15 julio, 2004

Miedo a la vida

Circula por Internet un "mensaje para todos los mexicanos" que, si bien dudo que les llegue efectivamente a todos, ha tenido una buena distribución, pues me ha llegado de fuentes muy distintas. Tratando de fundamentarse en diversas consideraciones morales, el meollo del corrosivo mensaje es que los mexicanos tenemos la culpa de que el país esté como está. Aunque más que consideraciones morales, podríamos decir que se trata de quejas cacerolistas por la falta de civilidad de los compatriotas: que se estacionan en las entradas, que intentan meterse en la caja rápida del supermercado, que organizan fiestas ruidosas, que no ceden su lugar a ancianos y mujeres embarazadas en el transporte público, que se roban la televisión por cable...


Sí, todas esas cosas pasan en nuestro país, pero de ninguna manera los mexicanos tenemos el monopolio de la incivilidad. Por poner un ejemplo cercano: basta ver la televisión gringa para darnos cuenta de que estas cosas también suceden allá (quizá la única diferencia a favor es que allá sí llaman a la policía para que acalle a los vecinos ruidosos).


La conclusión de nuestro anónimo pensador mexicano es que no basta cambiar al presidente si los ciudadanos no cambian primero. Habría de darle un premio al descubrimiento social del milenio. Cuatro años de inmovilismo político nos han confirmado la insuficiencia de cambiar al partido residente en Los Pinos.


Como todos los mensajes de este tipo, éste acaba con la petición de que el receptor lo envíe a todos sus conocidos (fue obedeciendo a esta orden como lo recibí varias veces), sin llegar a propopner nada concreto, más que su esperanza (expresada en un ojalá que cambiemos todos) de salir de la obscuridad en que hemos vivido sin tener que caer en el terror y la dictadura al estilo Pinochet.


Lo que no ve este abanderado de la consciencia nacional es la mezquindad de sus fundamentos. Aunque afirma que "aquí hace falta otra cosa, más que cacerolazos", no ve que este mensaje sólo le hace el caldo gordo al cacerolismo de clase media. Y a pesar de que diga que el mensaje está dirigido a todos los mexicanos, en realidad es sólo a esa clase a la que le habla y de donde extrae sus ejemplos de incivilidad. ¿Cuántas personas tienen una cochera que pueda ser obstruida por el vehículo del otro? ¿Cuántas se abastecen en los supermercados? Poner el ejemplo de las cajas de periódicos en Estados Unidos como ideal a alcanzar en cuanto a forma de distribución de los diarios es ignorar el hecho, más triste aun, de que la mayoría de nuestro pueblo no lee la prensa, que se da por bien servida con la información de la televisión y del radio. Y más, es ignorar las profundas diferencias en el mercado laboral estadounidense y mexicano. ¿Poner puntos de venta mecánicos para dejar en el desempleo a los voceadores? ¡Por favor!


Olvida también que ha sido la élite gobernante la que ha tenido sumido en la miseria a nuestro país, no sólo por su corrupción, sino por su falta de visión y de nacionalismo, por su carencia absoluta de interés en el porvenir de la nación y por su estrecha concepción cortoplacista (como la que caracterizó precisamente a Salinas de Gortari, que vendió los haberes del país para financiar su sueño primermundista). No fue el pueblo el que puso en su cargo a la directora de la Lotería Nacional; no pusimos a Martita como "primera dama" (aunque de hecho sea la segunda de Fox) ni a la caterva de funcionarios que han protagonizado los escándalos telenoveleros en los videos.


El anónimo autor del mensaje (e insisto en que es anónimo, pues es sabido que del anonimato suelen provenir todas las campañas de amedrentamiento lanzadas contra la clase media) la emprende también contra el ingenio o viveza del mexicano, como origen de la deshonestidad congénita de nuestra idiosincracia. Es decir, no sólo culpa al pueblo de sus propios males, sino además ataca el único recurso que le ha permitido sobrevivir a los pésimos gobernantes y funcionarios que ha padecido. ¿Que ese ingenio es el que me permite conectarme para robar la señal de Cablevisión del vecino? Sí, pero también es el que impele al campesino, al habitante rural (y en especial a las mujeres de ese medio) a sembrar hasta en las macetas para poder poner una olla de comida en la mesa. A aprovechar las cortinas viejas para hacerles ropa a sus hijos. A construir jacales de cualquier tipo de material para darle un techo a su familia.


No, no es tan sabroso "vivir a la mexicana" como dice el autor. Que lo trate de hacer con un salario mínimo, a ver si le alcanza para pagar su computadora y su conexión a Internet. Y después, si realmente está convencido de que el problema del país son las entradas de cochera obstruidas, que proponga una solución viable. Todo lo demás, como ya dije, es cacerolismo vil que sólo ayuda a mantener el status quo, pues no hay nada que paralice más que el miedo a salir a la calle y tener tratos directos con la realidad.

2 comentarios:

madrax dijo...

Me gustaría saber el contexto en que escribió el tipo este sobre las "cajas automáticas" de periódicos, porque precisamente la semana pasada estaba comentando con mi vecina que esas cajas nunca podrían funcionar en México, ya que nada impide que el usuario que deposita su moneda se lleve 10 periódicos en vez de uno solo.

Pero estoy de acuerdo que los problemas son mucho más profundos que las simples reglas de civismo. También creo que es dudoso poner el ejemplo de EEUU como modelo a seguir en cuanto a sociedad civil, pero en fin... esa es harina de otro costal.

Jorge Luis dijo...

La frase completa es la siguiente:

Pertenezco a un país donde, lamentablemente, los periódicos jamás se podrán vender como se venden en Estados Unidos, es decir, poniendo unas cajitas en las aceras donde uno paga por un solo periódico Y SACA UN SOLO PERIÓDICO DEJANDO LOS DEMÁS DONDE ESTÁN (mayúsculas gritonas en el original, por supuesto)

En efecto, nada impide que alguien se lleva más ejemplares de los que está pagando, al menos en teoría. En la práctica, ese impedimento está formado en el hecho de que a nadie le interesan los periódicos. Así que, si no quieren uno, menos van a querer diez.