31 mayo, 2004

Misión en Irak



Cansado de que se lo anduvieran choteando hasta en el mismo Pentágono por no haberse encontrado las armas de destrucción masiva que justificaron su invasión a Irak, George Dobleú decididó emprender la búsqueda él mismo. Aquí lo vemos acompañado por dos lugartenientes, debidamente protegidos contra las armas químicas, físicas y matemáticas que esperan encontrar. ¡Suerte, muchachos!

30 mayo, 2004

Daños colaterales


En inglés, el substantivo collateral tiene el significado de "prenda" o "garantía" del pago de una deuda; como adjetivo, significa "secundario" o "indirecto". En la jerga eufemística de políticos y militares, los daños colaterales se refieren a las bajas civiles causadas por las operaciones bélicas.


Pero no sólo en las guerras. Por ejemplo, en 1997, en la recuperación de la embajada japonesa en Lima murieron varios de los que habían estado en rehenes durante meses. Asimismo, en Moscú, en 2002, cuando un comando checheno tomó por asalto un teatro, en la operación lanzada por las fuerzas rusas perecieron algunas de las personas que supuestamente se trataba de rescatar. Y este fin de semana, en Arabia Saudita, para liberar a unos cincuenta rehenes —cautivos al parecer de una célula de Al Qaeda— unas nueve personas sufrieron "daños colaterales", si bien el número preciso no se ha informado hasta esta hora.


Desde la primera ocasión en que ocurrió un hecho de éstos (ha habida muchas, pero sólo menciono las que recuerdo a vuelatecla) me pareció de irreverente mal gusto el comentario de que los rehenes muertos en el intento de liberarlos, efectivamente habían sido liberados de todos los males que implica estar vivo. No obstante, la idea no deja de venirme a la mente cada vez que oigo el término daños colaterales (por cierto, difundido en el título de una película del Goberminator Schwarzenegger). Si bien es evidente que el secuestrador es el culpable de la situación, no menos responsables resultan las autoridades que deciden resolver el problema a sangre y fuego.


Por lo demás, el hecho de recurrir a un eufemismo para designar a las bajas civiles revela la consciencia culposa de los militares que lanzan una operación "de amplio espectro" (como las medicinas) con la esperanza de atinarle a sus adversarios combatientes, sin interesarse por los civiles que se llevan de pasada. ¿No podría considerarse esto como crimen de guerra, o simplemente crimen?


29 mayo, 2004

De Guadalajara con amor


Desde 1999, cuando la cumbre de la Organización Mundial de Comercio en Seattle fue bloqueada por todo tipo de organizaciones civiles opuestas a la globalización autoritaria, no ha habido ninguna reunión de alto nivel que no haya sido perturbada por quienes algunos sectores de la prensa llaman con desdén globalifóbicos.


Es entendible la oposición que generan estas reuniones, en las que se celebra un desarrollo que hasta ahora sólo es disfrutado por las grandes corporaciones multinacionales y sus respectivos aliados en las plutocracias criollas (ustedes disculparán el lenguaje trasnochado). En efecto, a más de un decenio del "fin" de la guerra fría, los resultados no han podido llegar a las capas desfavorecidas de la población, que sólo perciben con creciente descontento que sus condiciones de vida siguen en franco deterioro. Lejos de haberse repartido los prometidos beneficios de la paz (los recursos que antes se destinaban a la contención del expansionismo rival ahora se dedicarían a la generación de empleos, a la mejora de la infraestructura, a la creación de canales para el reparto de la riqueza y a la ampiación de las oportunidades), lo único que vemos es el reparto de los riesgos del mercado, evidentes en las crisis que cada tanto golpean a países industrializados y emergentes por igual.


Y en la lógica simplista —en cierto modo legado de la guerra fría, con su clara clasificación en buenos y malos— la situación se presenta como el enfrentamiento entre quienes defienden la globalización y quienes la rechazan, así nomás, en blanco y negro y sin matices, "el que no está conmigo, está contra mí", como repitiera un dirigente mesiánico de nuestros tiempos.


Ahora estas organizaciones sociales —que representan una gama tan amplia de la jodidez que a la prensa debería darle vergüenza echarlas en el mismo saco— estuvieron presentes en Guadalajara, en la reunión cumbre realizada entre la Unión Europea y América Latina y el Caribe.


Repito que la diversidad de estos grupos impide designarlos con un epíteto común, ya sea el indigno globalifóbico o el de altermundista, que se quiere más comprensivo y neutral, sin el dejo despectivo del primero, acuñado a nuestro saber por un personaje mexicano de triste memoria, el doctor Zeta. Los grupos presentes en la capital tapatía organizaron una marcha de protesta contra la globalización que, como era muy de esperarse, desembocó en trifulca, saqueos, golpizas y detenciones.



No sé si se deba a la confusión causada por la simpificación de los términos —en la que los globalifóbicos se oponen a los globalofílicos— pero yo creo que las organizaciones que a fin de cuentas luchan por mejorar las condiciones de existencia deberían ser más selectivas en sus batallas. ¿Por qué se oponen a una cumbre latinoamericana-europea? Si hemos leído bien los textos de la reunión y las notas periodísticas, en esta reunión se ha promovido el multilateralismo como contrapeso al unilateralismo que promueve la potencia imperial. El surgimiento de alianzas regionales y entre bloques no puede más que fomentar la tan añorada multipolaridad que, al tiempo, se presentaría como una alternativa viable a la globalización autoritaria que se trata de imponer. Diversificar nuestras alianzas con Europa, con la Cuenca del Pacífico necesariamente reduciría nuestra dependencia de Estados Unidos (si bien es imposible que ésta desaparezca del todo, dada nuestra vecindad geográfica).


Y muy por el contrario del objetivo que dicen promover —oponerse a la globalización— perturbar el proceso de integración regional latinoamericana y la diversificación de sus contactos sólo puede favorecer a los intereses imperiales. ¿Estarán tan desesperadas estas organizaciones que están dispuestas a enfrentarse a todo lo que les pueda parecer representante del sistema que tiene oprimida a la gran mayoría de la población? Sería deseable que su ceguera no les impidiera distinguir a sus enemigos y que pudieran enfocar mejor sus esfuerzos.


28 mayo, 2004

Clasificación y orden


Imaginemos una oficina de gobierno en Washington en la que se apilan miles y miles de documentos. Se abre la puerta y entra un jefecillo, seguido de un joven recién contratado.


—Bien, Joe—, dice el jefe señalando con el brazo anaqueles, archiveros y mesas llenas de papeles. —Tu trabajo consiste en clasificar todos estos documentos.


La pregunta surge natural en el joven, intimidado ante la hercúlea labor que se le ofrece:


—¿Cuál es el criterio de clasificación?


Hasta aquí llegan nuestros servicios informativos: ignoramos cuáles sean dichos criterios, pero suponemos que alguno reposará en el carácter de confidencialidad, en lo delicado de los asuntos abordados, en lo comprometedor para la imagen y la seguridad que pueda resultar el contenido de cada documento.


Cuando el joven de nuestra escena concluye su trabajo, dice alegremente que los documentos ya están clasificados. Algunos, como los recaditos que Clinton probablemente le enviara a Monica Lewinsky para requerir sus servicios en la Oficina Oral, habrán quedado clasificados con el famoso sello de Top Secret. Las listas de mandado que Hillary solicitara seguramente no tendrán ese carácter de confidencial. Pero todos, como lo anuncia el chico contratado para tan ingrata labor, están debidamente clasificados.


Entre esos documentos se encontraría, 30 años después, la transcripción de las conversaciones entre Richard Nixon y su tenebroso asesor de seguridad, Henry Kissinger. En ellas se encuentra la confirmación documental de lo que todo mundo supo desde el fatídico 11 de septiembre: en el golpe de estado que derribó y asesinó al presidente Salvador Allende en Chile intervino la mano negra de Estados Unidos.



Joe, ahora jubilado tras treinta años de servicio público, lee el periódico mientras desayuna en el porche de su casita de Boca Ratón, en Florida, y hace un gesto de fastidio:


—¿Cómo que desclasificaron los documentos? ¡Tanto trabajo que me costó ordenarlos para que ahora vengan a revolverlos!


Y es que Joe, pese a su larga carrera como burócrata, sigue razonando conforme a la lógica: si clasificar significa ordenar según determinado criterio, desclasificar supone lo contrario, es decir, desordenar, confundir y mezclar los documentos. ¿Con qué objeto?


El análisis concienzudo de la nota periodística arroja algunas pistas. En realidad no se trata de que hayan desordenado los documentos, sino de que les quitaron el carácter de confidencialidad que tenían y ahora son públicos. El hecho es que tales documentos comprometedores para Kissinger —quien apenas la semana pasada había negado ante el senado de su país que el gobierno de Nixon hubiera estado involucrado en el sangriento golpe de estado que impuso al torvo Pinochet— se hicieron públicos, se publicaron, pues, si nos atenemos al sentido de las palabras. Pero siguen debidamente clasificados —quizá por orden cronológico, alfabético o conforme cualquier otro criterio— en la Universidad de Washington, al alcance de los investigadores que deseen estudiar uno de los muchos hitos de la carrera imperial de Estados Unidos.


27 mayo, 2004

Del manifiesto como una de las bellas artes


Un grupo de abajofirmantes profesionales, entre los que reconocemos los mismos nombres de siempre, se dirige a los artistas e intelectuales de todo el mundo, a fin de pedirles que promuevan la consulta internacional propuesta por el EZLN.


Esto ya fue hace varios años, pero la verdad es que me acabo de enterar en uno de mis viajes por Google. El manifiesto o carta exhorta a la realización de actos culturales, a los que inviten a artistas mexicanos a compartir "la esencia de nuestro ser". Esta promiscua invitación, como va dirigida a todo el mundo, está escrita, por supuestísimo, en inglés, así como agachando la cabeza y aceptando que si uno no habla la lengua del imperio, nadie lo entiende.


Hay que reconocer en descargo de los artistas del manifiesto y de la carta abierta, que como cortesía para los nacos que no dominamos la lengua de Chikaspier, la misma página ofrece una versión en español. ¿Pues qué no habíamos quedado —como lo señalaba el maestro Reyes Heroles— que en política la forma es fondo? ¿No se dan cuenta estos faros de luz, estas luminarias de la pluma y del pincel que si queremos ser consecuentes con la oposición a la globalización autoritaria debemos, por principio, rechazar las formas que nos impone la metrópolis? Si realmente quieren compartir nuestra herencia, ¿por qué quieren hacerlo en una lengua ajena a nuestra cultura?


25 mayo, 2004

La guerra que no se atreve a decir su nombre


En tanto el mundo occidental no conozca quién y porqué lo está atacando, difícilmente podrá defenderse de los atentados terroristas. Cargar todas las desgracias a la cuenta de los extremistas islámicos —desde los atentados del 11 de septiembre de 2001 a la sublevación del pueblo irakí contra las fuerzas ocupantes— es desconocer la naturaleza del enfrentamiento que se está llevando a cabo y correr el riesgo de que nunca llegue a solucionarse.


Para el observador imparcial podría parecer sorprendente el hecho de que, desde un principio, se haya negado la dimensión religiosa del conflicto. Si las motivaciones de los autores de los atentados de Nueva York y Washington tuvieron matices religiosos, como se desprende de la carta con instrucciones encontrada entre las pertenencias de Mohammed Atta (el coordinador de los atentados), el empeño por ignorar esa fase sólo puede entenderse si obedece a una auténtica ignorancia o a intereses tan perversos que sólo puedan medrar en la obscuridad.


No somos partidarios de las teorías de la conspiración, por lo que nos sentimos más inclinados a aceptar a la ignorancia como causa de esta ceguera. Aunque deberíamos precisar que, si existe algún interés en hacer a un lado la explicación religiosa del conflicto, éste se debe al deseo de no exacerbar las tensiones de por sí existentes entre Occidente y el mundo islámico, o de concentrar tales tensiones únicamente sobre algunos sectores, a fin de no perjudicar otros intereses, en especial los petroleros.


Empero, la ignorancia del mundo occidental respecto del islámico explica más satisfactoriamente la actitud de Estados Unidos ante la amenaza terrorista. Así no se necesita recurrir a supuestas conjuras fraguadas desde adentro para entender que los servicios secretos estadounidenses no hayan previsto los ataques del 11 de septiembre de 2001 y se explica, además, la desastrosa situación en Irak una vez "concluida" la guerra para derrocar a Saddam Hussein.


La secularización de Occidente, donde las religiones han ido perdiendo influencia en la vida cotidiana, ante el embate del hedonismo consumista, le impide entender que aún haya pueblos dispuestos al sacrificio en aras de la fe. En el mejor de los casos, los occidentales consideran esta actitud como atraso; en el peor, como manifestación de un fundamentalismo opuesto a sus propios valores: la libertad individual como eje de la vida personal y social y, en consecuencia, la negativa a regirse con base en doctrinas religiosas.


No nos confundamos: el sentimiento religioso sigue vivo en Occidente, pero sólo como fenómeno privado. Aunque asistan a la iglesia los domingos, y quizá recen en su casa, los occidentales no esperan que la cosa pública, el gobierno, se rija por las escrituras, ni organizan su vida cotidiana en función de las devociones y otras prácticas religiosas. Incluso una celebración de naturaleza estrictamente religiosa como la Navidad ha ido perdiendo ese carácter para convertirse en una fiesta del consumo y, a lo más, en motivo de celebración familiar.


Sólo la ignorancia explica actitudes y palabras como las del general estadounidense William Boykin, subsecretario asistente de la Defensa, encargado de la inteligencia, quien aseguró que "mi dios es más grande que el suyo" (el de un musulmán) y remachó: "Mi dios es un dios verdadero y el suyo es un ídolo". ¿Podrá ganar la guerra contra el terrorismo quien piensa que está luchando contra Satán, como expresara el mismo general Boykin? Para eso no se necesitan misiles ni tropas, sino exorcismos y agua bendita.


19 mayo, 2004

Parece que a los señores Fillmore, iniciadores del movimiento cristiano Unity (que, aunque fundado a fines del siglo XIX no han tenido tiempo de traducir el nombre), si les dio resultado pedir milagros, como nos enteramos en su página Web:


la curación de tuberculosis de Myrtle , la curación de la pierna seca de Charles, la terminación de sus dificultades monetarias

Afortunadamente, yo no padezco de tuberculosis ni de pierna seca, pero sí me caería bien que se me terminaran mis dificultades monetarias (eufemismo que entiendo por "hacerme rico"). ¿Podré seguir el ejemplo de los Fillmore? Ellos fundaron una revista cuya subscripción en México cuesta 210 mil pesos al año... Pues sí, sólo tengo que encontrarme a un subscriptor de esa calaña para de plano salir de pobre terminar con mis dificultades monetarias.


Por alguna extraña (y quizá injusta) ley de la física, es más fácil ver los errores que los aciertos. Por tanto, es más fácil criticar que analizar (ya no digamos elogiar). Un texto de unas seiscientas palabras puede contener un solo error de ortografía, lo que significa que hay 599 aciertos, y sin embargo, el crítico se clava en la falta y deja de ver la esencia. El hueco, por así decirlo, llama más la atención que todo lo que lo rodea.


Prueba de blogueo

Mi blog, bloguear, leer blogs ajenos se ha vuelto una obsesión. Me siento "en modo de blog continuo", pensando lo que voy a escribir (aunque cuando llego a la pantalla se me olvida todo). En fin, ésta es sólo una prueba de blogueo por imeil.

16 mayo, 2004

Viva la tolerancia


Me entero de la existencia del grupo mexicano "Católicos Anti Montinianos" (CAM), el cual desconoce a todos los papas posteriores a Pío XII y advierte que "todos los caminos conducen al Infierno, con excepción del catolicismo auténtico".


Otra novedad que introducen estos integristas es la clasificación como religión del fetichismo, la francmasonería, el ocultismo, ¡e incluso del ateísmo! Para estos nostálgicos preconciliares, "el 99.999% de la humanidad, por pertenecer a una u otra religión falsa, está en camino de perderse para siempre". Claro, primero señalan el problema y después dan la solución: tomar los sacramentos válidos en alguno de los dos únicos lugares en todo el continente americano donde se administran. Uno de ellos es una parroquia de Guatemala y el otro, orgullosamente nacional, situado en Méjico (con jota, claro, ¿qué esperaban de estos resabios de la derecha delirante?).


La página de marras está situada en uno de esos servidores que ofrecen alojamiento gratuito, con la peculiaridad de que éste lo proporciona sólo a movimientos e individuos que compartan los principios (mayúsculas, por favor) de Dios, Patria, Justicia Social y Familia, todo dentro de la base de un nacionalismo "no sectario ni excluyente". Lástima que no expliquen cómo puede ser no sectaria y excluyente una corriente que se caracteriza precisamente por excluir a todos los infortunados que no compartan el mismo lugar de nacimiento. Pero como ellos mismos aclaran, este servidor "no es un espacio para zanjar disputas sectoriales o menores", por lo que no podremos saber qué malabarismos hacen para "servir al fortalecimiento internacional de la Causa Nacionalista" (está bien, le dejo las mayúsculas del original), si el internacionalismo es precisamente lo opuesto al nacionalismo.


En resumen, le damos cinco estrellas al portal Libre Opinión por su labor tan fructífera en la promoción de la intolerancia y el fanatismo. A los señores del CAM les mandaremos la Historia de las religiones, de Mircea Elíade, para que le den una revisadita a sus textos. Y a nuestros amables lectores, les conferimos la medalla de plata por su paciencia y comprensión ante los desvaríos de este escribidor.