permanentes.

Pero el asunto no se resolvió favorablemente. Después de muchas vueltas y más promesas, resultó que el hermano cancelaba su viaje, por lo que el puesto no se desocuparía. «Uno más que se me va», me dije, pensando en la interminable sarta de propuestas y presupuestos que ya para entonces había presentado en la mitad de la industria editorial mexicana.

En fin, poco a poco, países y partidos políticos fueron perdiendo el apelativo de socialista o comunista, para adoptar otras designaciones. Quizá uno de los casos más patéticos en ese sentido fue el de Yugoslavia, que no sólo perdió el nombre, sino que dejó de existir por completo, desmembrándose en las seis repúblicas que la componían y amenazando, aun ahora, con continuar su partición en la provincia serbia de Kosovo y en la «República Srpska», entidad de membrete que existe en Bosnia-Herzegovina.

Conocí a un yugoslavo mucho antes de las guerras que desgarrarían a los Balcanes diez años después, y me llamó la atención que él mismo se considerara «croata». Él llegó a México con la intención de establecerse aquí y, cuando vio que no pudo (incluso coqueteó con la posibilidad de casarse con mi cuñada para arreglar su estancia), tuvo que regresar apesadumbrado a su país. La ruta de vuelta más barata pasaba por Chicago, donde conectaría con un vuelo a Viena. Sin embargo, necesitaba visa para pasar por Estados Unidos, así que lo acompañé a la embajada para tramitar su visa en calidad de intérprete, pues el angelito no hablaba ningún idioma occidental (yo me entendía con él en esperanto).

Aun recuerdo divertido la cara que puso la empleada cuando Goran le extendió su pasaporte, en cuya portada aparecía claramente la hoz y el martillo, parte del escudo de Yugoslavia. La muchacha estaba aterrada nomás de verlo y se le notaron las intenciones de hacer sonar la alarma para que vinieran los marines a sacar a ese sacrílego comunista que osaba profanar ese santuario del mundo libre.

Me da pena confesar que no sé en qué terminó la odisea de Goran. Harto de su conchudez y gorronería, lo expulsé de mi casa y fue a encontrar refugio con otras amigas. Obviamente no le dieron la visa gringa, así que quién sabe por dónde pudo haber salido. Esto ha de haber sido en septiembre u octubre de 1981 y en la Navidad de ese año, recibí una tarjeta suya desde Zagreb, así que me tranqulicé sabiendo que había podido regresar a su casa.

No volví a saber nada de él. Pero diez años después me lo imaginaba integrado en alguna milicia, combatiendo a serbios y a bosnios con el mismo fervor con el que, según me dijo, había leído las obras de Carlos Casteñeda.

Pero ya divago. Otro impedimento para integrarme al Partido Comunista fue que, cuando decidí hacerlo, éste ya no existía. Después de una serie de transformaciones, para 1989 había reencarnado en el Partido de la Revolución Democrática, cuyos tufos priistas hicieron que desistiera de mi actividad política. Además, recuerdo que más de diez años antes, cuando López Portillo graciosamente le concedió el registro y finalmente pudo celebrar su congreso en un lugar público (en el Polyforum Siqueiros, por cierto), la gente que ahí estaba era de lo más mamona y a los aspirantes nos trataban como advenedizos. A lo más que llegué en ese tiempo fue a comprar cada semana su periódico y a asistir al festival que organizaron ese año en el Auditorio.

No creo haberme perdido de nada renunciando a mi militancia de izquierda. Todavía hace unos años tuve oportunidad de estar en contacto con un grupúsculo de extrema izquierda, que hizo que más bien me felicitara por haber evitado ese triste destino.

18 enero, 2007

Curso básico de inglés cinematográfico


Vocabulario

Flags = La conquista
of our = del
Fathers = honor

30 diciembre, 2006

Justicia frustrada

Conforme al principio de nuestra política exterior —que dice que, si Estados Unidos le declara la guerra al Diablo, México toma partido por el infierno—, no queda más que lamentar la ejecución de Saddam Hussein, llevada a cabo este sábado en un antiguo centro de tortura en Bagdad.




Supongo que nadie ha olvidado la famosa "madre de todas las batallas" con la que Saddam prometió vengar los agravios de su pueblo —y de paso levantarse como líder del bloque que hace varios decenios se llamara de los no alineados—, como tampoco hemos olvidado la decepción de ver que todo se reducía a palabrería y juegos de artificio.

Fuero de aquellos que nutren sus intereses económicos con la desgracia del pueblo iraquí, dudo que haya quien se sienta complacido con la ejecución de esta mañana. Saddam fue ahorcado por la condena de tan solo uno de sus crímenes. ¿Qué pasó con el juicio de los demás? Las dudas aumentan cuando leemos que George W. Bush asegura que el dictador iraquí tuvo un "juicio justo". Acostumbrados como estamos a desconfiar de las palabras del junior, e incluso a interpretarlas en sentido contrario al nominal, lo único que podemos pensar es que se trató más de un acto de venganza que de justicia.



Actualización
No sé si Jorgito Dobleú lea este blog o qué onda, pero recientemente declaró también que la ejecución de Saddam correspondía más a la venganza que a la justicia. Eso acabó de disipar mis dudas: El colgamiento de Saddam fue la culminación de un proceso jurídico apegado a la ley y su ejecución satisface plenamente a la justicia. Sí, de plano, eso de andar coincidiendo con Bush está de la eme.

10 diciembre, 2006

Se fue impune


Seguramente ya estará gozando en su muerte de la gloria por la que tanto luchó en vida este hijo de puta.