28 junio, 2018

Reflexiones preelectorales


A riesgo de aburrir a mi paciente lector y a mi distinguida lectora, permítaseme volver a un tema a estas alturas bien trillado por plumas más destacadas y memorables que la mía: las elecciones del próximo domingo.
Allá en mi infancia y mi adolescencia vividas bajo el régimen del PRI, las elecciones provocaban una profunda indiferencia. Expresiones como el dedazo, el tapado y el carro completo eran manifestaciones de un sistema político que no se preocupaba siquiera por enmascararse bajo el cinismo y nos ofrecía resultados electorales como el 92% que se le adjudicó al nefasto López Portillo*. Y no faltaba quien, con mezcla de orgullo y descaro, presumiera de que los mexicanos supiéramos con varios meses de anticipación quién iba a ser nuestro próximo presidente.
Habría que otorgarle a Cuauhtémoc Cárdenas el mérito de haber acabado con el sistema del tapadismo, al declarar en 1987 que efectivamente tenía aspiraciones presidenciales. Y es que en un sistema tan ferozmente presidencialista como el mexicano, la simple sospecha de que algún político cobijara la ambición de ocupar la máxima silla era considerada un acto de traición a la figura intocable del presidente en funciones. Si bien en ese ciclo electoral todavía nos recetaron el destape de Carlos Salinas, para el siguiente, el PRI organizó las famosas pasarelas, en las que desfilaron varios presidenciables para ser juzgados por el respetable público. Como en concurso de belleza, esas pasarelas consistieron en varias etapas (si bien faltó la del paseíllo en traje de baño), cada una dedicada a analizar temas específicos, como economía, sociedad, etcétera.
Estos concursos, empero, resultaban bastante aburridos y no fueron capaces de sacar al votante mexicano de su apatía. Persistía la sensación de que los resultados ya estaban decididos de antemano y que las pasarelas solo eran un acto de distracción para calmar la exaltación de quienes reclamaban procedimientos democráticos en la selección de candidatos.
Fue también en el proceso electoral de 1994 cuando se celebraron los primeros debates entre los candidatos. Más acartonados que telenovelas de los años sesenta, esos debates sin embargo fueron recibidos con cierto entusiasmo por el público (que ya había dejado de ser pueblo).
Mucho han cambiado las cosas en este último cuarto de siglo. La evolución de las redes sociales sin duda alguna ha sido un factor importante en esos cambios pues ahora, cualquiera con conexión a Internet puede convertirse en opinólogo, cualquiera puede echar a andar borregos y bulos en forma de memes que se viralizan y tienen más difusión quizá que las pasarelas y los debates del siglo pasado. Cualquier caradura inventa encuestas, difunde citas falsamente atribuidas y rumores sin más fundamento que su desequilibrada imaginación.
Y así llegamos a las elecciones de este 2018, en las que el PRI ya ni siquiera se molestó en encontrar a un candidato idóneo, pues tiene bien claro que no tiene la menor posibilidad de conservar la presidencia. La verdadera decisión está entre la coalición de Ricardo Anaya, Por México al frente, y la de López Obrador, Juntos haremos historia. Según en qué burbuja viva, cada quien está convencido del inminente triunfo de su candidato. Y ya hemos visto lo inútil que resultan las encuestas a la hora de adivinar triunfos (¿verdad, Hillary?), por lo que confiar en las tendencias del voto y otros malabarismos estadísticos es más una gansada que un acto de fe. La verdad acabará por imponerse a la hora de la hora, cuando en la soledad de la casilla expresemos nuestro deseo de cambio o nuestra necia esperanza de que las cosas mejoren conservando a la misma gente que no ha dejado piedra sin remover para engordar las vacas propias a costa de la miseria ajena.


* Claro, en esas elecciones en particular, el candidato del PRI no tuvo oponentes de ningún otro partido, por lo que más bien la pregunta es qué fue de ese 8% que no se le otorgó.

04 mayo, 2018

Manual del usuario


Cada vez que abro un paquete y veo un folleto o una simple hoja doblada con el título “Manual del usuario”, me emociono pensando que por fin descubriré los misterios de mi vida. En efecto, como usuario, nada me gustaría más que tener un manual que, por lo menos, me revelara detalles tan nimios sobre mi vida como qué alimentos evitar, cuántos minutos al mes hay que hacer ejercicio, cómo doblar la ropa para que no se arrugue, si conviene bañarme empezando por la cabeza o por los pies y así sucesivamente.

Pero no; nada de eso encuentro en los dichosos manuales del usuario, que más bien vienen siendo instructivos del aparato que acompañan. El usuario se queda en babia, sin saber cuántas horas dormir al día, si es conveniente echar siesta o si, como dicen, no hay mal que no alivie un buen caldo.

Yo por eso no creo en la Biblia. Es decir, no es que no crea en su existencia; lo que quiero decir es que no creo que sea la palabra de Dios, como pretenden sus seguidores. Porque si un fabricante común y corriente de cafeteras se toma la molestia de poner por lo menos una hojita con instrucciones y recomendaciones para cuidar el aparato, ¿no sería lógico que la “creación suprema” de Dios trajera su manual? Esa es la función que se le reservaría a la Biblia si realmente hubiera sido dictada por nuestro Creador Eterno.

Pero no; nada de eso encontramos en los dichosos libros de la Biblia, ni en el Antiguo ni en el Nuevo Testamento. Uno esperaría que nos pasara la onda de la electricidad en lugar de contarnos que Esaú vendió su primogenitura por un plato de lentejas. O que vinieran los planos del motor de combustión interna o para fabricar paneles solares. Vaya, por lo menos que les hubiera pasado a los acosados hebreos algunos consejos de higiene, el secreto de la penicilina o la fórmula de la aspirina.

Pero sus defensores nos vienen con que la Biblia enseña moral, no técnica. Pero, pues ahí tampoco hay mucho que aprenderle. El Antiguo Testamento rebosa de violencia, asesinatos, traiciones, esclavitud. Y del Nuevo, lo único rescatable es la recomendación de amar al prójimo, porque fuera de eso, simplemente reitera los valores machistas y autoritarios del Antiguo.

¿Moral, dijeron? Cuando los hombres de Sodoma llegaron a Lot a exigirle que les entregara a sus visitantes para tener sexo con ellos, lo único que se le ocurrió a Lot fue ofrecerles a sus hijas para que dejaran en paz a sus visitas. En serio. Vayan al capítulo 19 del Génesis si no me creen. Los visitantes eran ángeles, por vida de Dios. Ya viéndose muy apurados, los angelitos podrían emprender el vuelo, desaparecer o desafanarse de la situación de cualquier otro modo. Son ángeles, caray, criaturas celestiales por así decirlo. Algún poder han de tener para evitar que una turba se los viole. Pero no. Lot que, por cierto, era el único hombre decente de la ciudad y al que precisamente los ángeles habían ido a avisarle que se fuera porque Dios iba a destruirla por inicua, sí, ese Lot prefiere que violen a sus hijas. ¿Esa es la moral que enseña el librito?

01 mayo, 2018

Por un voto irreflexivo

La única decisión posible este año es entre la continuidad y el cambio. Pensar que los candidatos “independientes” representan un abanico de posibilidades más abierto es ignorar el hecho de que su supuesta independencia no es más que una farsa para desperdigar el voto, lo cual obviamente beneficia a la camarilla en el poder. El Bronco va por el desmadre y el billete; la Zavala va por la oportunidad de pasar a la historia en un papel más digno que el de primera dama durante una presidencia trágica. Ser candidata le parece mejor que esposa de un presidente espurio. Pero ninguno de ellos tiene más propuesta que la de atacar al puntero con el afán de restarle votos.

No creo que haya que pensarle mucho. Dudo que haya necesidad de comparar propuestas, sopesar programas y analizar trayectorias. Meade y Anaya representan más de lo mismo. Y lo mismo, en este caso, es el catálogo de desventuras que nos han venido asestando los gobiernos del PRI y del PAN, cuya colusión a la hora de aprobar reformas que solo benefician a unos cuantos hace imposible distinguir unos de otros.

Mi propuesta, si algo vale, es darle el voto incondicional y a ojos cerrados a López Obrador y, en general, a su partido. Una vez llegado al poder, entonces sí, critiquemos lo que no nos guste, señalemos errores, propongamos alternativas. Pero primero démosle el mismo voto irreflexivo que se les ha dado a los gobiernos del PRI y del PAN. Porque no me vengan a decir que se la pensaron mucho para votar por Fox o Calderón. Que compararon planes y propuestas, que sopesaron discursos, que analizaron trayectorias. Nada de eso. La gente votó por el cambio –al menos en las elecciones del 2000– y eso nos permitió sacar al PRI de los Pinos después de más de setenta años de dictadura imperfecta.

No se vale medir al candidato López Obrador con una vara más estricta que la que se les ha aplicado a los anteriores gobernantes, en especial al actual que se queda muy corto en materia de cultura, liderazgo y, sobre todo, patriotismo. Basta de asustarnos con el petate del muerto que es la comparación con Venezuela, Cuba y demás desastres populistas. Si López Obrador llega al poder –o mejor dicho, cuando llegue– estará tan acotado que no podrá hacer nada de todo lo que lo acusan de querer hacer. En una economía tan globalizada como la actual, ningún país puede desprenderse de su órbita y tomar otros caminos. Seguiremos uncidos al TNLC, seguiremos endeudados, seguiremos miserables y sin duda muchos compatriotas seguirán buscando mejores oportunidades allende la frontera, pese a Trump y su inexistente muro (otro petate del muerto, por cierto).

Pero tendremos al menos un gobierno que vele por los intereses del pueblo, no por los de una mafia de corruptos que están dispuestos a todo para conservar sus privilegios. Que el gobierno de López Obrador llegue a remediar las carencias es otra cosa. Los políticos no son magos que con un ensalmo solucionen problemas ancestrales. Pero cuando hay voluntad de servir, se puede llegar muy lejos. Y eso es lo único que se le debe de exigir al candidato de Morena.

21 abril, 2018

La batalla perdida de los militantes de género


Los guerreros y las guerreras del género (y todo lo que hubiera en medio) deberían de poner más interés en defender al género femenino de la extinción que en andar patrullando discursos ajenos para aplicar multas y zapes a quienes usan un lenguaje “sexista”.
Un fenómeno que no ha sido debidamente atendido por la policía del lenguaje es la lenta pero inexorable desaparición del género femenino. Al menos en lo que se refiere a nombres nuevos o tomados de lenguas extranjeras, las palabras que se van incorporando a nuestro idioma lo hacen por el lado del género masculino. Así, por ejemplo, Microsoft nos asesta una “PC” masculinizada. Cada vez que guardo un documento en Word, el sistema me avisa que se guardó en “este PC”. ¿Pues que no la C significa computadora? ¿Dónde le ven los huevos a este aparato para designarlo con el masculino? ¿Y qué me dicen de los “apps” y los tablets?
Pero los trasnochados militantes de la equidad de género pasan por alto esta amenaza al género que supuestamente quieren defender, el femenino. No quiero ser agorero pero a este paso, el español va a perder la capacidad de distinguir entre damas y caballeros, niños y niñas y solo Dios sabe qué perversiones puede depararle el futuro a una sociedad que ya no tiene la agudeza de determinar si la criatura nos viene con pantaletitas rosas o con calzones azules.
A esa confusión no poco ha contribuido la nefasta costumbre de usar el símbolo tradicional de la arroba (@, una medida de peso equivalente a 11.5 kilos) en lugar de la o y la a que designan el género en algunas palabras; por ejemplo, herman@s por decir hermanos y hermanas. Supongo que esta gente piensa que la forma de este símbolo, que recuerda una a envuelta en un círculo que podría interpretarse como una letra o, representa la fusión de los dos géneros. Hasta ahí podríamos estar de acuerdo, aunque con bastantes reservas. Pero el lenguaje es hablado en primera instancia y solo después se da la forma escrita. Entonces, ¿cómo pronunciaríamos el engendro de herman@s? ¿Hermanarrobas? ¿Hermanos y hermanas? Si de todos modos vamos a acabar diciendo “hermanos y hermanas”, ¿por qué no escribirlo así desde un principio y dejarnos de estupideces? Y no quisiera tener que decir lo que pienso de esos “estudiant@s” y “jóven@s” que he llegado a ver en algunas publicaciones progres, pues la ley de imprenta, por muy anticuada que esté, sigue en vigor y no me permitiría aplicar los adjetivos que realmente se merecen esas soberanas pendejadas.
En fin, yo tengo para mí que buena parte de estos problemas se deriva de la ignorancia. Otra parte, claro, tiene que ver con el deseo de parecer iconoclasta en una sociedad que tiende a la uniformidad. Pero es la ignorancia, sin duda, la madre de la gran mayoría de estos horrores. Los militantes del género ignoran, por ejemplo, que en español, el masculino cumple con la doble función de designar nombres masculinos y también a masculinos y femeninos tomados en conjunto, cuando no es necesario precisar quiénes usan falda y quiénes, pantalón. Así, decir que los niños de la escuela marchan ordenadamente no es desdeñar ni menospreciar a las niñas. Insisto, las niñas ya están incluidas en la palabra “niños” porque así lo dicta la norma de nuestro idioma. No es ignorarlas, es simplemente usar el lenguaje como se debe, como lo han usado los grandes artistas de la pluma desde que el lenguaje hablado en Castilla empezó a diferenciarse del latín.
Querer incluir a las mujeres en el lenguaje hablando de los niños y las niñas es poner la proverbial carreta delante de los bueyes. En efecto: el lenguaje es producto de la sociedad y, si vivimos en una sociedad sexista, en una sociedad que margina a la mujer, que la discrimina, que le niega derechos y solo le asigna responsabilidades, es ridículo pensar que vamos a tener un lenguaje más alivianado que sus hablantes. De ahí emana la estupidez de los militantes de la equidad de género: desperdician sus escasas fuerzas y sus aun más menguados recursos en una batalla que están destinados a perder.