28 octubre, 2005

La maldición de Tecumesh... y la de Google

Desde 1840 existe una maldición en Estados Unidos, por la que el presidente que asume el poder cada veinte años no termina su mandato. Su primera víctima fue William Henry Harrison, que asumió el poder el 4 de marzo de 1841, un frío día invernal en el que, por no cubrirse debidamente, pescó un resfriado que degeneró en neumonía y después en pleuresía. Murió exactamente un mes después.


El jefe indígena Tecumesh fue derrotado en la batalla de Tippecanoe, en 1811, por Harrison, que entonces era gobernador del territorio de Indiana. Fue entonces cuando el derrotado líder de la poderosa Confederación Indígena Americana pronunció su maldición, que se cumplió con rigurosa exactitud, como decimos, en la persona del propio Harrison.


Las víctimas posteriores de la maldición son las siguientes:



  • 1860 - Abraham Lincoln, asesinado en 1865
  • 1880 - James Garfield, asesinado en 1881
  • 1900 - William McKinley, asesinado en 1901
  • 1920 - Warren G. Harding, muerto de paro cardiaco en 1923
  • 1940 - Franklin D. Roosevelt, muerto de hemorragia cerebral en 1945
  • 1960 - John F. Kennedy, asesinado en 1963



Se dice que Ronald W. Reagan "burló" a la maldición, ya que sobrevivió al intento de asesinato que sufrió en 1981 y terminó su doble periodo en 1988. Sin embargo, como se reveló posteriormente, el mal de Alzheimer que padecía le impidió efectivamente ejercer el poder en los últimos tiempos de su presidencia y técnicamente puede decirse que no concluyó su mandato.


La próxima víctima, como vemos, es ni más ni menos que Jorgito Dobleú, quien está muy lejos de sentirse aliviado o de escapar de esta maldición. En efecto, cada vez son más claras las señales de que la presidencia del vengativo Junior está en dificultades de las que difícilmente podrá salir. No mencionemos su escasa legitimidad, dada la tenebrosa forma en que llegó al poder en el 2000. Tampoco tiene caso detenernos a examinar su reacción ante los atentados del 11 de septiembre de 2001, gracias a los cuales pudo implantar una serie de medidas de corte fascista, que le permitieron consolidar su beligerante proyecto.


Lo que vale la pena examinar, empero, es su actuación antes de la guerra que lanzó contra Saddam Hussein en Irak: la manipulación de los medios para convencer a su pueblo de que ese dictatorzuelo levantino representaba una amenaza mundial, gracias a que contaba con armas de destrucción masiva. Las investigaciones han determinado ahora (y lo determinaron desde entonces, sólo que Dobleú maniobró para acallarlas) que tales armas —y por consiguiente tal amenaza— nunca existieron más que en la "inteligencia" fabricada por los halcones de Washington.


Todo se paga en esta vida, pese a quienes afirman la existencia de otra en la que vamos a pagar culpas o a recibir recompensas. Y así, Dobleú ya está empezando a recibir la factura de sus acciones. La investigación llevada a cabo por el fiscal Patrick Fitzgerald sobre la revelación de la identidad de Valerie Plame como agente de la CIA, apunta hasta ahora a los asesores del vicepresidente y presidente, Lewis Libby y Karl Rove, respectivamente, como origen de esa revelación que, en Estados Unidos, constituye un delito. Agravada por el hecho de que ambos personajes hubieran afirmado anteriormente no saber nada del asunto.


Las lodosas aguas de este escándalo ya están llegando a los aparejos del vicepresidente Dick Cheney y no tardarán en alcanzar a la Oficina Oval. ¿No me lo quieren creer? Si buscan el término "failure" (fracaso) en Google, el primer resultado obtenido es la biografía oficial de Jorgito Dobleú en el sitio Web de la Casa Blanca. Google no puede estar equivocado. Tecumesh menos.

09 octubre, 2005

Las leyendas de El código da Vinci

A partir de la novela El código da Vinci, en la que el escritor Dan Brown explora la descendencia de Jesucristo a través de María Magdalena, ha surgido un insólito fenómeno de culto al que no han sido ajenas instituciones que uno podría considerar “serias”, desde universidades que le consagran seminarios hasta el History Channel que le dedicó un programa a su análisis.


Antes de meterse en Honduras, hay que tomar en cuenta el simple hecho de que se trata de una novela. De una ficción, pues y por mucho que se diga que se non è vero, è ben trovato, no podemos tomar lo que se dice en el libro como si fuera verdad. Por lo tanto, toda búsqueda de conexiones entre las claves de la obra y la realidad, al partir de una ficción, está condenada al fracaso de antemano.


Uno de los puntos fuertes de la novela es el juego de palabras que se ha querido hacer con el santo grial y la sangre real, la línea sucesora de Cristo que supuestamente fue a establecerse a Francia y subsiste a la fecha. Trazar la etimología de grial al francés es una inconsecuencia, ya que esta palabra tiene un origen totalmente distinto.


El autor de la leyenda del grial es Christian de Troyes, quien en su Romance de Percival alude a este objeto como graal. La tradición quiere que sea la copa usada en la última cena de Jesús y sus discípulos, así como la utilizada por José de Arimatea para recoger la sangre de Cristo cuando éste se encontraba en la cruz. A este objeto se le atribuyen, claro está, poderes mágicos.


Pero grial (o graal) se deriva del latín gradale, que significa charola honda o escudilla, y también se identifica con el plato usado para servir el cordero pascual en la última cena. Y para complicar las cosas, Christian de Troyes describe a ese objeto tan tachonado de piedras preciosas, que “las candelas perdieron su brillo, como ocurre con las estrellas al salir el sol”. Sea copa o sea charola, no vemos cómo unos simples pescadores pudieran estar en posesión de tan preciado objeto y usarlo en una cena, por muy pascual que fuera o por muy la última que habrían de tener con su maestro.


Siempre ha causado polémica la relación de Cristo con María Magdalena. Nikos Kazantzakis, en La última tentación (1951), pone a esta mujer pública como el amor imposible de un Jesús desgarrado entre su vocación de mesías y la tentación de llevar una vida humana (que, de hecho, es la tentación a la que alude el título de su libro). Pero la identidad de María Magdalena no está bien definida. Se dice que se le llama Magdalena por ser originaria de Magdala, poblado cercano al lago Tiberiades. Pero el origen de su nombre también podría ser una expresión talmúdica que significa “mujer de pelo rizado”, rasgo que identificaba a las mujeres adúlteras. Si así fuera, la Magdalena podría ser María hermana de Marta y de Lázaro, originarios de Betania.









La Magdalena atribuida a da Vinci

La leyenda señala que, tras la muerte de Cristo, María, Marta y Lázaro se embarcaron y llegaron a las costas meridionales de Francia, propiamente a Marsella, de donde Lázaro fue el primer obispo. Sin embargo, la investigación arequeológica ha demostrado que el Lázaro obispo de Marsella no es el mismo resucitado por Jesús. De hecho, dicha leyenda data del siglo XII; antes de esa fecha no hay ninguna alusión a esa improbable travesía emprendida, siempre según la leyenda, en un barco sin remos, velas ni timón. Por lo demás, tradiciones anteriores sitúan en Éfeso el destino de la Magdalena, donde se dice que murió y de donde, en el año de 886, sus reliquias fueron trasladadas a Constantinopla.


En fin, ¿qué nos queda de El código da Vinci tras asumir como leyendas la del santo grial y la descendencia de María Magdalena? Un buen relato, sin duda. Un cuento, una ficción, una novela, como por lo demás se nos advierte desde la portada del libro. ¿Quién que esté en sus cabales la va a tomar por verdad? El reguero de falacias y conjeturas que se ha tejido en su torno, lejos de explicar “las claves” del supuesto código, sólo ha servido para que hagan su agosto algunos vivales que uncen su carro de buhonero de mentiras a un fenómeno de librería.

06 octubre, 2005

Segundo aniversario, segundo

Vengo a caer en la cuenta de que este blog acaba de cumplir dos años. Muy con las justas, pues en realidad estos últimos meses lo había abandonado a su suerte y estuvo a punto de no llegar a su segundo cumpleaños. Otras empresas me habían robado no el tiempo sino la voluntad de seguir exponiendo por escrito más pensamientos que sentimientos, más reflexiones que vivencias. No es éste un diario de mi vida, sino un bloc de notas (como propondría que dijéramos en lugar de blog), muchas de ellas apresuradas e incompletas. Alguna vez, al exponer no recuerdo qué faceta de la estupidez humana, recibí el comentario de una admirada bloguera, en el que me deseaba suerte en mi empeño de educar a la gente. En realidad mi propósito no es tan altruista. Este rincón de la red quiere ser un lugar de ejercicio mental, de práctica de redacción, de desahogos personales, de consignación de cosas admirables o execrables, pero nunca tendrá una aspiración didáctica. El lector puede respirar aliviado: no intento enseñar nada, ni señalar caminos ni imponer criterios.


No obstante, la humanísima tendencia a no estar de acuerdo con los demás hace que algunas personas se sientan obligadas a aprovechar el cuadro de comentarios para manifestar su disidencia con mis opiniones o, de plano, dejar por escrito insultos personales dirigidos contra una persona de la que sólo saben que tuvo la paciencia de expresar una opinión. Esos comentarios los he dejado no por respetar la libre expresión de las ideas, sino porque considero que le dan un poco de sazón al tono por lo general serio que yo suelo emplear. Así, el lector podrá disfrutar esos monumentos levantados a la mala ortografía y la pésima sintaxis. Y en contraste, mi prosa parecerá límpida y esplendente. Sólo recuerdo haber borrado un comentario, el de una persona que abusaba de los adjetivos peyorativos para referirse a todo un pueblo. Lo eliminé por respeto al pueblo judío, del que han salido tantas personas admirables (sin que esto signifique que no hayan salido personas admirables de otras partes), pero también porque no quiero que este bloc quede rayoneado con palabras de tan bajo nivel.


Y hablando de los comentarios, quiero expresar mi asombro por haber recibido en los últimos días variados insultos por una nota publicada hace más de un año. No quiero mencionar el tema, pues eso fue precisamente lo que causó una lluvia de comentarios, tan tupida que hizo que mi servicio de estadísticas se saliera de madre. Y aunque ya no tengo activado ese servicio (que en realidad sólo servía para reconfortar o deprimir mi ego, al ritmo del número de lectores), pienso que el sujeto en cuestión no merece más consideración que la que ya le di en su momento.


En fin, inicié este bloc motivado por la lectura de muchos otros. Supongo que ése ha de ser el proceso seguido por la mayoría de los ciudadanos de la blogosfera. Y lo he mantenido por estar satisfecho con sus resultados. Espero llegar con el mismo ánimo a su tercer aniversario.

03 octubre, 2005

Turquía a las puertas de Europa, otra vez

A último minuto se levantó el bloqueo interpuesto por Austria a las negociaciones de adhesión de Turquía con la Unión Europea, y éstas pudieron iniciarse el día de hoy en Luxemburgo. Viena insistía en que en el texto del marco de las negociaciones se contemplara la posibilidad de que éstas no desembocaran en el ingreso de Ankara. La maniobra apuntaba sencillamente a impedir que se consagrara en el documento que el objetivo de las negociaciones de adhesión con Turquía era, precisamente, la adhesión de Turquía a la Unión Europea.


Quien considere inexplicable la postura austriaca —que se enfrentó a los otros 24 miembros de la Unión en ese tema— deberá considerar que desde hace siglos Austria no sólo ha visto con desconfianza a los turcos, a quienes repelió en la batalla de Viena de 1683, sino que además se ha considerado la defensora del catolicismo ante los embates del islam y las veleidades de la reforma protestante.


No es de extrañar, pues, que en esta ocasión haya sido Austria la que se haya opuesto soterradamente al ingreso de Turquía en la Unión Europea, lo que equivale a abrirle las puertas de Europa a su enemigo histórico. El gobierno de Viena interpretaba así el deseo de sus ciudadanos, 90 por ciento de los cuales se opone abiertamente a la adhesión turca. Y puso casi como condición que, en todo caso, se examinara también la candidatura de Croacia, en suspenso debido a la poca colaboración de Zagreb para enjuiciar a los croatas que cometieron crímenes de guerra durante la guerra provocada por el desmembramiento de Yugoslavia (1991-1995).


Así, la ministra austriaca de relaciones exteriores, Ursula Plassnik, defendió la negativa a aceptar el inicio de las negociaciones con Turquía con una intransigencia que sólo cedió a última hora. Casi simultáneamente al anuncio de la apertura de los debates, la presidenta del Tribunal Penal Internacional de La Haya, Carla del Ponte, declaró que Croacia “estaba colaborando plenamente” con dicha institución en la búsqueda de los criminales de guerra. De inmediato, la Comisión Europea anunció que se empezaría a considerar la candidatura de Croacia. En pocas palabras, Austria aceptó negociar con su enemigo si también se admitían las negociaciones con el país que por tanto tiempo fuera parte de su imperio, desde 1526 hasta 1918.


Estas referencias históricas, lejos de ser banales o simples adornos de erudición, permiten entender las alianzas y animosidades que existen entre las naciones, aun después de siglos. No fue gratuito que Austria fuera el primer país en reconocer la independencia de Croacia en 1991 (hecho que algunos observadores suman a la lista de factores que desencadenaron la guerra), deleitada en volver a acoger en el seno del mundo occidental a su discípulo, descarriado durante más de 71 años por los caminos del socialismo titoísta. Por lo demás, por la misma razón, Croacia es una república mayoritariamente católica. Junto con Eslovenia, contrastaba así con el cristianismo ortodoxo de los serbios, montenegrinos y macedonios y el islam de los bosnios.


La Unión Europea rechazó en su proyecto de constitución toda alusión a los valores cristianos como base de la cultura europea. No tanto por respeto a las minorías que profesan otras confesiones, sino más que nada en reconocimiento del laicismo que reina incluso entre quienes se dicen seguidores del mensaje de Cristo. Hizo bien, por supuesto. Pero si quiere ser congruente consigo misma deberá encontrar la forma de aceptar en su seno a un país mayoritariamente musulmán como Turquía. Sólo así creeremos que la Unión no se trata, como acusara el primer ministro turco Recep Tayyip Erdogan cuando estaban empantanadas las negociaciones, de un “club cristiano”.

01 octubre, 2005

2 de octubre no se olvida



El 2 de octubre de 1968 murió mi tío. No en Tlaltelolco, no: murió de alguna afección cardiaca o pulmonar en la madrugada. En la tarde de ese día, pues, estábamos en la agencia Sullivan de Gayosso, en el velorio. El entierro sería hasta el día siguiente, pues mi tía quiso esperar a la llegada de sus hermanos desde Monterrey.


No recuerdo muchos detalles del velorio. Sólo que ya caída la noche empezó a correrse la voz de que algo terrible había pasado en Tlaltelolco. Ese nombre no me decía nada, en realidad. Como integrante de la primera generación que creció con la televisión, sólo sabía que era un lugar donde se llevaba "un nivel de vida superior", según decía la publicidad que vendía los departamentos de esa unidad habitacional.


Los informes que recibimos esa noche en Gayosso eran vagos y confusos. Sólo se hablaba de un violento enfrentamiento entre soldados y estudiantes, con el consecuente saldo de víctimas fatales. Así eran las cosas o, al menos, así se les decía en esos tiempos. El movimiento estudiantil se reducía a un enfrentamiento entre soldados y estudiantes, entre las fuerzas del orden y los "revoltosos" y "agitadores" o entre el aparato represivo del estado y el movimiento democrático popular, como decíamos en las asambleas y reuniones del Comité de Huelga.


A fines de julio de ese año, yo había llegado como siempre a mi escuela por la mañana (entraba a las 7:00 am) para encontrármela cerrada y tomada por un grupo de compañeros. Yo estaba en tercer año de secundaria, en la Prevocacional número 3 del IPN, situada en la calle de Mar Mediterráneo. Desde antes de llegar a la puerta me llamó la atención el alboroto y los grupos que estaban en la calle, cosa rara dada la disciplina que se nos imponía aun antes de entrar en el plantel. Alguien me dijo que los compañeros del turno vespertino, en el que funcionaba una escuela de nivel técnico, habían tomado la escuela y declarado huelga.


Los "de la tarde" eran mucho mayores que nosotros, los "de la mañana", y con ellos no teníamos ningún contacto, dada la diferencia de horarios. Pero recientemente había habido votaciones para renovar la sociedad de alumnos y yo había participado en la campaña dibujando carteles. Así, ese día de fines de julio, al llegar a la puerta (aunque ya me habían dicho que no iba a poder entrar, quise comprobarlo por mí mismo) me encontré con uno de los compañeros con los que había trabajado en la campaña y él me franqueó el paso.


Una vez adentro, él me pidió que ayudara haciendo carteles "para explicarle al pueblo lo que realmente está pasando". Yo no sabía lo que estaba pasando; creo que nunca supe lo que realmente sucedió esos meses. Y dudo de que alguien sepa "toda la verdad". Pero en esos momentos eso no importaba, qué caray. Yo tenía 15 años y se me estaba pidiendo que hiciera caricaturas de Díaz Ordaz, uno de mis pasatiempos favoritos. ¿Cómo iba a negarme? Además, la opción era regresarme a mi casa. ¿Qué iba yo a hacer ahí una mañana entre semana? Así fue como me integré en el Comité de Huelga de la Prevo 3.



Recuerdo el encabezado del Excélsior el 3 de octubre: "Recios combates al dispersar el ejército un mitin de huelguistas". Fue hasta entonces cuando me di cuenta de que algo muy parecido al destino me había librado de estar en la plaza la tarde anterior. Muy a pesar de los deseos de mi madre, yo había participado en varias manifestaciones en los meses anteriores. Incluso me había quedado algunas noches en la escuela, haciendo guardia. Y aunque no recuerdo haber tenido la intención de ir a la marcha del 2 de octubre (originalmente estaba convocada como marcha que saldría de la plaza de las Tres Culturas, aunque después los organizadores decidieron cancelarla y convertirla en mitín) es muy probable que hubiera ido, de no haber ocurrido el fallecimiento de mi tío.


Después de su entierro, mis tíos se regresron a Monterrey. Mi madre, legítimamente preocupada por lo que nos pudiera pasar a mí y a mi hermano, que también llegó a ir a algunas marchas (él estaba ya en la vocacional), les pidió que nos llevaran con ellos, para alejarnos de los peligros. Lo mismo decidieron otros tíos y, de ese modo, el 5 o 6 de octubre, cinco primos nos fuimos a bordo de la camioneta pick-up de mi tío rumbo a Monterrey. De ese viaje regresamos a principios de diciembre, cuando ya empezaba a amainar la fuerza de la huelga y algunas escuelas habían sido devueltas a las autoridades. Ese regreso fue muy triste, pues lo cubría una sensación de derrota. Pero de eso hablaré en otra ocasión.

29 septiembre, 2005

El dilema de la cancillería alemana

En Alemania se ha abierto una crisis de representatividad, en la que está en juego el reparto del poder en un país donde el equilibrio de fuerzas no permite distinguir con claridad sus modalidades.


La actual oposición, los conservadores de la Unión Demócrata-Cristiana (CDU, conocida en el estado de Baviera como Unión Social-Cristiana, CSU) obtuvieron 225 escaños en las elecciones del 18 de septiembre, superando por tan sólo tres a los del gobernante Partido Social-Demócrata (SPD), que obtuvo 222 asientos en el parlamento federal. Este ligerísimo margen, en cierta medida, justifica que los democristianos reclamen para sí la titularidad del gobierno, específicamente para su abanderada, Angela Merkel.


Pero los social-demócratas, encabezados por el canciller Gerhard Schröder, no ven que esa ventaja signifique que deban soltar las riendas del poder e insisten en que debe formarse una alianza amplia para formar al futuro gobierno. Es muy probable que de ahí salga la solución a este rompecabezas, dado el tono optimista que rodeó la reunión de Schröder y Merkel, celebrada ayer en Berlín.


Sin embargo, optimismos aparte, ha quedado en suspenso la cuestión central, es decir, en quién recaerá la jefatura del gobierno surgido de esa coalición. La estrategia seguida hasta ahora ha sido dejar de lado esa cuestión tan espinosa, en espera de que los resultados de las elecciones en Dresden, capital de Sajonia, aclaren un poco el panorama e inclinen el fiel de la balanza con más claridad.


Entre tanto, periodistas, redactores y demás tundeteclas de habla hispana contemplamos angustiados la posibilidad de que una mujer ocupe la cancillería alemana. En efecto, ¿cómo llamaríamos a la señora Angela Merkel, en caso de que se salga con la suya y llegue a la jefatura de gobierno? Si le decimos la canciller, no faltarán voces de protesta que nos acusen de desdén hacia el género femenino (sí, esas mismas voces que hablan de las mexicanas y los mexicanos; no que sean muy de tomarse en cuenta, pero, ah, ¡qué bien fastidian!). Y si le decimos la cancillera, podemos estar seguros de que llegará algún purista a refregarnos en la cara el diccionario de la Real Academia, en el que claramente se indica que cancillera es la cuneta o el canal de desagüe en las lindes de las tierras labrantías, definición que de ningún modo tiene nada que ver con las funciones de gobierno.

25 septiembre, 2005

prueba

Hagamos una prueba de resucitación.

09 agosto, 2005

El triunfo del terrorismo

Si nos atenemos a la definición de que el terrorismo tiene por objetivo causar el terror, hemos de reconocer que ha triunfado. Baste para muestra la ejecución sumaria y extrajudicial de Jean Charles de Menezes, joven brasileño de 27 años, abatido de cinco balazos en pleno rostro por agentes de la policía británica, en un andén del metro londinense. ¿La causa? Para los policías de civil, el joven fue culpable de parecer sospechoso de terrorista. Con ese antecedente, cualquier ciudadano británico de tez morena corre el riesgo de caer víctima de esta guerra contra el terrorismo, desatada por George W. Bush y aplaudida y fomentada, entre otros, por el primer ministro británico Tony Blair.

El terror, pues, no se limita a la hora y el lugar de los atentados: se extiende y nos sale al paso por todas partes. La psicosis invade los sitios públicos y la gente tiende a evitarlos. Los terroristas han encontrado un aliado insospechado en las autoridades encargadas de combatirlos. Las medidas draconianas, la suspensión de garantías, el virtual estado de sitio y la consigna "tiren a matar" dada por Ian Blair, jefe de Scotland Yard, convierten a los londinenses en rehenes, en ciudadanos temerosos de salir de sus casas, recelosos de cualquiera que les parezca "diferente".

Y en eso estriba la victoria de los terroristas, cuya lucha no es contra objetivos militares ni civiles, sino contra los valores en los que se sustentan sus enemigos: la separación de la iglesia y el estado, el laicismo como moral pública, el respeto por los derechos humanos y todo lo que se engloba como base de la civilización occidental.

¿Tenía razón Huntington? ¿Asistimos a su anunciado choque de civilizaciones? A primera vista sí, pero no podríamos reducirlo a una batalla de moros y cristianos. Aunque la bandera sea religiosa, las motivaciones son más profundas y sería un error confundir este enfrentamiento con una batalla entre la Cruz y la Media Luna.

En este combate, la mentalidad policiaca recomienda extremar las precauciones, redoblar la vigilancia y desconfiar de cualquiera con aspecto de extranjero. En pocas palabras, suprimir o al menos acotar las libertades civiles, los derechos humanos o las garantías individuales, como suelen denominarse a las conquistas tan fatigosamente alcanzadas en el largo proceso civilizatorio. La gran paradoja de esta situación es que el hombre civilizado debe renunciar a esa condición para defenderse del bárbaro. Y al renunciar a ella, al descender al nivel del bárbaro, éste logra ipso facto su objetivo: privar al hombre civilizado de las ventajas que supone su condición, herir de muerte los valores democráticos sustituyéndolos mediante regímenes que prácticamente gobiernan por medio de decretos, prescindiendo de los contrapesos institucionales, obviando la opinión pública e imponiendo en la vida cotidiana un estado de cosas no muy diferente al régimen totalitario por el que suspiran los terroristas.

El problema es que en la lucha contra el terrorismo, la vía diplomática está cerrada. Al-Qaida no es un estado, ni siquiera una organización, con la que pudiera negociarse. Por lo demás, su única proclama hasta ahora es la destrucción de Occidente, cosa que éste no puede negociar por obvias razones.

El dilema, pues, es que el combate de la civilización contra la barbarie, en los términos planteados por el terrorismo yijadista (un combate difuso, sin un enemigo preciso, sin contornos, sin posibilidad de cantar victoria), requiere que el hombre civilizado abdique de sus principios. Los detenidos en Guantánamo sin derecho a juicio justo, los civiles muertos en Irak en las operaciones "contra-insurgentes", el joven asesinado en el metro de Londres, la suspensión de garantías y el clima de persecución en Estados Unidos son otros tantos triunfos del terrorismo.

Los terroristas no tienen necesidad de derrocar regímenes --como era el caso del guevarismo de los movimientos guerrilleros de los sesenta y setenta-- para imponer su ideología. Ésta se filtra y le llega a la población en forma de la doctrina de la "seguridad nacional", en aras de la cual hay que aceptar la reducción de libertades civiles. La gente común y corriente vive en sicosis de guerra.

Y se vive un fenómeno curioso en el ámbito religioso: seguramente como reacción, la gente se aferra más a sus creencias, las enarbola y pregona pensando que de ese modo se defiende del enemigo. Otro error. Al refugiarse en su religión en busca de protección ante el fanatismo del bárbaro, el occidental civilizado le da la razón a aquél y convalida su visión mágica del mundo. Así es, el terrorista no sólo trata de imponer el terror sino también la creencia de que vivimos en un mundo regido no por las leyes de la ciencia sino por los caprichos de dioses sanguinarios, que luchan entre sí por nuestra alma inmortal.

21 julio, 2005

Terrorismo y mesianismo

Ya se había tardado la prensa en reproducir, sin ningún asomo de razonamiento, el uso demagógico del "11-S" en el caso de los atentados de Londres. Así, ahora vemos que los designan del modo impuesto por la retórica bushista: el 7-J.

Los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York y Washington constituyeron la partida de nacimiento del régimen de George W. Bush, dándole a éste el pretexto ideal de lanzar una cacería de brujas, amedrentar a su población y justificar medidas de corte fascista, encarnadas en la llamada ley USA PATRIOT (este nombre es una sigla que significa algo así como "Para unir y reforzar a Estados Unidos, dotándolos de las herramientos apropiadas requeridas para interceptar y obstruir el terrorismo" [Uniting and Strengthening America by Providing Appropriate Tools Required to Intercept and Obstruct Terrorism], por lo que en rigor no se debe traducir como "ley patriota").

Carente de legitimidad en las urnas, Bush aprovechó los atentados (aunque los teóricos de la conspiración aseguran que no fue ajeno a ellos) para presentarse ante su pueblo como el salvador de mano dura que requería el país en esa hora de aflicción. Uno de sus recursos fue presentarle a un enemigo extraño, perteneciente a otro mundo cultural, hablante de una lengua incomprensible y adorador de un falso dios. Así, Oussama ben Laden encarna al mal puro, al odio que siente el mundo contra Estados Unidos. Este odio, claro, no se explica por los actos mismos del régimen estadounidense, sino por la envidia que sienten todos aquellos que no tuvieron la fortuna de nacer en su suelo. Pero el pueblo (el "público", como le dicen allá) necesita más que una figura odiosa, por lo que el gobierno de Bush decidió darle también una fecha memorable, representada de la forma más abstracta posible para que fuera el régimen el que la llenara de significado. Así nace el "once nueve" (o "nueve once", siguiendo la costumbre inglesa de mencionar primero el mes) o el "11-S". Unos cuantos le dicen el "once de septiembre" y muy pocos (hasta ahora sólo he visto ese uso en Le Monde) le añaden el año, en aras de la precisión.

Un atentado terrorista es un crimen horrendo. Y no deja de ser bochornoso que un régimen, aun el de Bush, quiera basar su legitimidad en él. Por eso es mejor designarlo con otro nombre, para que su mención no evoque la tragedia y el dolor. En la imaginería popular, el 11/9 es una fecha conmemorativa del resurgimiento del patriotismo estadounidense: la bandera vuelve a ondear por todas partes y se ve con recelo a todo aquel que no se alinee con la doctrina oficial. El mesianismo de Bush, criticable en otras condiciones, resulta lo más adecuado para hacer frente al fanatismo religioso de los "otros".

Después de los atentados de Madrid, el 11 de marzo de 2004, la prensa retomó la designación impuesta por los intereses de Bush y compañía y los designó como "11-M", feliz de contar con un modelo en la siempre difícil labor de cabecear sus notas. Pero no hay que dejarse engañar por las semejanzas. Los atentados de Atocha tuvieron el efecto contrario de los atentados de las Torres Gemelas. El manejo informativo que de ellos hizo el gobierno de José María Aznar prácticamente provocó su caída, pues trató de engañar a la opinión pública achacándolos a la ETA para no tener que reconocer que su implicación en la guerra de Irak había vuelto a España blanco del terrorismo de al-Qaida. Pocos días después, los españoles demostraron en las urnas lo que opinaban de la versión oficial y sacaron al Partido Popular de Aznar del palacio de la Moncloa.

Ahora se da un caso parecido en Londres donde se impulsa la teoría de los "terroristas solitarios", para ocultar la evidencia de que su apoyo a la guerra en Irak es la motivación del atentado. Bastante trabajo le va a costar al gobierno de Tony Blair convencer a su pueblo de que su alineación con la política estadounidense no tiene nada qué ver con el hecho de haber sido blanco de los ataques. Primero, porque la pista de al-Qaida está por todas partes. Desde la atribución reclamada por un grupo perteneciente a esa red, hasta el modus operandi. Tampoco es posible descartar la pista pakistaní: tres de los cuatro autores de los atentados son de familia de inmigrantes pakistaníes y estuvieron en Pakistán recientemente. Y no es posible descartar a Pakistán dado que este país se convirtió en refugio de los talibanes a la caída del régimen teocrático de Afganistán, en noviembre de 2001.

No obstante, en la premura de la hora del cierre, la prensa no se detiene a razonar ni a hacer distingos. ¿Se trata de un atentado? ¡Ea, vamos a designarlo con la fecha, tal como ya nos enseñó a hacerlo Bush! Y así, en periódicos supuestamente "progres", empezamos a ver el "7-J" empleado a diestra y siniestra. Al parecer, el afán es poblar el calendario con fechas conmemorativas que nos mantegan en las trincheras de la lucha contra el otro, designado en estos tiempos de posguerra fría como "terrorista islamista".

20 abril, 2005

Habemus papam

Para dar muestras de unidad, en estos tiempos turbulentos en los que a los ojos del mundo, la Iglesia Católica parece dividida entre dos fuertes corrientes —que para efectos de simplificación podríamos llamar “conservadora” y “reformista”—, el cónclave iniciado el lunes para elegir al sucesor de Juan Pablo II anunció, apenas 26 horas después, la elección del cardenal alemán Josef Ratzinger como nuevo papa, con el nombre de Benito XVI.

Si consideramos que los ocho cónclaves precedentes, los sucedidos en el siglo XX, duraron en promedio tres días, la celeridad con la que los cardenales se pusieron de acuerdo en esta ocasión manifiesta el deseo de distanciarse de las disputas que atraviesan por las diversas corrientes de la Iglesia. Pero hay más. La elección del cardenal Ratzinger apuntala la continuidad en el rumbo de la Iglesia, refuerza el control doctrinario, favorece a las corrientes conservadoras, cancela el diálogo ecuménico —pese a las promesas de mantenerlo que hiciera el día mismo de su elección— y promete, como querían muchos, un reinado no muy largo, en virtud de la avanzada edad del ahora papa Benito XVI.

Al igual que Karol Wojtyla, Ratzinger asistió en calidad de experto al segundo concilio vaticano, en el que apareció favorable a las reformas de la Iglesia. Sin embargo, pocos años después, asustado por la “deriva materialista” de fines de los años sesenta —encarnada en los movimientos juveniles de 1968 en todo el mundo—, Ratzinger se replegó hacia un conservadurismo que habría de oponerlo a sus posiciones iniciales.

En 1978, tras haber sido obispo de Munich, Ratzinger fue nombrado cardenal, todavía por Pablo VI (recordemos que ese año hubo tres papas). Y en 1981, Juan Pablo II lo colocó en la prefectura de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Para quienes el nombre de esta oficina no les diga nada, debemos señalar que es la heredera del Santo Oficio, mejor conocida como inquisición.

En su cargo de gran inquisidor, y como allegado de Juan Pablo II, Ratzinger estuvo en el origen de muchas de las tomas de postura que causaron el encono de la Iglesia con los sectores progresistas. Fue inspirador y ejecutor de los castigos aplicados a los sacerdotes de la teología de la liberación. A través de sus instrucciones, Ratzinger defendió las tesis más conservadoras, atacando en especial la ordenación femenina, el matrimonio homosexual, la planificación familiar y las investigaciones médicas con células de fetos. En su Donum vitae, de 1987, criticó la procreación humana con ayuda médica (única esperanza de tener hijos para algunas parejas) y en Dominus Iesus proclamó tajante la supremacía de la Iglesia Católica sobre todas las demás confesiones.

Aparte del deseo de mantener la unidad y la continuidad en un pontificado de transición, la elección de Ratzinger sin duda obedece a factores más humanos. Ciento quince de los cardenales asistentes al cónclave fueron nombrados por Juan Pablo II y, por tanto, no tenían ninguna experiencia en este tipo de procedimientos. Asimismo, si su fidelidad como cardenales estaba con Juan Pablo II, fue natural que se inclinaran por aquel a quien veían no sólo como su heredero espiritual, sino como el inspirador de las grandes líneas doctrinales de su pontificado.

La llegada de Ratzinger a la cabeza de la Iglesia Católica no suscita esperanzas sino miedo en los sectores progresistas. Las urgentes reformas de la Iglesia habrán de esperar tiempos mejores.