Hasta después de muerto, Oussama Ben Laden sigue siendo un dolor de cabeza para Estados Unidos. Cuando el gobierno de Washington tuvo una convicción más o menos certera del paradero del terrorista saudita ahora Pakistán pretende que fueron sus servicios secretos los que dieron el pitazo decisivo, Barack Obama se enfrentó a dos opciones: un ataque aéreo contra el conjunto residencial o una operación terrestre a cargo de un comando de las fuerzas especiales de la armada (las ahora cubiertas de gloria Navy Seals). Se decidió por éstas, en principio para evitar bajas civiles (muy mal vistas por la opinión pública, especialmente después de las sonadas meteduras de pata en Afganistán) pero también para tener la certeza de que se tratara del enemigo público número uno de Estados Unidos. No fuera a ser que los aviones no tripulados fueran a arrasar la casita del médico del pueblo, tan querido y respetado él.
En lo que seguramente los asesores de Obama llamaron «análisis de escenarios», ha de haber surgido la pregunta inevitable: ¿Lo queremos vivo o muerto? Primer escenario: lo capturamos vivo. ¿Qué hacemos con el cabrón, digo, con el «combatiente enemigo»? Llevarlo a Guantánamo cuando se está estudiando la posibilidad de cerrar el centro de detención inaugurado fuera de toda ley por el predecesor de Obama sería un contrasentido. Ponerlo en alguna prisión del territorio continental de Estados Unidos significaría meterle el susto de su vida a todo un pueblo, aterrorizado de estar pisando el mismo suelo que el enemigo jurado de su país, por no hablar de la posibilidad de que sus secuaces organizaran alguna operación de rescate, con todo y atentado para crear una distracción. Su juicio, por lo demás, seguramente sería un circo, que el demagogo aprovecharía como tribuna para lanzar sus gastadas diatribas contra el imperialismo, los sionistas, los cruzados y demás yerbas.
La balanza naturalmente se inclinó en favor del segundo escenario: encontrar a Oussama ben Mohammed ben Awad ben Laden y pegarle un tiro en la cabeza (o dos, para ir a la segura) que lo dejara muerto, lo que se dice muerto. Pero ese escenario planteaba al mismo tiempo otras preguntas. ¿Qué hacemos con el cadáver del cabrón, digo, del hoy occiso? Estando tan inmersos en la cultura del complot, no ha de haber faltado quien advirtiera que una buena proporción de la opinión pública estadounidense no iba a creer en la muerte de Ben Laden. Después de la «misión cumplida» de Jorgito Dobleú, los gringos están escaldados con las declaraciones triunfalistas y hasta al jocoque le soplan, es decir, dudan hasta de la autenticidad de las actas de nacimiento. Entonces no habrá faltado quien propusiera embalsamar al fiambre y pasearlo por todos los estados de la Unión, para que el pueblo se convenciera de que efectivamente su enemigo estaba liquidado definitivamente.
¿Quién habrá sido el que advirtió que eso sería un acto de profanación para los musulmanes? En efecto, la tradición islámica quiere que los difuntos sean entregados al reposo eterno menos de 24 horas después de haber fallecido. Acto que, por lo demás, va precedido por una ceremonia de purificación y amortajamiento del cuerpo. Hacer circular los despojos mortales de Ben Laden de feria en feria sería una contravención tan grave que todos los musulmanes, incluso quienes lo despreciaban, se sentirían ultrajados.
Por lo demás, repito, la paranoia conspiratoria de los gringos hubiera vuelto inútil ese ejercicio de transparencia. «¡Ése no es Ben Laden!», habrían repetido en Fox News los turiferarios de la derecha. «Yo vi sus videos en YouTube y nunca se estaba tan quietecito; ése ha de ser un doble.» «¿A quién quieren engañar? Ben Laden era mucho más joven que ése que están exhibiendo», diría alguno mostrando una foto del millonario saudita cuando, a sueldo de El Riad y de la CIA, se encargaba de repartir fondos y contratar muyahidines para combatir a los soviéticos en Afganistán, allá en los años ochenta del siglo pasado.
Obama se decidió por lo más razonable: liquidar al enemigo de su país pero respetando también sus creencias, para no dar la impresión de que se trataba de un acto en contra de una religión. Claro, y como era de esperarse, ya hay quien duda de la veracidad de los hechos. Pero esos ciegos voluntarios no se convencerían ni metiendo el dedo en el agujero que le abrieron en la cabeza a Ben Laden.
...porque la vida no es un experimento, sino una experiencia.
04 mayo, 2011
27 abril, 2011
Tren de pensamiento
Ayer estaba traduciendo un artículo sobre las aspiraciones presidenciales de Donald Trump, el magnate de las comunicaciones y los bienes raíces, y el autor mencionó la serie protagonizada por éste, llamándola «Celebrity Apprentice». No me sonó mucho el nombre, así que fui a consultarlo en la IMDB. Ahí pude comprobar que tenía razón, más o menos. En efecto, ése fue el título sólo de la séptima temporada. Ya que el bodrio de «reality show» ya va en su undécima temporada, decidi que era mejor usar el nombre más conocido, simplemente «The Apprentice».
Pero ahí mismo vi que Trump había tenido un quién vive con Jerry Seinfeld. Por lo visto, el comediante se negó -a última hora- a presentarse en un acto de recaudación de fondos organizado por la fundación que maneja el hijo del multimillonario. ¿La causa? Seinfeld no quería asociarse con alguien tan necio como Trump, que insiste en que -pese a las pruebas aportadas en su momento- el presidente Barack Obama no nació en Estados Unidos. Así es, Trump quiere encabezar al más o menos 25% de estadounidenses que dudan de la ciudadanía de su presidente. ¿Absurdo? Totalmente, pero no olvidemos que el próximo año es de elecciones en Estados Unidos y nunca es demasiado pronto para colocarse en una buena posición.
Tratando de ahondar en el pleito Seinfeld-Trump llegué a una página de YouTube, en la que vi un video en el que el comediante la emprende contra Larry King por haberle preguntado si su célebre programa, «Seinfeld», había sido cancelado por la televisora o si él mismo decidió no continuarlo. «¿No sabe quién soy yo?», le pregunta un irritado Jerry al desconcertado Larry, sintiéndose ofendido por la mera insinuación de que a él, ni más ni menos, le pudieran haber cancelado. Grave falta de Larry, claro, por hacer una pregunta que cualquier fan de Seinfeld responde de memoria. Y también, claro, pocas pulgas de Jerry, que no aguanta nada.
Entre las recomendaciones que encontré al lado de ese video estaba algo así como «los mejores momentos del nazi de la sopa», memorable personaje del programa de Seinfeld. Y al lado del video del nazi de la sopa estaba uno sobre la Alemania nazi de 1939, ¡en color! Me aventé los varios minutos que duró el corto y de ahí me eché varios más de tema nazi, hasta llegar al video del himno del partido, la canción de Horst Wessel. Yo ya la había oído, pero no sabía quién fue Horst Wessel. Claro, para eso está la Wikipedia (Wiki para los cuates), ¿no? Pues resultó que Horst Wessel fue un activista nazi, asesinado en 1930 por un pistolero desconocido. No obstante, posteriormente, ya con Hitler en el poder, su asesinato fue atribuido a un comunista (¡claro!) que fue ejecutado sin más. Este Horst Wessel fue autor de esa canción que, a su muerte y en su honor, fue adoptada como himno del partido y posteriormente, como segundo himno oficial de la Alemania nazi.
En fin, a estas alturas, y después de haberme despachado más de una hora de videos diversos, ya no me acordaba qué hacía ahí. ¿Qué onda con Donald Trump, entonces? Ah, sí, el artículo lo acabé una hora después. Con el escándalo que ha levantado el cabrón, ahora el propio Obama tuvo que intervenir y, al parecer, va a presentar la versión completa de su acta de nacimiento, cosa a la que se había rehusado para no hacerle el caldo gordo a estos pujadistas... ¿No saben lo que son los pujadistas? Búsquenlos en la Wiki... eso me quitó otra mañana completa de mi valioso tiempo y ahorita ando apurado por terminar.
Pero ahí mismo vi que Trump había tenido un quién vive con Jerry Seinfeld. Por lo visto, el comediante se negó -a última hora- a presentarse en un acto de recaudación de fondos organizado por la fundación que maneja el hijo del multimillonario. ¿La causa? Seinfeld no quería asociarse con alguien tan necio como Trump, que insiste en que -pese a las pruebas aportadas en su momento- el presidente Barack Obama no nació en Estados Unidos. Así es, Trump quiere encabezar al más o menos 25% de estadounidenses que dudan de la ciudadanía de su presidente. ¿Absurdo? Totalmente, pero no olvidemos que el próximo año es de elecciones en Estados Unidos y nunca es demasiado pronto para colocarse en una buena posición.
Tratando de ahondar en el pleito Seinfeld-Trump llegué a una página de YouTube, en la que vi un video en el que el comediante la emprende contra Larry King por haberle preguntado si su célebre programa, «Seinfeld», había sido cancelado por la televisora o si él mismo decidió no continuarlo. «¿No sabe quién soy yo?», le pregunta un irritado Jerry al desconcertado Larry, sintiéndose ofendido por la mera insinuación de que a él, ni más ni menos, le pudieran haber cancelado. Grave falta de Larry, claro, por hacer una pregunta que cualquier fan de Seinfeld responde de memoria. Y también, claro, pocas pulgas de Jerry, que no aguanta nada.
Entre las recomendaciones que encontré al lado de ese video estaba algo así como «los mejores momentos del nazi de la sopa», memorable personaje del programa de Seinfeld. Y al lado del video del nazi de la sopa estaba uno sobre la Alemania nazi de 1939, ¡en color! Me aventé los varios minutos que duró el corto y de ahí me eché varios más de tema nazi, hasta llegar al video del himno del partido, la canción de Horst Wessel. Yo ya la había oído, pero no sabía quién fue Horst Wessel. Claro, para eso está la Wikipedia (Wiki para los cuates), ¿no? Pues resultó que Horst Wessel fue un activista nazi, asesinado en 1930 por un pistolero desconocido. No obstante, posteriormente, ya con Hitler en el poder, su asesinato fue atribuido a un comunista (¡claro!) que fue ejecutado sin más. Este Horst Wessel fue autor de esa canción que, a su muerte y en su honor, fue adoptada como himno del partido y posteriormente, como segundo himno oficial de la Alemania nazi.
En fin, a estas alturas, y después de haberme despachado más de una hora de videos diversos, ya no me acordaba qué hacía ahí. ¿Qué onda con Donald Trump, entonces? Ah, sí, el artículo lo acabé una hora después. Con el escándalo que ha levantado el cabrón, ahora el propio Obama tuvo que intervenir y, al parecer, va a presentar la versión completa de su acta de nacimiento, cosa a la que se había rehusado para no hacerle el caldo gordo a estos pujadistas... ¿No saben lo que son los pujadistas? Búsquenlos en la Wiki... eso me quitó otra mañana completa de mi valioso tiempo y ahorita ando apurado por terminar.
03 septiembre, 2010
18 mayo, 2010
El país a la hora de la inseguridad
Optimista, la familia de Fernández de Cevallos llama a sus presuntos captores a negociar. Claro, tiene la confianza de poder satisfacer cualquier demanda económica, por exorbitante que pudiera parecer al común de los mortales. En alguna parte ya estará levantado el inventario los de casos en los que la víctima de un secuestro, incapaz de pagar su rescate, acabó rindiendo cuentas a su Creador. Y la desigualdad en la desgracia no puede más que sublevar a la gran mayoría de compatriotas.
Pero hay otros resultados posibles, otros "escenarios" como gustan de decir los que se rinden a la dominación del inglés. Que el cuerpo del ex diputado, ex senador, ex candidato presidencial y siempre abogado topillero aparezca sin vida al lado de algún camino vecinal queretense, cosido a balazos, desmembrado a machetazos o victimado de alguna otra más manera más imaginativa. Claro, siempre cabe la posibilidad de que aparezca de pronto, diciendo que no estaba muerto, sino que andaba de parranda. Pero no creo que ni siquiera su familia cobije tan remota esperanza.
Nadie debería de alegrarse de su desaparición, por supuesto. Un caso como éste constituye una tragedia para la víctima, sus familiares y allegados en la que nadie puede encontrar motivos de regocijo. Sin embargo, los turbios antecedentes del principal afectado han matizado declaraciones y reacciones, sin faltar quien afirme que la ausencia del torvo político-abogado-empresario será benéfica para el país. No podría secundar esta afirmación, no sólo por falta de datos precisos y confiables, sino porque, en términos más generales, no creo que la situación del país sea obra de un solo hombre. Vamos, ni siquiera el siniestro Fecalín podría ser tildado de responsable de todo (aunque su política de "seguridad", especialmente en el combate al narco, sea la causa principal de la inseguridad en que vivimos, muestra fehaciente de la cual la tenemos precisamente en el caso de Fernández de Cevallos).
Pienso que el país necesita más ciudadanos y menos políticos, más personas que actúen por su cuenta y que no dependan de las decisiones del gobierno para remediar su propia situación y la de sus allegados. Menos personas que culpen de todo a los políticos y, sobre todo, muchas menos personas que no esperen que esa ralea, corrupta, miope y egoísta, será la que a final de cuentas salvará al país y a su pueblo.
Pero hay otros resultados posibles, otros "escenarios" como gustan de decir los que se rinden a la dominación del inglés. Que el cuerpo del ex diputado, ex senador, ex candidato presidencial y siempre abogado topillero aparezca sin vida al lado de algún camino vecinal queretense, cosido a balazos, desmembrado a machetazos o victimado de alguna otra más manera más imaginativa. Claro, siempre cabe la posibilidad de que aparezca de pronto, diciendo que no estaba muerto, sino que andaba de parranda. Pero no creo que ni siquiera su familia cobije tan remota esperanza.
Nadie debería de alegrarse de su desaparición, por supuesto. Un caso como éste constituye una tragedia para la víctima, sus familiares y allegados en la que nadie puede encontrar motivos de regocijo. Sin embargo, los turbios antecedentes del principal afectado han matizado declaraciones y reacciones, sin faltar quien afirme que la ausencia del torvo político-abogado-empresario será benéfica para el país. No podría secundar esta afirmación, no sólo por falta de datos precisos y confiables, sino porque, en términos más generales, no creo que la situación del país sea obra de un solo hombre. Vamos, ni siquiera el siniestro Fecalín podría ser tildado de responsable de todo (aunque su política de "seguridad", especialmente en el combate al narco, sea la causa principal de la inseguridad en que vivimos, muestra fehaciente de la cual la tenemos precisamente en el caso de Fernández de Cevallos).
Pienso que el país necesita más ciudadanos y menos políticos, más personas que actúen por su cuenta y que no dependan de las decisiones del gobierno para remediar su propia situación y la de sus allegados. Menos personas que culpen de todo a los políticos y, sobre todo, muchas menos personas que no esperen que esa ralea, corrupta, miope y egoísta, será la que a final de cuentas salvará al país y a su pueblo.
04 mayo, 2010
Preparación para la vida
Nos pasamos toda la vida preparándonos. Esta preparación empieza desde que somos pequeños: ya en la cuna aprendemos a chillar para que nos alimenten. Después vendrá todo lo demás. Hay que aprender un idioma completo desde cero, sin que tengamos la más remota idea de la diferencia entre substantivos y verbos, ya no digamos de sus modelos de conjugación y declinación. Tenemos que aprender a caminar, cuando las piernitas apenas dan para sostenernos. Aprendemos a reconocer esa extraña sensación en las tripas y a «avisar» para que alguna alma caritativa nos lleve al baño. Tenemos que aprender a movernos en un mundo diseñado para gente varias veces más grande que nosotros; así aprendemos a apilar cajas en las sillas para alcanzar la caja de las galletas que la mamá guarda en lo alto de la alacena.
Todo esto lo soportamos porque, se nos dice, nos estamos «preparando». A la edad reglamentaria nos despachan a la escuela, a atiborrarnos la cabeza de números y operaciones, fechas y nombres, fechas y eventos, eventos y nombres. Aprendemos a relacionar el nombre de Hidalgo, con el evento de la independencia y la fecha de 1810. Memorizamos tablas de sumar y de multiplicar, los ríos de América, las capitales de Europa, los planetas de nuestro sistema solar. Memorizamos el Himno Nacional y aprendemos a marchar ordenadamente en nuestra fila el día de honores a la bandera.
Salimos de la escuela con la engañosa sensación de que ya terminamos de aprender, pero luego nos salen con que «hay que aprender de las experiencias». No quiero discutir aquí el dudoso valor de sacar lecciones de experiencias que, por ser éstas únicas e irrepetibles, serán lecciones que jamás nos van a servir. No, la cosa es aprender. «Madurar», dicen otros; «crecer», en la expresión de los más inclinados a la terminología psicologista divulgada por el Dr. Phil e imitadores.
Entonces también hay que aprender a convivir: con la familia, los amigos, los vecinos, los conocidos, los extraños que pasan a nuestro lado por la calle. Aprendemos a no golpearlos cuando nos irritan, a no insultarlos cuando ponen el radio a todo volumen, a no soltarnos en improperios cuando tropiezan con nosotros al bajar del camión. Adquirimos la capacidad necesaria para participar de una reunión, para platicar de intrascendencias o profundidades, para intercambiar raquetazos en la cancha y fingir que nos va la vida en la trayectoria que siga una pelota.
La vida sigue su curso y jamás le vemos el final a la dichosa «preparación». ¿Algún atribulado por ahí se habrá detenido a pensar para qué se está preparando tanto? Lo ignoro. Hasta ahora nadie ha sido el valiente que haya revelado tamaño misterio. Pero la perspectiva no es tan sombría. Tengo la seguridad de que llegará el momento en que pueda sentirme totalmente preparado para la vida. Ése será el momento de mi muerte.
Todo esto lo soportamos porque, se nos dice, nos estamos «preparando». A la edad reglamentaria nos despachan a la escuela, a atiborrarnos la cabeza de números y operaciones, fechas y nombres, fechas y eventos, eventos y nombres. Aprendemos a relacionar el nombre de Hidalgo, con el evento de la independencia y la fecha de 1810. Memorizamos tablas de sumar y de multiplicar, los ríos de América, las capitales de Europa, los planetas de nuestro sistema solar. Memorizamos el Himno Nacional y aprendemos a marchar ordenadamente en nuestra fila el día de honores a la bandera.
Salimos de la escuela con la engañosa sensación de que ya terminamos de aprender, pero luego nos salen con que «hay que aprender de las experiencias». No quiero discutir aquí el dudoso valor de sacar lecciones de experiencias que, por ser éstas únicas e irrepetibles, serán lecciones que jamás nos van a servir. No, la cosa es aprender. «Madurar», dicen otros; «crecer», en la expresión de los más inclinados a la terminología psicologista divulgada por el Dr. Phil e imitadores.
Entonces también hay que aprender a convivir: con la familia, los amigos, los vecinos, los conocidos, los extraños que pasan a nuestro lado por la calle. Aprendemos a no golpearlos cuando nos irritan, a no insultarlos cuando ponen el radio a todo volumen, a no soltarnos en improperios cuando tropiezan con nosotros al bajar del camión. Adquirimos la capacidad necesaria para participar de una reunión, para platicar de intrascendencias o profundidades, para intercambiar raquetazos en la cancha y fingir que nos va la vida en la trayectoria que siga una pelota.
La vida sigue su curso y jamás le vemos el final a la dichosa «preparación». ¿Algún atribulado por ahí se habrá detenido a pensar para qué se está preparando tanto? Lo ignoro. Hasta ahora nadie ha sido el valiente que haya revelado tamaño misterio. Pero la perspectiva no es tan sombría. Tengo la seguridad de que llegará el momento en que pueda sentirme totalmente preparado para la vida. Ése será el momento de mi muerte.
26 abril, 2010
Universalidad de la pedofilia
Resultaría muy fácil y simplista atribuir al celibato la pedofilia de los sacerdotes, cuyo descubrimiento, caso tras caso, país por país, últimamente ha sacudido a la jerarquía católica y confundido a sus fieles. Pero las cosas no son tan sencillas. Es obvio que la pedofilia no es una desviación propia del sacerdocio católico. En Europa, por ejemplo, prospera una bien organizada y protegida industria del turismo sexual, que lleva a respetables empresarios a satisfacer sus instintos con jovencitos del sureste asiático.
No, el celibato sacerdotal no es el único factor a considerar al analizar este trágico fenómeno. Podemos tener la seguridad de que, aun casado, un sacerdote pervertido por lo menos intentaría seducir a los menores a su cargo. La pedofilia no sólo satisface la lujuria por un cuerpo joven sino también y sobre todo el ansia de poder: la sensación de control que obtiene alguien con autoridad al someter a su víctima. Y la sumisión a sus vejaciones sexuales es, por así decirlo, la manifestación más acabada de esa sensación. El menor literalmente le entrega todo lo que tiene, su cuerpo y su dignidad humana, y el verdugo no puede concebir mayor satisfacción que ésa. Con un tronar de dedos puede obtenerlo todo. ¿Qué más puede pedir?
Pero también es innegable que la moral católica centrada en la condena a toda la sexualidad en su conjunto juega un importante papel en esto. Y el caso de los sacerdotes, sometidos a la obligación de sublimar su libido a nombre de un ideal espiritual, no puede ser más precario. En efecto, a un humilde curita de pueblo se le piden proezas que sólo los santos alcanzaron (al menos en la doctrina oficial). Armados con un débil conocimiento teológico y una embarrada de latín, los sacerdotes son enviados por el mundo, a redimir a una grey que pone en ellos más fe de la que ellos mismos sienten por sí mismos.
Hasta ahora no se han hecho escuchar aquellos sacerdotes no involucrados en estos lamentables hechos y que necesariamente constituyen una abrumadora mayoría. Este silencio se apega a la política de comunicación del Vaticano en general: aquello que no se menciona no existe o, al menos, tiene más probabilidades de desaparecer. Si Dios creó al Universo con la fuerza del verbo, la Iglesia Católica quiere hacer desaparecer sus problemas a fuerza de silencio.
Pero no sería muy aventurado conjeturar la vergüenza que han de sentir esos miles de sacerdotes al ver la explosión de estos escándalos: ver a sus hermanos en el sacerdocio sucumbir a la tentación de la carne; a sus superiores, los obispos (incluso el de Roma, también conocido como papa o sumo pontífice), encubriendo esto que no es sólo un pecado cuyo juicio incumbe a Dios, sino un delito tipificado y castigado por las leyes humanas, lo cual los vuelve cómplices y, en cierta medida, tan delincuentes y ruines como los pedófilos a los que protegen. Malos aires soplan para esta iglesia que parece haber perdido todo contacto con el mundo real, ese mundo al que dice querer redimir.
No, el celibato sacerdotal no es el único factor a considerar al analizar este trágico fenómeno. Podemos tener la seguridad de que, aun casado, un sacerdote pervertido por lo menos intentaría seducir a los menores a su cargo. La pedofilia no sólo satisface la lujuria por un cuerpo joven sino también y sobre todo el ansia de poder: la sensación de control que obtiene alguien con autoridad al someter a su víctima. Y la sumisión a sus vejaciones sexuales es, por así decirlo, la manifestación más acabada de esa sensación. El menor literalmente le entrega todo lo que tiene, su cuerpo y su dignidad humana, y el verdugo no puede concebir mayor satisfacción que ésa. Con un tronar de dedos puede obtenerlo todo. ¿Qué más puede pedir?
Pero también es innegable que la moral católica centrada en la condena a toda la sexualidad en su conjunto juega un importante papel en esto. Y el caso de los sacerdotes, sometidos a la obligación de sublimar su libido a nombre de un ideal espiritual, no puede ser más precario. En efecto, a un humilde curita de pueblo se le piden proezas que sólo los santos alcanzaron (al menos en la doctrina oficial). Armados con un débil conocimiento teológico y una embarrada de latín, los sacerdotes son enviados por el mundo, a redimir a una grey que pone en ellos más fe de la que ellos mismos sienten por sí mismos.
Hasta ahora no se han hecho escuchar aquellos sacerdotes no involucrados en estos lamentables hechos y que necesariamente constituyen una abrumadora mayoría. Este silencio se apega a la política de comunicación del Vaticano en general: aquello que no se menciona no existe o, al menos, tiene más probabilidades de desaparecer. Si Dios creó al Universo con la fuerza del verbo, la Iglesia Católica quiere hacer desaparecer sus problemas a fuerza de silencio.
Pero no sería muy aventurado conjeturar la vergüenza que han de sentir esos miles de sacerdotes al ver la explosión de estos escándalos: ver a sus hermanos en el sacerdocio sucumbir a la tentación de la carne; a sus superiores, los obispos (incluso el de Roma, también conocido como papa o sumo pontífice), encubriendo esto que no es sólo un pecado cuyo juicio incumbe a Dios, sino un delito tipificado y castigado por las leyes humanas, lo cual los vuelve cómplices y, en cierta medida, tan delincuentes y ruines como los pedófilos a los que protegen. Malos aires soplan para esta iglesia que parece haber perdido todo contacto con el mundo real, ese mundo al que dice querer redimir.
10 abril, 2010
Número equivocado
Estaba una tarde muy quitado de la pena, espulgándome las verijas, cuando de pronto sonó el teléfono.
¿El consultorio de la doctora Cárdenas? preguntó una voz gangosa al otro lado de la línea.
No, ésta es una casa particular.
Disculpe, número equivocado, repuso lacónicamente la voz y colgó.
¿«Número equivocado»? ¿Qué tiene de equivocado mi número? Que yo sepa, nunca se ha equivocado; quien quiere llamarme, lo marca y se comunica conmigo sin equivocación. Si alguien se equivocó en este episodio es sin duda el paciente de la susodicha doctora, no mi teléfono ni, mucho menos, este tecleador.
Pero así va la vida. Y a riesgo de que me llamen «semántico-materialista», he de agregar que esa forma de hablar es muy reveladora de una mentalidad que trata de eludir responsabilidades. «Yo no me equivoqué; fue el teléfono», dice alguien para justificar su error, cometido seguramente por marcar números con el mismo dedo que usa para picarse la nariz. Sería imposible que alguna vez oyéramos lo siguiente: «Disculpe, me equivoqué de número.» Imposible, pero sería lo correcto pues, repito, los números no tienen ni siquiera la posibilidad de equivocarse.
Lo mismo oímos cuando se habla de la víctima de una bala perdida: «Estaba en el lugar equivocado.» En estos casos, que implican la pérdida de una vida o al menos un atentado grave contra su integridad, el contrasentido es aun mayor. Un pistolero sea policía, militar o simple bandido dispara a ciegas y, como consecuencia, cae abatido un joven. ¡Ah! Pero en ese caso, se nos dice, no fue el agresor el causante del atropello: el lugar estaba «equivocado». ¡Maldito lugar! Clausúrenlo para que le sirva de escarmiento y no vuelva a equivocarse, causando la muerte de personas inocentes.
Y hablando de accidentes, esta mañana ocurrió uno que viene a confirmar el retorcido sentido del humor que tiene la Historia (sí, con mayúscula). Hace setenta años, en 1940, la élite del ejército polaco fue aniquilada por órdenes de Stalin. El grueso de esos asesinatos fue cometido en el bosque de Katyn, en el occidente de Rusia, cerca de la ciudad de Smolensk. Cuando el ejército alemán, en su retirada, descubrió la carnicería, los soviéticos rápidamente acusaron a los nazis de haberla perpetrado. Esa versión se mantuvo hasta que la glasnost de Mijaíl Gorbachov le permitió a éste reconocer la responsabilidad soviética. (Sí, podríamos decir que los 22,000 oficiales polacos estuvieron no sólo en el «lugar equivocado», sino también en el «momento equivocado». ¿A quién se le ocurre ser un oficial polaco en tiempos de Stalin?). Y hoy, por primera vez, se iba a realizar un homenaje a las víctimas, tan oficial que en él iba a participar el primer ministro ruso Vladimir Putin.
Pero hablábamos del retorcido sentido del humor de la Historia: al querer aterrizar en Smolensk, el avión que llevaba al presidente Lech Kacsynski, entre otros altos funcionarios, falló la maniobra, se estrelló y en el accidente perecieron todos los ocupantes. Entre éstos, además del presidente polaco, estaba el director del banco central, el jefe del estado mayor, familiares de las víctimas de la matanza de Katyn y numerosos intelectuales. «Es un lugar maldito», aseguró el ex presidente Aleksandr Kwasniewski. Menos mal que no dijo que es un «lugar equivocado».
¿El consultorio de la doctora Cárdenas? preguntó una voz gangosa al otro lado de la línea.
No, ésta es una casa particular.
Disculpe, número equivocado, repuso lacónicamente la voz y colgó.
¿«Número equivocado»? ¿Qué tiene de equivocado mi número? Que yo sepa, nunca se ha equivocado; quien quiere llamarme, lo marca y se comunica conmigo sin equivocación. Si alguien se equivocó en este episodio es sin duda el paciente de la susodicha doctora, no mi teléfono ni, mucho menos, este tecleador.
Pero así va la vida. Y a riesgo de que me llamen «semántico-materialista», he de agregar que esa forma de hablar es muy reveladora de una mentalidad que trata de eludir responsabilidades. «Yo no me equivoqué; fue el teléfono», dice alguien para justificar su error, cometido seguramente por marcar números con el mismo dedo que usa para picarse la nariz. Sería imposible que alguna vez oyéramos lo siguiente: «Disculpe, me equivoqué de número.» Imposible, pero sería lo correcto pues, repito, los números no tienen ni siquiera la posibilidad de equivocarse.
Lo mismo oímos cuando se habla de la víctima de una bala perdida: «Estaba en el lugar equivocado.» En estos casos, que implican la pérdida de una vida o al menos un atentado grave contra su integridad, el contrasentido es aun mayor. Un pistolero sea policía, militar o simple bandido dispara a ciegas y, como consecuencia, cae abatido un joven. ¡Ah! Pero en ese caso, se nos dice, no fue el agresor el causante del atropello: el lugar estaba «equivocado». ¡Maldito lugar! Clausúrenlo para que le sirva de escarmiento y no vuelva a equivocarse, causando la muerte de personas inocentes.
Y hablando de accidentes, esta mañana ocurrió uno que viene a confirmar el retorcido sentido del humor que tiene la Historia (sí, con mayúscula). Hace setenta años, en 1940, la élite del ejército polaco fue aniquilada por órdenes de Stalin. El grueso de esos asesinatos fue cometido en el bosque de Katyn, en el occidente de Rusia, cerca de la ciudad de Smolensk. Cuando el ejército alemán, en su retirada, descubrió la carnicería, los soviéticos rápidamente acusaron a los nazis de haberla perpetrado. Esa versión se mantuvo hasta que la glasnost de Mijaíl Gorbachov le permitió a éste reconocer la responsabilidad soviética. (Sí, podríamos decir que los 22,000 oficiales polacos estuvieron no sólo en el «lugar equivocado», sino también en el «momento equivocado». ¿A quién se le ocurre ser un oficial polaco en tiempos de Stalin?). Y hoy, por primera vez, se iba a realizar un homenaje a las víctimas, tan oficial que en él iba a participar el primer ministro ruso Vladimir Putin.
Pero hablábamos del retorcido sentido del humor de la Historia: al querer aterrizar en Smolensk, el avión que llevaba al presidente Lech Kacsynski, entre otros altos funcionarios, falló la maniobra, se estrelló y en el accidente perecieron todos los ocupantes. Entre éstos, además del presidente polaco, estaba el director del banco central, el jefe del estado mayor, familiares de las víctimas de la matanza de Katyn y numerosos intelectuales. «Es un lugar maldito», aseguró el ex presidente Aleksandr Kwasniewski. Menos mal que no dijo que es un «lugar equivocado».
03 abril, 2010
Sábado de devociones
Este año había pensado en iniciar mis devociones pascuales recetándome por televisión Los diez mandamientos. Sin embargo, pese a todo el respeto que me inspira ese bodrio pionero de los efectos especiales, no pude aguantarlo más de veinte minutos. Definitivamente no puede comulgar con semejantes ruedas de molino. Si el texto bíblico es dudoso como fuente histórica, como libreto cinematográfico viene quedando 'ora sí que muy por debajo de los engendros perpetrados por el recién desaparecido Mauricio Kleiff, zar del guionismo en la telera mexicana por muchos años.
En todo caso, para no perder la costumbre, el viernes santo me desayuné con Jesucristo Superestrella, visión un tanto más humana de la tragedia del Gólgota. Bueno, en realidad me desayuné unas gorditas de chales; la película me sirvió de acompañamiento en el proceso de deglutirlas.
Y es que las cosas no están para andar de devotos, muchos menos para un ateo como el suscrito. Ahora que se ha revelado que los padrecitos entendían muy a su manera el precepto evangélico de «dejad que los niños se acerquen a mí» (acercándose más bien los curas a los chamacos que se mostraban un poco rejegos), la fe de los creyentes anda por los suelos. Y entretanto, el Vaticano se anda por las ramas. El escándalo ha salpicado al mismísimo Trono de San Pedro, pero su ocupante, acusado de haberse hecho de la vista gorda ante las denuncias de pedofilia en el clero, adopta la misma actitud de los políticos mexicanos señalados por corruptos y por sus vínculos con el narcotráfico: toda duda lanzada sobre la honorabilidad del susodicho es un complot contra la patria, un ataque a la religión, una ofensa gravísima contra Dios. Así, no se ocupa en desmentir los reportajes de The New York Times que documentan debidamente el delito de encubrimiento, sino que acusa a la prensa de montar una campaña contra la fe. Y en el fondo ha de lamentar no tener a la mano a la Unión Soviética para achacar al comunismo ateo ser el origen de todos esos infundios.
Lejos están la vigilia, los ayunos y la visita a las siete casas, el rezo del rosario y el ambiente de contrición que reinaba esta temporada de Semana Santa cuando este tecleador estaba en su infancia. ¡Afortunadamente! En fin, es Sábado de Gloria y ya que me toca baño, me paso a retirar con su venia.
En todo caso, para no perder la costumbre, el viernes santo me desayuné con Jesucristo Superestrella, visión un tanto más humana de la tragedia del Gólgota. Bueno, en realidad me desayuné unas gorditas de chales; la película me sirvió de acompañamiento en el proceso de deglutirlas.
Y es que las cosas no están para andar de devotos, muchos menos para un ateo como el suscrito. Ahora que se ha revelado que los padrecitos entendían muy a su manera el precepto evangélico de «dejad que los niños se acerquen a mí» (acercándose más bien los curas a los chamacos que se mostraban un poco rejegos), la fe de los creyentes anda por los suelos. Y entretanto, el Vaticano se anda por las ramas. El escándalo ha salpicado al mismísimo Trono de San Pedro, pero su ocupante, acusado de haberse hecho de la vista gorda ante las denuncias de pedofilia en el clero, adopta la misma actitud de los políticos mexicanos señalados por corruptos y por sus vínculos con el narcotráfico: toda duda lanzada sobre la honorabilidad del susodicho es un complot contra la patria, un ataque a la religión, una ofensa gravísima contra Dios. Así, no se ocupa en desmentir los reportajes de The New York Times que documentan debidamente el delito de encubrimiento, sino que acusa a la prensa de montar una campaña contra la fe. Y en el fondo ha de lamentar no tener a la mano a la Unión Soviética para achacar al comunismo ateo ser el origen de todos esos infundios.
Lejos están la vigilia, los ayunos y la visita a las siete casas, el rezo del rosario y el ambiente de contrición que reinaba esta temporada de Semana Santa cuando este tecleador estaba en su infancia. ¡Afortunadamente! En fin, es Sábado de Gloria y ya que me toca baño, me paso a retirar con su venia.
12 octubre, 2009
El chiste del Nobel
La atribución del premio Nobel de la Paz a Barack Obama fue recibida sobre todo con sorpresa y escepticismo, aunque también con burlas y ridiculizaciones. Jay Leno, por ejemplo, comentó que el mayor logro de Obama hasta el momento era, precisamente, haber recibido el Nobel. Y los opinólogos serios parecen coincidir, simplemente, en que es demasiado pronto para decidir que el presidente estadounidense merece ser llamado agente de la paz. Después de todo, el mismo viernes de la noticia, Obama se reunió con sus asesores para estudiar la escalada de la guerra en Afganistán.
Un presidente en guerra recibe el máximo premio de la paz. Eso parece paradójico a simple vista. A menos que queramos atribuirle al comité Nobel un sentido del humor que jamás había mostrado, su decisión de este año parece inscribirse en la línea de lo incomprensible. "¿Te sabes el de Obama cuando recibió el Nobel de la Paz?", parece la entrada de un chiste, de esos chistes cuyo desenlace importa menos que la entrada misma.
Obama no ha hecho nada porque la guerra en Afganistán aún continúa (y continuará por muchos años más en el bien llamado cementerio de imperios), porque siguen las tensiones en el Medio Oriente, donde un terco Benyamin Netanyahou se niega a suspender la colonización israelí de los territorios palestinos, porque Irán sigue empeñado en convertirse en potencia nuclear, porque Pakistán sigue siendo una bomba de tiempo, cuyo detonador nadie sabe bien a bien cómo parar. Rusia conserva sus pretensiones imperiales. La India está empeñada en una carrera armamentista (con armas nucleares, nada menos) con el vecino y enemigo paquistaní. Y Corea del Norte sigue siendo un enigma indescifrable.
Pero, como decíamos, el comité Nobel carece de humor y lo que menos ha de haber querido hacer es un chiste. O mejor, el chiste consiste en hallarle el sentido a su decisión. Y para eso, los mismos miembros del comité explicaron que le habían conferido el premio por la influencia que ha tenido su postura en la diplomacia mundial. Si queremos encontrarle el sentido político a este premio, habremos de buscarlo en el adiós al unilateralismo de los años de George W. Bush, en el énfasis puesto en el diálogo con todos, incluso con aquellos "enemigos" con quienes su delirante antecesor se negó a tratar.
El ambiente, digámoslo así, es más relajado y ya no se oyen los tambores de guerra que fueron el tema musical de la guerra fría recalentada de Bush. El premio Nobel es un reconocimiento de ese hecho y, al mismo tiempo, un apoyo a la línea de diálogo y multilaterismo adoptada por Obama y un exhorto a que no la abandone por presiones de los halcones.
Un presidente en guerra recibe el máximo premio de la paz. Eso parece paradójico a simple vista. A menos que queramos atribuirle al comité Nobel un sentido del humor que jamás había mostrado, su decisión de este año parece inscribirse en la línea de lo incomprensible. "¿Te sabes el de Obama cuando recibió el Nobel de la Paz?", parece la entrada de un chiste, de esos chistes cuyo desenlace importa menos que la entrada misma.
Obama no ha hecho nada porque la guerra en Afganistán aún continúa (y continuará por muchos años más en el bien llamado cementerio de imperios), porque siguen las tensiones en el Medio Oriente, donde un terco Benyamin Netanyahou se niega a suspender la colonización israelí de los territorios palestinos, porque Irán sigue empeñado en convertirse en potencia nuclear, porque Pakistán sigue siendo una bomba de tiempo, cuyo detonador nadie sabe bien a bien cómo parar. Rusia conserva sus pretensiones imperiales. La India está empeñada en una carrera armamentista (con armas nucleares, nada menos) con el vecino y enemigo paquistaní. Y Corea del Norte sigue siendo un enigma indescifrable.
Pero, como decíamos, el comité Nobel carece de humor y lo que menos ha de haber querido hacer es un chiste. O mejor, el chiste consiste en hallarle el sentido a su decisión. Y para eso, los mismos miembros del comité explicaron que le habían conferido el premio por la influencia que ha tenido su postura en la diplomacia mundial. Si queremos encontrarle el sentido político a este premio, habremos de buscarlo en el adiós al unilateralismo de los años de George W. Bush, en el énfasis puesto en el diálogo con todos, incluso con aquellos "enemigos" con quienes su delirante antecesor se negó a tratar.
El ambiente, digámoslo así, es más relajado y ya no se oyen los tambores de guerra que fueron el tema musical de la guerra fría recalentada de Bush. El premio Nobel es un reconocimiento de ese hecho y, al mismo tiempo, un apoyo a la línea de diálogo y multilaterismo adoptada por Obama y un exhorto a que no la abandone por presiones de los halcones.
20 junio, 2009
Consecuencias de las secuelas
Sabemos que las palabras, con el tiempo, van cambiando de significado. No es nada nuevo el famoso cambio semántico. Pero como lo advierten los conocedores (y uno que otro entrometido, como el suscrito), este cambio se produce lentamente, a modo de no impedir la comunicación entre una generación y otra. Quizá los abuelos no entiendan a los nietos, pero los padres definitivamente sí entienden a los hijos. Al menos en el uso de las palabras. O al menos en la teoría. ¿Qué dice la práctica?
La práctica, señoras y señores, nos dice otra cosa. Mis hijos, por ejemplo, hablan de la secuela de una película. Ahora bien, yo por secuela entendía "consecuencia", especialmente de una enfermedad. Así, las secuelas de la polio obligaban a varios de mis compañeros de primaria a usar aparatos ortopédicos para caminar. ¿Qué secuela puede tener una película? Sólo el mal sabor que nos dejara un churrito o la admiración de sabernos ante una obra de arte.
Pero no. Para la nueva generación, secuela es lo que para la mía eran las "segundas partes" (o terceras, cuartas, etcétera, según), de las que se decía, para disuadir las imitaciones, que "nunca eran buenas". El cambio semántico, para regresar a nuestro tema, se produce por necesidades sociales: enfrentada a un fenómeno nuevo, la gente agarra una palabra de poco uso y le atribuye el nuevo significado. Eso pasó, famosamente, con la palabra estática, arrumbada en el diccionario con su significado de "inmóvil" y de "parte de la mecánica que estudia las leyes del equilibrio de las fuerzas", hasta que el desarrollo de la radio requirió un término para designar el ruido que se produce en las comunicaciones a causa de la actividad eléctrica en la atmósfera.
¿Quiere decir que las secuelas son un fenómeno nuevo y que, por ello, necesitaron apoderarse de una palabra más o menos en desuso? No creo. Películas seriadas las hubo siempre. Y películas con el mismo personaje, en diferentes historias y situaciones, más aún. No voy a ponerme a hacer la relación de películas del Santo y de Tarzán, por puro respeto a la paciencia del lector. Pero nomás por no dejar, y dirigiéndome a quienes ya sean titulares de una credencial del INSEN, he de mencionar la trilogía acerca de la emperatriz Isabel de Austria, protagonizada por la austriaca Romy Schneider en 1955, 1956 y 1957: "Sissi", "Sissi Emperatriz" y "Sissi y su destino".
Una de las características de las secuelas nuevas es que su título repite el de la película original, agregando un número y, a veces, algo que sería el subtítulo. Así, estaríamos tentados a atribuir a "Tiburón" (1975) el padrinazgo del fenómeno de las secuelas: en 1978 tuvimos "Tiburón 2", en 1983 nos recetaron una versión en tres dimensiones y, por último, en 1987, "Tiburón: La venganza". Después vendrían las de Rocky, en número de seis; las de Rambo, con una original y tres secuelas; y las de Halloween, Viernes Trece, Pesadilla en la Calle del Infierno y demás explotaciones comerciales cuyo número ya a nadie le interesa precisar.
De entonces para acá, el número de películas con secuela es legión. Aun más, ya desde el estreno de alguna de ellas se habla de la segunda parte y quizá de la tercera. Eximo de esta categoría a películas como las de Harry Potter, las de "El Señor de los anillos" y otras, basadas en obras que, obviamente, esperan llegar íntegras a la pantalla grande. Aquí haríamos mejor en hablar de "partes", más que de secuelas, pues la obra completa es tan abundante que rebasa las posibilidades comerciales de una sola película. Las secuelas propiamente dichas son las de películas como las de "X-Men" y "Transformers": todavía no eran éxito en taquilla cuando los productores ya andaban buscando la forma de realizar las respectivas segundas partes (y terceras y hasta cuartas, ¿por qué no, verdad Wolverine?).
Por cierto, esta nota me la inspiró la lectura de una entrevista con Megan Fox (figura 1, para que el avisado lector y la despierta lectora juzguen por sí mismos), a quien ya llaman la "nueva Angelina Jolie" (a quien no creo que le cayera en gracia que le dijeran la "vieja Megan Fox", pues sólo le lleva once años de edad), estrella de la serie de "Transformers" y que dice que le encantaría estar en todas las secuelas. ¿Pues cuántas espera que vaya a haber?
La práctica, señoras y señores, nos dice otra cosa. Mis hijos, por ejemplo, hablan de la secuela de una película. Ahora bien, yo por secuela entendía "consecuencia", especialmente de una enfermedad. Así, las secuelas de la polio obligaban a varios de mis compañeros de primaria a usar aparatos ortopédicos para caminar. ¿Qué secuela puede tener una película? Sólo el mal sabor que nos dejara un churrito o la admiración de sabernos ante una obra de arte.
Pero no. Para la nueva generación, secuela es lo que para la mía eran las "segundas partes" (o terceras, cuartas, etcétera, según), de las que se decía, para disuadir las imitaciones, que "nunca eran buenas". El cambio semántico, para regresar a nuestro tema, se produce por necesidades sociales: enfrentada a un fenómeno nuevo, la gente agarra una palabra de poco uso y le atribuye el nuevo significado. Eso pasó, famosamente, con la palabra estática, arrumbada en el diccionario con su significado de "inmóvil" y de "parte de la mecánica que estudia las leyes del equilibrio de las fuerzas", hasta que el desarrollo de la radio requirió un término para designar el ruido que se produce en las comunicaciones a causa de la actividad eléctrica en la atmósfera.
¿Quiere decir que las secuelas son un fenómeno nuevo y que, por ello, necesitaron apoderarse de una palabra más o menos en desuso? No creo. Películas seriadas las hubo siempre. Y películas con el mismo personaje, en diferentes historias y situaciones, más aún. No voy a ponerme a hacer la relación de películas del Santo y de Tarzán, por puro respeto a la paciencia del lector. Pero nomás por no dejar, y dirigiéndome a quienes ya sean titulares de una credencial del INSEN, he de mencionar la trilogía acerca de la emperatriz Isabel de Austria, protagonizada por la austriaca Romy Schneider en 1955, 1956 y 1957: "Sissi", "Sissi Emperatriz" y "Sissi y su destino".
Una de las características de las secuelas nuevas es que su título repite el de la película original, agregando un número y, a veces, algo que sería el subtítulo. Así, estaríamos tentados a atribuir a "Tiburón" (1975) el padrinazgo del fenómeno de las secuelas: en 1978 tuvimos "Tiburón 2", en 1983 nos recetaron una versión en tres dimensiones y, por último, en 1987, "Tiburón: La venganza". Después vendrían las de Rocky, en número de seis; las de Rambo, con una original y tres secuelas; y las de Halloween, Viernes Trece, Pesadilla en la Calle del Infierno y demás explotaciones comerciales cuyo número ya a nadie le interesa precisar.
De entonces para acá, el número de películas con secuela es legión. Aun más, ya desde el estreno de alguna de ellas se habla de la segunda parte y quizá de la tercera. Eximo de esta categoría a películas como las de Harry Potter, las de "El Señor de los anillos" y otras, basadas en obras que, obviamente, esperan llegar íntegras a la pantalla grande. Aquí haríamos mejor en hablar de "partes", más que de secuelas, pues la obra completa es tan abundante que rebasa las posibilidades comerciales de una sola película. Las secuelas propiamente dichas son las de películas como las de "X-Men" y "Transformers": todavía no eran éxito en taquilla cuando los productores ya andaban buscando la forma de realizar las respectivas segundas partes (y terceras y hasta cuartas, ¿por qué no, verdad Wolverine?).
Por cierto, esta nota me la inspiró la lectura de una entrevista con Megan Fox (figura 1, para que el avisado lector y la despierta lectora juzguen por sí mismos), a quien ya llaman la "nueva Angelina Jolie" (a quien no creo que le cayera en gracia que le dijeran la "vieja Megan Fox", pues sólo le lleva once años de edad), estrella de la serie de "Transformers" y que dice que le encantaría estar en todas las secuelas. ¿Pues cuántas espera que vaya a haber?
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