09 mayo, 2008

De testosterona y melanina



La lucha por la candidatura demócrata para las elecciones presidenciales de Estados Unidos de este año ha sido presentada como un gran avance de dos minorías tradicionalmente oprimidas: las mujeres y los negros. En efecto, un negro y una mujer están compitiendo por la oportunidad de aparecer en las boletas de noviembre. Pero, caray, hay que reconocer que Barack Obama no es tan negro y que Hillary Clinton no es tan mujer.

Maticemos: Obama de hecho es mestizo, pues su madre es blanca. Y Hillary... bueno, dicen que si Hillary le diera a Obama uno de sus huevos, cada quien tendría dos. Al menos eso dijo James Carville, el estratega de Bill Clinton en su campaña electoral.

Como quiera es un buen paso: elegir a una mujer con testorena o a un negro sin tanta melanina les permitiría a los gringos descubrir que debajo de faldas y pantalones, de pieles obscuras y claras, circula la misma sangre.

Prueba de rendimiento


La naranja es más rendidora que las piñas.

Búsqueda de remedios

Tuve un maestro que aseguraba que las cosas siempre se remedian buscando soluciones. Anoche pude comprobar que tenía razón: en medio de la obscuridad, mientras buscaba las velas, volvió la luz.

03 mayo, 2008

El Hombre de Hierro desplaza al Santos



En la esquina de Culiacán y Baja California, colonia Hipódromo.

19 abril, 2008

Gráfica urbana



La mística no ha muerto.

15 abril, 2008

No me toleres, compadre

La tolerancia siempre se ejerce desde una posición de superioridad, y eso es lo que le confiere su estatuto de buenaondez. El tolerado tiene algún defecto, alguna característica aborrecible, o por lo menos un rasgo calificable de malo, y el tolerante, en ejercicio de su tolerancia, en función de su buenaondez, lo puede pasar por alto, se hace de la vista gorda. "Sí, ya sé que eres así o asado, pero yo soy mejor que tú y no me importa: te tolero."

El tolerante tolera a gais, negros, judíos, argentinos, pobres y nacos; tolera a los idiotas que se le cruzan en su camino, a los impertinentes que le preguntan la hora en la calle, al vecino confianzudo que se atreve a darle los buenos días cuando lo ve en la mañana, al bebé de su novia cuando le vomita encima y a su abuela sorda que no entiende las telenovelas.

Ser tolerante es lo de hoy: es ser políticamente correcto. Lejos están los días en que linchaban a los negros, metían a la cárcel a los gais, expulsaban a judíos en los pogromos y les aplicaban el 33 a los argentinos. No, no, el tolerante actual debe tener un amigo (o por lo menos un contacto en su MSN) dentro de alguno de esos grupos. Los más acendrados, claro, son aquellos que pueden decir: "Yo soy muy tolerante; mi mejor amigo es fulano de tal, que ya ves que es... [inserte aquí nombre de grupo desdeñado]"

06 abril, 2008

Diálogo en el siglo XXI

—No te ofendas; ni siquiera sabes lo que significa gaznápiro.

—No es lo que me dijiste, sino el tono.

—¿Cuál tono si nos estamos mensajeando?

—Como sea, me sonó a pendejo. En todo caso, es lo que yo te hubiera dicho.

02 abril, 2008

Paremiología y procesadores de texto

Una de las pocas cosas que recuerdo de mis clases de literatura en la secundaria es que la paremiología es el estudio de los refranes. De hecho, según Larousse, es el "conjunto de conocimientos relativos a los refranes o tratado en el que se recogen". En ese tiempo no podía imaginar actividad más ociosa. ¿Qué tanto se necesita saber —pensaba yo— para decir, por ejemplo, "cría cuervos y échate a dormir", "de tal palo, tal condón" o "el que con niños se acuesta lo acusan de pederasta"?

Estas reflexiones me surgieron anoche al estar revisando los análisis que hace Google de los despistados que vienen a dar a este rincón de la red. Hubo uno que andaba buscando el dicho aquél de "mal empieza la semana para el que ahorcan en lunes". ¿Necesitaba una explicación para entenderlo?

En fin, ese análisis es bastante revelador. Por ejemplo, ahora sé que la nota sobre bubis y chichis me produjo siete visitantes que, no aguantándose las ganas, de plano se pusieron a buscar bubis. Hubo otros, de cultura más visual que textual supongo, que querían ver "bubis fotos"; otros, dados a lo monumental, buscaban "mega bubis". ¿A quien pensaban encontrar?

Otro gancho que ha atrapado bastantes visitantes han sido mis notas sobre los procesadores de texto. Raro, porque yo consideraba que la preeminencia de Word había descartado la vieja reyerta de "mi procesador es mejor que el tuyo". Al parecer no. No pocos incautos cayeron aquí preguntando cuál es el mejor procesador que existe y cuáles otros hay aparte de Word.

Y hablando de eso, el año pasado, cuando le entré al maratón de novela, una de mis preocupaciones secundarias fue decidir qué procesador usaría para crear 50,000 palabras en mi disco duro. Vean ustedes porqué: uso Word básicamente para trabajar, por lo que lo tengo relacionado con una actividad meramente mercantil, alejada de los afanes creativos que supone la concepción de una novela. Mis otras opciones eran OpenOffice, WordPerfect y, sí, también lo llegué considerar candidato, XyWriter que en su versión IV ofrece la posibilidad de convertir el texto a RTF y, así, sacarlo de su inframundo nativo de DOS.

En ésas andaba cuando me topé con un programita llamado Q10; digo programita no en tono despectivo sino en el sentido estricto: con todo y diccionarios de revisión de ortografía (en inglés y español), ocupa escasos 2.48 MB. Pues bien, una de las ventajas que proclama la página de donde se puede descargar (gratis, por supuesto; al parecer el autor es militante del freeware) es que ocupa toda la pantalla, no tiene ningún adorno y, por tanto, el usuario puede concentrarse en lo único que realmente importa: el texto.

Eso me parece muy bien. Y para los nostálgicos de la máquina de escribir, ofrece otra función que resulta definitivamente imprescindible: las teclas producen un sonido como de las máquinas viejas, con todo y campanillazo al cambiar de párrafo.

Sin embargo, no ofrece mucho más. Y de ahí para adelante, las supuestas ventajas empiezan a palidecer cuando se comparan con las de cualquier otro procesador. Al menos en los procesadores que conozco siempre existe la posibilidad de mostrarlo a pantalla completa, si es que realmente somos tan desconcentrados que hasta la barra de tareas de Windows puede distraernos en nuestro proceso creativo. El sonido de máquina de escribir se logra con otro programa, SoundPilot, que tiene la ventaja de no estar limitado al procesador, sino que los produce en cualquier programa (aunque curiosamente, no en el Explorador de Windows). Y eso por no hablar de las muchas características que ofrece un verdadero procesador como Word, como son la división en capítulos, los documentos maestros, las anotaciones, el registro de versiones, la creación de tablas de contenido y ya mejor no sigo para no aburrir al respetable.

A fin de cuentas, acabé trabajando en Word, claro. Creo que ya lo había dicho, pero no está de más repetirlo. ¿Cuál es el mejor procesador de textos? Es el que conocemos mejor, claro.

28 marzo, 2008

La fama que me tienes prometida

Quien se queje por no haber tenido los quince minutos de fama que le prometiera Andy Warhol a todo el mundo, es porque no conoce YouTube, no tiene acceso a él por vivir en un país autoritario como China, o no se le ocurre nada qué decir, ni siquiera para grabar un video de 20 segundos con su teléfono celular.

Desde el niño que se caía al agua y Coyoacán Joe, hasta la LonelyGirl115, pasando por los candidatos a la presidencia de Estados Unidos, cualquiera puede tener su momento de gloria bajo las candilejas. Y todo aquel que no pueda ser visto, admirado y comentado en YouTube simplemente no existe. Berkeley dijo que "ser es ser percibido". Pero si hubiera vivido en nuestro siglo XXI, habría matizado: "ser es ser percibido en YouTube".

Así lo entendió monseñor Dionigio Tettamanzi, obispo de Milán, y ya abrió su canal en YouTube para dictar sus homilías desde el ciberespacio.



¿Tiene algo de raro? Sólo sorprende ver a una institución tan arcaica como la iglesia católica incursionar en un medio tan moderno como lo es el video por Internet.

26 marzo, 2008

Teléfonos de mis recuerdos

Durante toda mi infancia y mi adolescencia, los teléfonos públicos costaban 20 centavos. Supongo que de ahí viene la expresión caer el veinte, pues uno ponía la moneda en una ranura y cuando caía el veinte se establecía la conexión. Pero durante el echeverriato se dejaron de hacer esas monedas de cobre que llamábamos veintes, para sustituirlas por otras más pequeñas de alguna aleación. El problema era que las nuevas monedas no servían para hablar por teléfono. Entonces los viejos veintes dejaron de circular, pues la gente los acaparaba para poder hablar por teléfono en la calle. Encontrar un veinte se volvió imposible al grado de que junto a los teléfonos públicos a veces había quien los vendía: tres veintes por un peso, con lo que sacaba una ganancia neta del 40%.

En ese tiempo, Telmex era una empresa pública, plagada por todas las lacras imaginables, en especial la burocracia y su consecuencia natural, la corrupción. Por ejemplo, para que instalaran una línea nueva podían pasar años (literalmente años, no es hipérbole retórica). Ah, pero si uno conocía a alguien dentro de la empresa, si sabía a quién darle mordida, el trámite se acortaba considerablemente.

Quizá fue esa burocracia la que hizo que, cuando salieron las nuevas monedas, a nadie se le ocurrió pensar qué pasaría con los teléfonos públicos. Pasaron meses para que empezaran a cambiar los aparatos a modo de que funcionaran con las nuevas monedas. Y, claro, Telmex aprovechó la circunstancia para multiplicar la tarifa por 2.5: los aparatos nuevos costaban ya 50 centavos.

Después de los temblores del 85, los teléfonos públicos se volvieron gratuitos. Sí, uno llegaba, descolgaba el auricular, marcaba el número y se ponía a hablar sin sacar un solo centavo de la bolsa. Supuestamente esto era así porque Telmex, siempre tan pendiente de las necesidades del consumidor, quería facilitar las comunicaciones en esos días de emergencia. Pasaron esos tiempos heroicos y los teléfonos siguieron siendo gratuitos. Ahora el rumor que quería explicarlo (rumor porque nunca hubo una explicación oficial) decía que a la empresa le costaba más recolectar las monedas de todos los aparatos que lo que éstas pudieran representar como ganancia.

Después llegaron los teléfonos de tarjeta, lo que significó reemplazar todos los aparatos y dejarnos una duda: ¿pues no decían que no era negocio? La instalación de equipo nuevo en la ciudad más grande del mundo, más la manufactura de las tarjetas, ha de haber sido una inversión enorme. Y ningún empresario invierte tanto si no va a sacar ganancias —y buenas— de su dinero. Claro, esas tarjetas estaban financiadas en buena parte por la publicidad que llevaban impresa, pero como quiera han de haber costado una lana.