09 noviembre, 2004

Los ocho criterios de Lifton

Dadas las connotaciones negativas de la palabra secta, el mundo académico ha hecho grandes esfuerzos por encontrar un término que permita su estudio, sin estar cargado de juicios. En la opinión popular, secta siempre designa, por lo menos, a un grupo separado de la corriente principal, pero a causa ya sea de un error dogmático (como es el caso de los testigos de Jehová, que no aceptan la divinidad de Jesucristo), ya sea de un capricho personal del fundador (como resulta para los católicos el anglicanismo, pese a ser una religión de estado, surgido para permitir el divorcio de Enrique VIII).


Pero a partir de hace unos veinticinco años, el problema deja de ser exclusivo de la teología y entra en la esfera de lo social. El suicidio colectivo de los miembros del Templo del Pueblo, secta dirigida por Jim Jones, en Jonestown, Guyana, marca la toma de conciencia sobre los peligros de estos grupos. Así, al concepto de secta se le agrega, aparte de la disidencia caprichosa o herética, el de peligrosidad para sus miembros. Las sectas destructivas habrán de ir apareciendo en los titulares de la prensa, conforme van saliendo a la luz el número de muertes que causan: 914 miembros del Templo del Pueblo en Guyana, en 1978; más de 80 personas en Waco, sede de los davidianos, en 1993; la Orden del Templo Solar, en 1994, en Canadá y Suiza; el atentado en el metro de Tokio perpetrado por los adeptos de la Verdad Suprema en 1995, y los más de mil muertos del Movimiento para la Restauración de los Diez Mandamientos, en Uganda, en el 2000, en un suicidio colectivo ritual.


Algunos estudiosos de este fenómeno, deseosos de contar con un término neutro, han propuesto el de nuevos movimientos religiosos que, efectivamente, carece de toda connotación y que simplemente alude al hecho de no ser una religión tradicional y establecida. El problema es que, desde el punto de vista de sus creencias, muy pocos de estos movimientos pueden pretender ser nuevos. La mayoría se basa en una interpretación disidente de los mismos textos sagrados de las grandes religiones: la Biblia, el Corán (por ejemplo, el sufismo dentro del Islam), los Vedas (los hare krishna), o de una mezcla sincrética de enseñanzas tomadas de aquí y de allá.


Pero hay otro problema, más de fondo. Es una aberración designar a una secta socialmente peligrosa, como la Verdad Suprema, con el mismo término aplicado a corrientes religiosas que simplemente se apartan del dogma tradicional. Esta distinción no es banal ni se limita a la esfera de lo individual. En muchos países, México entre ellos, las asociaciones religiosas gozan de ciertos privilegios. Otorgárselos a todas bajo el amplio paraguas del término nuevos movimientos religiosos constituye un despropósito de la ley, pues ciertamente no puede ser la finalidad de ésta beneficiar a un grupo que se dedica a corroer el tejido social, perjudicando a sus miembros ya sea en lo psicológico o en lo económico.


Para no descartar el término secta por presiones de lo políticamente correcto, se ha propuesto simplemente predicarle el adjetivo destructiva, con lo que se tiene una expresión que substantivamente nos habla de una corriente religiosa apartada de la ortodoxia, y que también nos advierte de los peligros que encierran sus prácticas para sus miembros.


¿En qué momento una corriente religiosa se convierte en secta destructiva? Definir este punto reviste la máxima importancia, por cuanto que es lo que nos permitirá distinguir a un apacible gurú de un fanático peligroso. El aspecto central de una secta destructiva es la manipulación de que hace objeto a sus miembros. Y para detectar esta manipulación, los estudiosos se basan en los siguientes ocho criterios establecidos por el Dr. Robert Lifton.



  1. Control de la comunicación. El grupo decide con quiénes se comunican y relacionan los adeptos, y limita sus fuentes de información. Esto puede ser en forma de prohibición explícita o implícita ("No hay que perder el tiempo leyendo periódicos.") o como consecuencia de las demandas de participación en el grupo, por lo que el adepto no tiene tiempo para otras actividades.
  2. Misticismo artificial. No es difícil crear experiencias místicas que refuercen la sensación de "estar avanzando en el sendero": velas, incienso, rezos o mantras, música y otros elementos pueden usarse para convencer al adepto de la validez de las prácticas.
  3. Redefinición de los términos. Cada grupo tiene su propio lenguaje, su propia interpretación de las palabras, incluso las de uso común. Aprender a usar este vocabulario crea en el adepto una fuerte sensación de pertenencia que, en muchos casos, es precisamente lo que buscaba al integrarse al grupo.
  4. Primacía de la doctrina sobre la persona. La experiencia individual no puede contradecir al dogma. Si el grupo dice que en una meditación se ven estrellas o se habla con el "maestro personal", eso es lo que el adepto dice o cree que ocurre. Si en el fondo admite que no sintió nada, se justifica con la noción de que "aún no ha avanzado lo suficiente".
  5. Infabilidad del dogma. El dogma es incontrovertible, ya sea porque se trate de una revelación divina o porque sea la palabra del maestro.
  6. Culto a la confesión. La confesión pública no sólo permite redimir los "pecados", sino que establece fuertes lazos de complicidad entre los adeptos. Estas confesiones, por lo demás, anulan la individualidad en favor del grupo.
  7. Demandas inalcanzables de pureza. Si se establece una norma inalcanzable, el adepto vive en un estado continuo de vergüenza y culpabilidad que lo vuelve vulnerable a otras demandas. Así, por ejemplo, una persona acaudalada que no puede abstenerse del sexo como se lo pide el grupo, fácilmente se desprende de su dinero a modo de compensación y "purificación".
  8. Dispensación de la existencia. El grupo decide quién tiene derecho a vivir y quién no. Si no en esta vida, al menos sí en el más allá que les tiene prometido a los adeptos que cumplan con todas las reglas. Es decir, el grupo establece las normas de salvación.

Robert Lifton fue un psiquiatra y sociólogo que estableció estos criterios tras estudiar las técnicas de coerción empleadas en China para convertir al comunismo a los disidentes e incluso a los prisioneros de guerra (los famosos lavados de cerebro). Actualmente, éstos son los criterios que se aplican para detectar a las sectas destructivas.


Existen también otros criterios que valdrá la pena analizar con más detalle en una nota posterior. Pero no quiero terminar ésta sin hacer una observación personal a modo de pregunta: ¿No pareciera que estos criterios de Lifton podrían apliacarse no sólo a las sectas destructivas, sino incluso también a las religiones mayoritarias? ¿No están presentes en todas ellas estas características, al menos en forma embrionaria?


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