14 septiembre, 2004

El velo laico de Francia

Los periodistas franceses Christian Chesnot y Georges Malbrunot siguen cautivos en Irak, a manos del Ejército Islámico, y aunque a medida que pasan los días se aleja la posibilidad de que los ejecuten (dentro de la lógica del terror, la inmediatez del asesinato resulta más eficaz que su aplazamiento), flaco consuelo ha de ser esta noción para estos dos especialistas en el mundo árabe.


Los captores no han anunciado ninguna modificación de la demanda original: la derogación de la llamada "ley sobre el laicismo" en Francia que, entre otras cosas, prohíbe la asistencia a las escuelas públicas con símbolos religiosos "ostentosos". Esto afecta, claro, a la kippa judía y a los grandes crucifijos católicos, pero también —y para los musulmanes, sobre todo— al velo islámico que llevan las muchachas.


La ley surgió debido a los problemas a los que se enfrentaban los directores de escuela a causa no de las kippas y los crucifijos, sino del velo. A los padres de familia católicos les parecía una afrenta a su religión que sus hijos tuvieran que convivir con tales símbolos religiosos, por lo que en Francia se entabló un animado debate sobre el laicismo que, como república, debe reinar en las escuelas públicas. De hecho, el primer borrador del proyecto de ley contemplaba la propuesta de declarar fiestas públicas también las correspondientes al judaísmo y al islam, de modo que los adherentes de estas confesiones no se sintieran vulnerados en su sensibilidad religiosa. Asimismo, excluía el uso de cualquier tipo de símbolo religioso.


Pero el presidente Jacques Chirac descartó esas propuestas, con lo que la ley quedó limitada a la prohibición de los símbolos ostentosos, dándole a los directores de los planteles la facultad de determinar el grado de ostentación en cada caso particular. En la práctica, pues, la ley se redujo a prohibir que las muchachas musulmanas acudieran a la escuela con el velo islámico.



Francia se jacta de su laicismo, como cuna del republicanismo, pero en este caso ha confundido el concepto de lo laico, provocando la irritación de la comunidad musulmana (aunque, como actor político, ante el secuestro de los periodistas franceses naturalmente se haya alineado con la postura oficial del gobierno). En efecto, si lo laico se refiere a la independencia del individuo y en especial del estado con respecto de la religión, ¿por qué habrá de legislarse en materia religiosa? La separación estado-iglesia no es una vía de un solo sentido, en la que sólos los religiosos tienen prohibido inmiscuirse en la cosa pública, sino de doble sentido y, así, el estado no debería interferir en la vida devocional, que representa un aspecto estrictamente personal y privado.


Además, el hecho de que la ley de marras acabara afectando en la práctica más a la comunidad musulmana que al resto de la sociedad la convierte en una ley con dedicatoria, totalmente inadmisible en un país que se quiere plural y diverso, al menos en su discurso.


No es de esperarse que se derogue la ley y seguramente los rehenes franceses capturados con ese fin serán liberados discretamente, tras negociaciones de las que no se sabrán detalles, como ha ocurrido en otros casos.


09 septiembre, 2004

Un congreso para la lengua

Con el tema Identidad lingüística y globalización se realizará el tercer congreso de la lengua española en Rosario, Argentina, del 17 al 20 de noviembre de este año. La primera duda que surge ante esta noticia es quiénes se van a reunir a nombre de nuestra lengua. ¿Quiénes la representan? Porque el hecho de que Jorgito Dobleú haya sido invitado y, sin embargo, el Gabo García Márquez haya quedado afuera, realmente suscita serias dudas acerca de la legitimidad de quienes dicen representar a nuestro milenario idioma.


Y por si lo anterior fuera poco, nos enteramos que el congreso de marras está convocado por las academias de la lengua. Entonces la alarma pasa de naranja a roja: si bien en la Academia Mexicana encontramos figuras de la talla de Alfonso Reyes, Ángel María Garibay y Miguel León-Portilla, también nos topamos con un Miguel Alemán Valdés, cuyo conocimiento del idioma se limitó a conjugar el verbo robar. Esto quizá explica porqué el autor de Cien años de soledad fue excluido de ese cónclave, mientras que el ex alcohólico y actual profeta de las cruzadas, el ya mentado Dobleú, podrá asistir muy campechanamente (esperemos que ya para entonces como presidente saliente, y no reelecto, de uno de los países con mayor cantidad de hispanohablantes del hemisferio).


En fin, estábamos con la representatividad del tercer congreso... no, no, eso es otra cosa. Está bien, por acá me preguntan qué onda con los anteriores. Bueno, el primero se realizó en Zacatecas, en 1997, y los maliciosos quieren ver en la participación en él del Gabo la causa de que esta vez no se le haya invitado. En efecto, en esa ocasión, García Márquez propuso que se prescindiera de las reglas de ortografía, con el consecuente horror de las buenas consciencias que adornaban el recinto, entre éstas la del rey Juan Carlos de España y la del doctor Zeta, que en esos años regenteaba la residencia de Los Pinos.


En ese sentido me atrevería a sugerir ante esta sabia audiencia que simplifiquemos la gramática antes de que la gramática termine por simplificarnos a nosotros. (...) Jubilemos la ortografía, terror del ser humano desde la cuna: enterremos las haches rupestres, firmemos un tratado de límites entre la ge y jota, y pongamos más uso de razón en los acentos escritos, que al fin y al cabo nadie ha de leer lagrima donde diga lágrima ni confundirá revólver con revolver. ¿Y qué de nuestra be de burro y nuestra ve de vaca, que los abuelos españoles nos trajeron como si fueran dos y siempre sobra una?

Como puede verse, nada que no pudiera verse como humorada del escritor colombiano o, incluso, como toma de postura política. La gramática normativa, como dictado de lo que es correcto, como conjunto de reglas del buen hablar, se vuelve un concepto de clase. Como señalaba George Bernard Shaw a través de su personaje de Pygmalion (recreado en el musical Mi bella dama), la forma de hablar clasifica y caracteriza al hablante como miembro de determinada clase social. Hablar bien, es decir, conforme a las normas gramaticales, constituye un distintivo social. Sería impensable para nuestros acolchonados académicos renunciar a esa distinción en favor del subjuntivo esdrújulo (váyamos, en lugar de vayamos) y otras atrocidades que cometen las clases bajas con la lengua.


Curiosamente, y para regresar a la pregunta inicial, la lingüística asegura que la norma de un idioma está en el conjunto de sus hablantes. Así, la gramática moderna aspira más a describir que a regular el uso de la lengua. La lengua no está ni en los diccionarios ni en los libros de gramática. (Ignorar esta realidad es la causa de que muchos proyectos de lengua internacional no pasen de meros proyectos y no lleguen a adquirir el carácter de lengua: se han quedado en un folleto con reglas gramaticales y un vocabulario que nadie llega a usar.) La representación de un idioma, pues, radica en la masa de hablantes. Que algunos vivales formen pomposas instituciones para apropiársela no significa que tengan el derecho de hacerlo.


Claro, los asuntos a debatir en este congreso no se referirán a cuestiones propiamente gramaticales. No esperemos que decidan reformas ortográficas, como la emprendida en 1928 por Alberto M. Brambila, con su "ortografía fonética revolucionaria ispanoamericana, OFRI". Tampoco imaginemos que extenderán carta de ciudadanía a cuanto término extranjero ha invadido últimamente nuestro idioma. El tema del debate, Identidad lingüística y globalización, es tan amplio que en él cabe cualquier cosa, desde el papel de los tamales y las memelas en la idiosincracia mexicana, hasta una explicación —que esa sí esperamos ansiosos— de porqué ponen formularios incompletos para solicitar los "cupos" en el congreso a través de Internet. Yo he llenado, rellenado y respondido a formularios, pero no entiendo porqué estos señores académicos argentinos (no que tenga nada de malo ser argentino, claro) quieren que lo complete. ¿No les basta con los datos que me piden? ¿Con qué otros habré de completarlo? ¿Quieren que les diga mi raza, mi orientación sexual, mi filiación política, el monto de mi cuenta de cheques?


Los interesados en asistir a este sarao pueden consultar el sitio que al efecto estableció la comisión ejecutiva del congreso, debidamente integrada por burócratas y otras lacras del género que aprovecharán estos cuatro días de fiesta.


06 septiembre, 2004

Los despropósitos del terrorismo

No puedo imaginar ninguna causa, ni la independencia de un país, ni la supremacía de una visión religiosa o política, que justifique la muerte. Mucho menos el asesinato de niños que acudían al inicio del año escolar. La conservación de la vida es el valor supremo de la vida misma y es el parámetro con que ha de medirse cualquier acción. De ese modo, quitar la vida, sea la propia o la ajena, se convierte en el antivalor supremo y constituye un acto que, desde la óptica de los vivos, no admite justificación alguna.



¿A nombre de qué estos padres están enterrando a sus hijos?


La matanza de Beslán —ciudad que de ese modo llega al mapa del siglo XXI, después de haber dormitado olvidada en la también desconocida república de Osetia del Norte— no encuentra explicación ni siquiera a modo de represalia por las abominaciones cometidas por el ejército ruso en Chechenia, donde los civiles han muerto en más de mil tantos que en Beslán. Del mismo modo, el arrasamiento de la escuela tampoco corresponde con la destrucción de Grozny, la capital chechena.


Primero, porque hacer víctimas entre los osetios, pueblo cercano al de los chechenos, para desquitarse de los rusos es estrictamente un despropósito, un golpe dado al primo igualmente débil y desvalido cuando es el vecino el que abusa. Aquí no puede invocarse siquiera el principio del ojo por ojo.


En segundo lugar, porque querer construir la vida de una nación sobre la muerte de civiles inocentes y desprevenidos pertenecientes a otra —sea la osetia como en Beslán, o sea la rusa como en el caso de los atentados anteriores, el de los dos aviones y el de la estación del metro de Moscú, perpetrados pocos días antes— significa olvidar que la violencia sólo engendra más violencia, trocar la fuerza de los argumentos por el argumento de la fuerza y quedar empantanados para siempre en un círculo vicioso de destrucción y muerte.


Muchas razones tienen los chechenos para albergar resentimientos contra los rusos y en ese rosario de quejas es donde podrían despertar simpatía para su causa entre la comunidad internacional. Y aun cuando ésta ha preferido siempre apaciguar al Kremlin y nunca ha cuestionado los métodos empleados por Vladimir Putin en el Cáucaso, mal podría ahora pronunciarse en favor de los chechenos cuando éstos optan por el callejón sin salida de una toma de rehenes en una escuela primaria.


¿Será necesario repetirlo? En un conflicto como éste, cuyas raíces se hunden en la historia de hace siglos —como es el caso de muchos otros conflictos que plagan al planeta, por lo demás—, la única vía es el diálogo. Pero el diálogo no entre amos y esclavos, que finalmente se convierte en monólogo de órdenes a ser obedecidas, sino entre hombres de igual a igual, fincado en el respeto y nutrido por la comprensión y el conocimiento.


Ninguno de los actores en estos enfrentamientos es totalmente inocente. Pero tampoco ninguno carece de razones para, al menos ante sí mismo, justificar sus acciones (que sean injustificables para los demás es otra cosa). Pero concentrarse en la búsqueda de culpas y responsabilidades, criticar a unos o a otros por los recursos empleados, exponer con erudición el catálogo de razones históricas que puedan tener unos en contra de los otros es desviar la mirada de la búsqueda de soluciones. Nunca veremos a rusos y a chechenos sentados ante la mesa de negociaciones mientras insistiamos en satanizar a unos u otros. Tampoco los veremos en tanto la lucha independentista chechena sea para los rusos un caso policiaco y, para los chechenos, un asunto religioso.


Pero, claro, tampoco se sentarán a negociar si ellos mismos no se deciden a restañar las heridas del pasado y a volver los ojos hacia el futuro.


04 septiembre, 2004

Putin en el Cáucaso

Como debieron haberlo anticipado los mismos captores, la crisis de los rehenes en Beslán, en Osetia del Norte, terminó en un baño de sangre: de mil cautivos, 250 murieron y 700 resultaron lesionados.


Después de la toma de rehenes en un teatro de Moscú, en octubre de 2002, el parlamento ruso aprobó una ley que le impide al gobierno negociar con "terroristas". De este modo, cualquier grupo, sea cual fuera su bandera, sabe de antemano que, al meterse en una situación como ésta, la única salida que habrá pasará por la fuerza de las armas. Y, dado el historial del ejército ruso en el Cáucaso, es fácil calcular que las autoridades del Kremlin no se tocarán el corazón para ordenar un asalto, sin tomar en cuenta el número de víctimas posibles. O colaterales, como seguramente oiremos decir ahora cuando se refieran a los niños masacrados en su escuela por órdenes de Vladimir el Siniestro.


Para Vladimir Putin, el conflicto checheno reviste un carácter sentimental. En efecto, cuando el general Alexandr Lébed logró terminar con la primera guerra chechena mediante negociaciones, allá por 1996, adquirió tal prestigio que su fuerza política hizo temblar al debilitado Borís Yeltsin. Y así, poco después, Yeltsin destituyó a Lébed de su cargo como responsable del Consejo de Seguridad.


Los compromisos contraídos en esas tratativas pospusieron en varios años el tema de la autonomía de Chechenia y, al acercarse el plazo, Yeltsin recurrió no a Lébed (quien para entonces era gobernador de Krasnoyarsk), sino a Vladimir Putin, un tipo del ala dura que había realizado su carrera en los servicios secretos, primero como agente del KGB soviético y después en el FSB ruso.


Putin asumió el cargo de primer ministro a fines de 1999, y en las elecciones del 2000 contendió en las urnas aureolado de su fama de mano dura y un discurso revanchista que prometía revivir las glorias artificiales del pasado soviético. El pueblo ruso, cansado de la humillación de haber perdido su sitial de gran potencia, no necesitaba más para volcarse en favor del siniestro personaje. Y, todavía en espera de la recuperación que le tiene prometida, volvió a apoyarlo en 2004.


Fue el tema de Chechenia, pues, lo que le valió el poder al ahora señor del Kremlin, el cual abordó con la misma arrogancia y despotismo de que se han valido los amos de Rusia, desde Catalina la Grande, cuando a principios del siglo XIX consolidó su dominio de las tierras del Cáucaso con la anexión de Georgia, hasta Stalin, quien en plena segunda guerra mundial encontró la forma de descansar del esfuerzo bélico contra los nazis para ordenar la deportación de los pueblos caucasianos hacia el Asia central, acusándolos de "colaboración con el enemigo".



Y si Vladimir Putin en un principio se vio aislado de la comunidad internacional por su forma de reprimir todo movimiento autonomista, independentista o separatista, ahora, gracias a Al Qaida y a los atentados que ha cometido, en especial en Estados Unidos, cuenta con la bendición de los "líderes mundiales" para aplastar a sangre y fuego hasta al más tímido movimiento de defensa de los derechos humanos en el Cáucaso. Con la sencilla ecuación separatista = terrorista, Putin tiene carta blanca para actuar a nombre de la lucha contra el terrorismo. Sobre todo si tales separatistas son chechenos, pueblo levantisco que nunca ha aceptado la dominación rusa y que tiene más razones para albergar resentimientos hacia Moscú que para sentirse cobijado en el manto de la "Gran Patria Rusa", aquella que a fuerza de deportaciones y ejecuciones masivas tratara de crear Stalin.


03 septiembre, 2004

De los espameros y otras desgracias

Hace unos siete años recibí un mensaje por correo electrónico, en el que me invitaban a participar en un evento, del que lo único que recuerdo es que estaba relacionado con la psicología. Después del primer mensaje seguí recibiendo muchos más de ese mismo fulano, ya fueran para anunciarme sus actividades o promover sus libros.


En ese tiempo, para leer mi correo yo usaba una de las primeras versiones de Eudora y no sé si haya tenido filtros para evitar los mensajes indeseables. En todo caso, simplemente los borraba, ya sin leerlos, en cuanto veía el nombre del remitente. Hasta que una vez, harto de recibir un mensaje tras otro, me tomé la molestia de escribirle, para pedirle que me borrara de su lista.


Nunca lo hubiera hecho. No tuve el cuidado de guardar su respuesta, ni la recuerdo ya, después de tantos años. De lo único que me acuerdo es que el tipo me llamó bestia fascista por oponerme a recibir sus mensajes que, según él, eran benéficos para toda la humanidad.



¿Ya dije de quien se trata? ¿No? Bien, dejémoslo así. Cubramos su nombre con un velo de piadoso anonimato y, sólo a título de orientación, digamos que es alguien que dice ser un iluminado y que, en esa misma línea, promueve un sistema que consiste en una versión edulcorada de enseñanzas de Krishnamurti, budismo y teosofía, adobado todo con palabrería tecnológica al uso y empacado con un pomposo título.


Pasó el tiempo y, años después, como usuario de Outlook, no me costó trabajo configurar el programa y bloquear su dirección. Así vivía feliz varios meses, hasta que el sedicente iluminado cambiaba de dirección de correo y mi casilla volvía a infestarse con sus mensajes. Nueva configuración de los filtros y la vida continuaba su plácido transcurrir.


A este maestro de luz después le surgió un acólito que, por azares del destino, dio con mi nueva dirección y empezó a bombardearme con los mensajes del mesías. Así que volví a configurar el Outlook para bloquear de nuevo estas invitaciones a iluminarme por la vía rápida.


Pero como arrieros que somos, me lo seguí encontrando en diversos caminos, sobre todo en los grupos de Yahoo y en otras listas que aprovechaba para llenar el ciberespacio con sus mensajes. Así fue como me enteré que está considerado uno de los espameros más peligrosos del medio y, al mismo tiempo, que está bloqueado de la mayoría de las listas. Pero también tuve ocasión de ver su reacción a estos nuevos bloqueos: la misma que tuvo conmigo, es decir, llamar fascista a todo aquel que pretende coartar su libertad de inundar inocentes casillas postales con los anuncios de sus actividades y de sus obras.


El fenómeno de los mensajes indeseables no es privativo de Internet, por supuesto, y no sé si podríamos atribuir justamente a Selecciones haber inventado este recurso como arma de mercadotecnia. Pero ya sea en papel o en forma electrónica, los mensajes indeseables no sólo constituyen una violación de la intimidad, sino sobre todo un desperdicio de recursos. Y eso por no hablar de los innumerables mensajes que llegan con virus.


La pregunta que se hace el usuario es obvia: ¿Cómo fue a parar mi dirección a manos de tales malvivientes? La respuesta es doble. Una manera de obtener direcciones de correo es mandar arañas a revisar la red, en busca de cualquier cadena de caracteres que cumpla con la sintaxis básica x@y. De este modo, cada vez que alguien registra su dirección en alguna página Web, corre el riesgo de ir a parar a esas listas que, posteriormente, algunas empresas se encargan de vender tanto a mercadores como a los malandrines que envían virus.


¿Significa esto que no debemos dar nuestra dirección en ningún caso? ¿Qué pasa si quiero leer el New York Times, para lo cual me piden mi dirección? En estas circunstancias vale la pena tener una dirección alterna, por ejemplo en Hotmail o Yahoo (no conviene inventar una dirección, pues en muchos casos el sitio envía la contraseña a la dirección indicada), que sólo usemos para este tipo de situaciones.


Pero el problema es más complejo. Otra forma de recabar direcciones es mediante las odiosas cartas en cadena. Sí, esos mensajes con palabras de aliento, con recomendaciones para la seguridad, con historias del niño que se está muriendo, de la bebita secuestrada, de empresas que donan un centavo por cada mensaje que se envíe, de campañas caceroleras en contra de los gobernantes (de cualquier cuño), de presentaciones en PowerPoint con paisajes espectaculares o fotos "chistosas". En fin, la variedad de estas cadenas es tan amplia como la misma estupidez humana.


Estos mensajes, que suelen contener la apocalíptica advertencia de que los reenviemos a todos nuestros conocidos, a la tercera o cuarta pasada han acumulado tal cantidad de direcciones, que en ocasiones es imposible llegar al meollo del contenido. Y esas direcciones, convenientemente procesadas, se vuelven la materia prima de los vendedores de listas. La próxima vez que reenvíe un mensaje chistoso, tierno, francamente cursi o de plano alarmista, tenga en cuenta que está poniendo a todos sus cuates en la mira de los francotiradores de virus y otros fraudes cibernéticos.


Y, cuando reciba uno de éstos, no se queje ni se pregunte de dónde tomaron su dirección.


Ah, y si quiere ahondar más en el tema, échele un ojo a este bien construido sitio.

La religión en la nueva era

Los novaeristas se complacen en reiterar la etimología de la palabra religión, haciendo énfasis en que viene del latín re ligare, o sea, volver a unir. De ahí sacan toda una serie de conclusiones, tan variadas que pueden caer en la contradicción, como contradictorios resultan los movimientos que se inscriben en el nebuloso concepto de nueva era.


El significado más promovido es el de volver a unirse con dios, es decir, la religión es aquello que le permite al individuo alcanzar la unidad con la divinidad. Sin embargo, en esta definición al parecer tan simple encontramos dos grandes incógnitas.


La primera es el concepto de unidad. En efecto, ¿a qué se refieren los novaeristas con "unidad"? Ciertamente, el católico avezado podrá reconocer en ese concepto el mismo de comunión, ritual que cumple durante la misa al recibir el sacramento de la eucaristía. Pero para eso, el individuo bien haría en no abandonar el seno de la iglesia para aventurarse en las inciertas aguas de la Nueva Era. Si ésta le ofrece lo mismo que aquélla, si en ese sentimiento de comunión o unidad agota su oferta, ¿dónde esta la novedosa atracción de los novaeristas?


Por lo demás, en todas las religiones encontramos todo tipo de devociones que le permiten al creyente lograr la unidad o comunión con la divinidad. ¿En qué se diferencia un católico que le prende su veladora a San Juditas de un novaerista que enciende una vela que lleva estampado su signo del zodiaco? Tan sólo en el hecho de que el católico lo hace siguiendo una tradición bien estructurada (los días 28 de cada mes y, en especial, el 28 de octubre), mientras que el novaerista lo hace cuando se le pega la gana.


En efecto, aunque no viene en la definición de religión, los novaeristas consideran que tienen toda la libertad de elegir la forma de lograr esa unidad. De ahí surgen las contradicciones que mencionamos. Algunos no tienen ninguna objeción en prender un cigarro después de su clase de yoga, mientras que otros ven el tabaquismo una dependencia de la cual es preciso liberarse (al igual que cualquier otra, como la del alcohol y las drogas). Unos condicionan su desarrollo espiritual (y, por tanto, sus oportunidades de unirse con la divinidad) al hecho de seguir una estricta disciplina física, mientras que otros encuentran su camino en el jardín de Epicuro.


Aunque un análisis cuidadoso permitiera llegar a un consenso sobre el concepto de unidad, el de divinidad, la segunda incógnita de nuestra ecuación, se resiste a cualquier acuerdo (pregúntenles a árabes, cristianos y judíos, todos adoradores del mismo dios). Ni crean que me voy a lanzar aquí con una definición de divinidad o dios. Pretenderlo es repetir el esfuerzo de aquel ciego que, en un cuarto obscuro, busca a un gato negro que no existe.


Pero para los novaeristas, el concepto de dios es muy sencillo e incluso cercano. El principio de libertad en la búsqueda se aplica también a la libertad en lo buscado y así surge el concepto de dios personal: cada quien concibe a dios como se le antoje y, de ese feliz modo, todos lo encuentran. El problema, claro, se presenta cuando alguno de esos iluminados nos quiere convencer de que su dios personal tiene validez universal. Así encontramos a maestros y gurúes que predican su camino como si fuera el único. Y no falta quien descalifique, ridiculice o ataque abiertamente a los demás.


Todo lo anterior vale en el caso de que efectivamente la religión sea el camino hacia la unidad con la divinidad, concepto que como vimos se deriva de su etimología. Sin embargo, Corominas asegura que la palabra viene del latín religio, que significa "escrúpulo o delicadeza", si bien agrega que de éstas se deriva su significado como "sentimiento religioso". Pero curiosamente no hace alusión a esa etimología popular de "volver a ligar". ¿Será que es falsa? No se vaya, seguiremos investigando.


29 agosto, 2004

15 agosto, 2004

La lengua de la Olimpiada

Se queja un reportero de La Crónica de que el sitio oficial de los Juegos Olímpicos haya discriminado al español y sólo se encuentre información en griego, francés e inglés. Agrega que, dada la importancia del español como lengua internacional, sería de esperarse que los organizadores de los juegos lo hubieran tomado en cuenta. Y se pregunta qué pasaría si, por ejemplo, el sitio de Naciones Unidas no estuviera también en español.


Dada la enorme cantidad de lenguas que hay en el mundo (que algunos calculan en seis mil), sería imposible que se hiciera una publicación en todas ellas. Menos la de los Juegos Olímpicos, en los que participan más naciones que en la propia ONU (202 contra 191). En Naciones Unidas sólo existen seis lenguas oficiales (árabe, chino, español, francés, inglés y ruso); en la Unión Europea, donde se pretende más igualdad y democracia, hay 21 lenguas oficiales, las mismas de sus 25 miembros. Es fácil calcular que hay cuatro lenguas compartidas por dos miembros: el alemán, el francés, el griego y el inglés, si bien esta situación podría complicarse por las exigencias de las lenguas no oficiales en sus respectivos países que, como el catalán, el bretón y el galés, entre otras, quieren ser reconocidas dentro de la Unión.


Suele confundirse el problema lingüístico con esta diversidad. De ningún modo. La diversidad lingüística es parte de la riqueza cultural de nuestro planeta y merece todos los esfuerzos por conservarla. El problema lingüístico es causado por la hegemonía de unas cuantas lenguas sobre todas las demás. Esta hegemonía tiene numerosas consecuencias. Aquí apuntaremos algunas.


La primera y más obvia es la ventaja que supone dicha hegemonia para los hablantes nativos. Éstos se ven relevados de la necesidad de estudiar otra lengua para satisfacer sus necesidades de comunicación. Dada la dificultad de aprender un idioma extranjero al grado de dominarlo, de poder expresarnos en él como si fuera nuestra lengua materna,, no es difícil calcular lo que representa dicho estudio en términos de tiempo y de recursos. Quienes no son hablantes nativos dedican varios años al aprendizaje de la lengua hegemónica, tiempo que los hablantes nativos pueden dedicar tranquilamente a otros empeños.


Otra consecuencia es la noción de que existen lenguas grandes y pequeñas; es decir, que las lenguas hegemónicas merecen más estudio que las demás y que éstas, a fin de cuentas, están condenadas a la extinción por causas naturales. Esto no es sólo una extrapolación trivial del darwinismo biológico al campo de la lingüística: constituye una condena de muerte para todas las culturas minoritarias. Esta extinción empieza, claro, con los pueblos más débiles, de cuya existencia seguramente ni enterados estamos, por lo que la mayoría puede permanecer tranquila, apartando de su conciencia esta terrible realidad y dedicándose a sus clases en el Harmon Hall. Lo que no vemos —porque nos lo impide el sistema mismo— es que después de las lenguas minoritarias seguirán todas aquellas que no tengan el respaldo de la potencia política, económica y militar (¿quién dijo aquello de que la diferencia entre lengua y dialecto es que la primera tiene un ejército a su servicio?). En otras palabras: una vez que hayan desaparecido las lenguas indígenas, seguirán el camino de la extinción las lenguas nacionales del tercer mundo. A final de cuentas, dentro de algunos siglos, quizá sólo queden las seis lenguas que actualmente son las oficiales de Naciones Unidas (habrá que admirarnos de su visión).


Sería muy largo analizar todas las consecuencias implicadas en la hegemonía lingüística y ya se me está haciendo tarde para irme a ver las olimpiadas en la tele. Otro día le sigo.


Renuncia de privilegios

Supe de la existencia de CORIAC desde hace algunos años, y en ese tiempo me llamó la atención que hubiera hombres dispuestos a renunciar a su privilegio de género. En efecto, si el privilegio (esa ley privada que nos facilita la vida) es producto del sistema, si podemos obviar el reproche diciéndonos que nosotros no lo establecimos, la tentación de disfrutarlo es enorme y renunciar a él parece imposible. Además, esa renuncia nos expone a la burla de quienes lo aprovechan plenamente, cuando no a sus recriminaciones ("Me estás haciendo quedar mal con la vieja.") o a que nos condenen al ostracismo ("Mis cuates ya no me invitan porque dicen que soy un mandilón.").


Es fácil ver el privilegio de género. Por ejemplo, en mi casa, de chico, como hombre no me tocaba realizar ninguna tarea doméstica (tender camas, lavar baños, etcétera), las cuales estaban reservadas a mis hermanas. Nunca se me ocurrió reclamar mi derecho a arreglar mi propio cuarto o a prepararme mis propios alimentos. Éstos los tuve cuando empecé a vivir solo. Pero para entonces me costaba trabajo asumirlos como derechos, pues se habían convertido en aburridas obligaciones.


Los privilegios, sin embargo, son armas de doble filo y la estructura misma de la sociedad nos impide ver el alto costo que pagamos por ellos. La imposibilidad de relacionarnos afectivamente, de expresar nuestros sentimientos (ni siquiera de reconocer su existencia), ya no sólo hacia otros hombres, sino incluso con las mujeres (lo cual es una queja recurrente entre éstas), nos cercena un aspecto clave de la personalidad. Al son de que "los hombres no lloran", nos pasamos la vida reprimiendo la manifestación de nuestras emociones, cosa que a la larga tiene el efecto de suprimirlas por completo.


Y, claro, las mujeres, como víctimas de este privilegio, son las que pagan las consecuencias más onerosas. La más cruda es la violencia doméstica, de la cual son objeto millones de mujeres a manos de los varones de su familia: padres, hermanos y cónyuges (aunque, según el célebre titular del Alarma!, "Mató a su mamacita sin causa justificada", también por parte de los hijos). Es sabido que la mayoría de los casos de violación suceden en el seno del hogar y la vergüenza de denunciar a un familiar o conocido (novio o vecino) hace que gran parte de éstos queden ocultos.


Pero la sociedad insiste en que éste es el "orden natural de las cosas"; que los hombres son racionales y las mujeres sentimentales, que hay determinantes biológicos y otras razones, entre las que podríamos mencionar la estupidez difundida desde el título de un libro que asegura que "los hombres son de Marte y las mujeres de Venus". No podría pensarse en mayor trivialización de un problema que afecta a hombres y mujeres por igual.


El único determinismo biológico demostrable lo encontramos en las funciones reproductivas. Todas las demás capacidades son producto de la sociedad y su cultura. Negar el aspecto racional, emprendedor y dinámico de las mujeres es cerrar los ojos a los millones de mujeres que se hacen cargo de sus hijos, una vez que las abandona el desobligado del marido. Negar el lado emocional y creativo del hombre es olvidar que son esos componentes precisamente los características de los artistas (que, por cierto, al estar en contacto con esa parte, suelen comprender a las mujeres, lo que los vuelve muy atractivos para éstas).


Todo lo anterior, por supuesto, son generalizaciones. Y como tales, en ellas encontramos las tradicionalmente honrosas excepciones.


La llamada "guerra de los sexos" (otra trivialización) cobra víctimas en ambos bandos. Quizá sería el momento de llegar a una tregua que nos permitiera firmar la paz. Que nos permitiera vivir en un mundo de colaboración, no de competencia, de compañeros, no de rivales, de parejas parejas, no disparejas.

07 agosto, 2004

Proceso al sistema

Se está llevando a cabo el juicio contra los soldados estadounidenses que cuidaban de los prisioneros en Abou Ghraib, el aborrecible centro de torturas de Bagdad, primero de Saddam y ahora de su sucesor, Jorgito Dobleú. Los acusados, en número de siete, se han reducido, al menos para los medios, al caso de la reservista Lynndie England, quizá porque sea el que más ofrece la posibilidad de lograr el designio del Pentágono y la Casa Blanca: presentar las torturas y los excesos cometidos en contra de los detenidos como casos aislados, ocurrencia de unos cuantos soldados que se desviaron de las normas y nunca, jamás, como algo sistemático, llevado a cabo por órdenes (ni siquiera sugerencias) superiores.


De este modo, la parte acusadora ha puesto de relieve las faltas de conducta de Lynndie England. Adscrita a una oficina administrativa, ella no tenía nada que hacer en el cuartel de los prisioneros, donde apareció retratada paseando a un irakí con una correa al cuello. Había sido amonestada por ausentarse de su habitación y pasar las noches con el cabo Charles Garner, de quien actualmente está embarazada.


La defensa, por el contrario, señala que ella se graduó con honores de su preparatoria, que se alistó en el ejército para pagarse los estudios de la universidad y que, a fin de cuentas, las investigaciones se llevaron a cabo en forma prejuiciada, sólo con el fin de demostrar los argumentos de la fiscalía. Además, destaca la obvia irregularidad de que haya sido la misma policía militar la que investigó los actos que se le achacan a ese mismo cuerpo.


¿Cuál es la verdadera Lynndie England? ¿La Lynndie de la defensa o la de la fiscalía? Nadie lo sabe (seguramente ni ella misma) y lo más seguro es que sea una combinación de las dos. Pero enfocar el caso en su personalidad es desviar la atención de lo que realmente importa: los soldados acusados no actuaron motu proprio. Si no acataron órdenes expresas, como sostienen los procuradores por mandato del ejecutivo, al menos sí interpretaron un sentimiento que viene desde el mismo Dobleú y que éste ha tratado de instilar en lo más profundo de su pueblo. Los irakíes —desde Saddam Hussein hasta el último empleado de la industria petrolera, desde la élite baasista hasta los más explotados cabreros kurdos— estuvieron implicados en los atentados del 11 de septiembre de 2001 y, por tanto, deben ser castigados.



La Lynndie de la fiscalía



La Lynndie de la defensa